No te va a gustar – ¡Socorro!


MADRID, 20 (OTR/PRESS)

Que, en un mismo día, coincidan la comparecencia de Francesc Homs, el portavoz de los nacionalistas catalanes en el Congreso, ante el Tribunal Supremo, una declaración del presidente europeo Juncker diciendo que «si España falla, no dudaremos en suspender los fondos» y un estudio periodístico evidenciando el desprestigio que la situación política española está provocando en toda América, resulta algo altamente preocupante. Sobre todo, mientras los líderes pelean por el medallero de oro, plata y evitar el bronce en Galicia y el País Vasco, como si eso fuese -y para ellos, en este cuarto de hora, es- lo más importante del mundo. Algo va a ocurrir, algo tiene que ocurrir en los espacios más profundos de la normalización nacional, inmediatamente después de que el penúltimo pretexto, el de estas elecciones autonómicas, haya desaparecido.
He leído, y me alegro, al tiempo que todo lo antedicho, unas declaraciones del lehendakari y aspirante a lo mismo Iñigo Urkullu, presentando el independentismo como algo antiguo, pasado de moda. Que esas declaraciones se produzcan cuando Homs, acompañado de Artur Mas y otros personajes de lo que fue Convergencia Democrática de Catalunya y de Esquerra, predican la más descarada desobediencia institucional ante nada menos que el Tribunal Supremo, es importante. Y, a mi juicio, evidencia algunos errores de planteamiento del Partido Popular, gobernante en funciones en nuestro país, presentando en la campaña a Urkullu como un nuevo Ibarretxe. Obviamente, nada que ver aquel cerril lehendakari y este pragmático político a quien los «populares», más que como un rival -aunque sea en campaña, donde tantas desmesuras se dicen- deberían presentar y considerar como un futuro aliado.
Y el mismo desenfoque me parece que se produce cuando, ante los desplantes y demasías de nacionalistas/independentistas catalanes, la respuesta «desde Madrid» es la prédica de la dureza: «que metan a Homs en la cárcel», he llegado a escuchar en una emisora. Como si esa posibilidad no fuese a tener consecuencias al menos tan graves como la sistemática desobediencia de la Generalitat a lo que digan los tribunales «españoles» y el Tribunal Constitucional. En una tertulia televisiva, se me ocurrió decir, ante la incomprensión de mis compañeros, que es posible aún la negociación territorial con los nacionalistas catalanes, que saben, con Puigdemont a la cabeza, que la independencia de Catalunya será imposible. Pero para eso, claro, hace falta un Gobierno central fuerte, concienciado de las soluciones que necesitan los problemas -que a veces ellos mismos han creado- del país.
Es urgente un replanteamiento de fondo, e incluyo en ello el alarmante silencio que nos llega desde un Partido Socialista por lo visto mucho más preocupado de la supervivencia de su líder que de su responsabilidad como copiloto, desde la oposición, en la conducción del país. Hay que escuchar muy atentamente los llamamientos a la cordura desde ámbitos como los de Núñez Feijóo, Urkullu, algunos «veteranos del PSOE o Albert Rivera, por ejemplo. Y mirar muy atentamente el proceso que se vive en el interior de Podemos, porque es absurdo pretender un regreso al bipartidismo: eso ya no existe, y tanto Ciudadanos, como Podemos, como el PNV, como el nacionalismo catalán, con las siglas que definitivamente se dé, están ahí para quedarse, retando a una convivencia nacional cada día más necesaria. Que necesita imaginación y generosidad, no cánticos guerreros ni desplantes chulescos.
Resulta imprescindible, en este mismo sentido, un gran pacto en primer lugar para evitar unas terceras elecciones. Puede que a algún dirigente irresponsable se le haya ocurrido que tal vez en esos comicios pudiese mejorar sus resultados ante las urnas. En segundo lugar, un gran pacto institucional, de fortalecimiento constitucional de la Corona, y territorial, aportando las reformas legales que sean precisas. Ignoro cuánto de cerca o de lejos nos hallamos de estos postulados, que sin duda toda la ciudadanía, excepto «ellos», por lo visto, comparte. Pero ya no nos quedan sino poco más de dos semanas para reconducir la locura. Porque locura es la hipótesis de que el único acuerdo que pueda darse entre las fuerzas políticas nacionales sea un vergonzante pacto, por la puerta de atrás, para propiciar una reforma en la normativa electoral para que no tengamos que ir a votar en Navidad, sino la semana anterior. Locura, ya digo. ¡Socorro!

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