Fernando Jáuregui – Dos Españas que se embisten, pero nunca se invisten


MADRID, 31 (OTR/PRESS)

Salí de la primera jornada de la sesión de investidura francamente desanimado: hasta horas antes, albergaba la esperanza de que no se llegasen a celebrar esas terceras elecciones en un año, allá por las navidades o prenavidades; ahora pienso que el único acuerdo inminente que habrá entre las fuerzas políticas será el de impedir que la votación sea el 25 de diciembre, forzando -unánimememte, eso sí- la ley para anticipar en una semana la fecha, a base de acortar la campaña electoral. Lo cual no deja de ser una radiografía en toda regla de la situación a la que nos ha conducido no sé si la mal llamada «clase política» o la peor llamada «vieja concepción de la política»: los partidos, por encima del interés nacional; las personas, por delante de la ciudadanía. Un desastre, en todo caso. Disfrazado, eso sí, de ideología, y utilizando mucho más las hemerotecas que los proyectos de futuro.
Vimos en el debate de este miércoles un bipartidismo que se atizaba con el ya clásico «y tú más», presentando las ya dos desesperantes Españas, la que casi todo lo ve bien, porque está en el Gobierno, y la que todo lo ve mal, porque está en la oposición. Se embestían con ferocidad, haciéndonos perder casi toda esperanza no ya de que la investidura sea ahora posible, que no lo será, sino que tampoco lo será, con estos mismos protagonistas, si se celebra una nueva sesión de investidura allá por finales de septiembre o comienzos de octubre.
La distancia -dialéctica, que no tanto real- es tanta, la hostilidad de tal grado, las descalificaciones al candidato tan absolutas, que sería impensable que el mismo Pedro Sánchez que atribuyó a Rajoy todos los males del infierno tuviese dentro de un mes credibilidad para permitirle, con su abstención presente o futura, seguir en La Moncloa, sea a cambio de lo que sea. Tampoco creo que, a estas alturas, Sánchez sea sensible a las peticiones del centrista Albert Rivera, que era el único que trataba de impartir algo de concordia, tratando de ser puente entre las orillas incompatibles, y dé su brazo a torcer: ya solamente una revuelta en el PSOE contra su secretario general y parte de su Ejecutiva, que no me parece algo fácil, podría evitar esas terceras elecciones.
Vi este miércoles en los pasillos, poco antes de que se iniciase la votación -los métodos de la misma, por cierto, son arcaicos- que tuvo los resultados previsibles, que ese desánimo mío era compartido por casi todos los diputados con los que pude hablar, fuesen del grupo que fuesen: las elecciones de diciembre se admiten ya casi como un hecho. Vi a Rajoy resignado, casi divertido ante la catástrofe de la que tanto nos ha advertido; solamente perdió los nervios, y hasta cierto punto me pareció comprensible, con el portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya, ese Tardá que nos tiene acostumbrados a las mayores demasías en sus intervenciones en el hemiciclo: no puede haber un Gobierno «de progreso* en el que los postulados de Esquerra condicionen una hipotética investidura del candidato socialista, si es que llega a presentarse: aceptar las tesis de Tardá desvirtuaría por completo al PSOE que conocemos.
Con Sánchez, Rajoy estuvo simplemente en modo oídos sordos; con Iglesias, hasta se intercambiaron piropos, tan lejos están. Y con Rivera, su aliado coyuntural, no deja de advertírsele incómodo, y a la recíproca, pero qué remedio. La propuesta del líder naranja, para que los socialistas se unan a ellos en la oposición parlamentaria, pero permitiendo la formación de un Gobierno que dejó claro que no le gusta, cayó en barbecho: nunca más se podrá ya dar alguna entente entre socialistas y Ciudadanos, básicamente porque Sánchez ya no comprende, o no quiere comprender, lo que Rivera dice.
Claro, así, el debate, que era más bien ya un guiño al electorado de diciembre, no sirvió de gran cosa. El resultado estaba anunciado, las razones y sinrazones que se expusieron eran de sobra conocidas, las intuiciones sobre lo que iba a decirse se cumplieron. La radiografía del país sería, por tanto, la que se enuncia en el titular de este comentario: siguen las dos Españas, que se embisten y nunca se invisten y, en medio, alguien que quiere hacer de bisagra y resultará atropellado por ambas partes, aunque él confíe, muy justamente, el llegar a presidir el Gobierno, otro muy diferente Gobierno, algún día. Mientras, los que no quieren estar en ninguna de las dos Españas miran complacidos el deterioro de lo que llaman «el Estado español»; así, encuentran más pretextos para predicar la salida. Para llorar, por muy optimistas que queramos sentirnos: no nos dejan espacio para el optimismo.

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