El viaje al más allá de Rita Barberá, Marcos Ana y Fidel Castro.


Con el inesperado fallecimiento de Rita Barberá, volvieron a la palestra las extrañas muertes del caso Gurtel –más la del fiscal jefe de Lugo, que llevaba los casos Pokemon y Campeón— para recordarnos que las altas esferas del poder y las bajas cloacas malolientes se tocan, se mezclan, son lo mismo. Es cierto que el veneno corría en siglos pasados por las cortes europeas y las cancillerías vaticanas –y mucho antes en Grecia y Roma—, y que el complot y la traición son inherentes al mundo político, pero eso se suele contemplra como algo lejano impensable en nuestros días civilizados. ¿Impensable? Seis muertos son muchos muertos, sobre todo, si sus mortajas están selladas con la sombra de la duda. Todos tenían mucha manta, en forma de carpetas, dosieres y palabras. Son sospechas con fundamento, pero sospechas, al fin. En cualquier caso, con Barberá no fue necesaria la puntilla. Era ya una muerta viviente, triste, deprimida, arrugada, abandonada por los suyos y expulsada del partido al que, bien o mal, con luces y sombras, dedicó su vida. Los podemitas y demás jarca progre ni siquiera guardaron el minuto de silencio protocolario, pero eso no es ninguna sorpresa.

El comunista Marcos Ana también emprendió el vuelo al más allá. Me pregunto qué puede sentir alguien que asesina a un inocente, simplemente por ser católico. Marcos Ana, a quien la progresía le ha lavado la imagen y le ha colgado la aureola de poeta e intelectual, lo hizo. Asesinó. Entre otros oprobios, le disparó en la cabeza a un sacerdote en presencia de la madre de este, a un cartero de 24 años, por ser de Acción Popular, y a un campesino por ir a misa. En España había pena de muerte, pero él se libró por ser menor de edad. ¡Parece que los muertos asesinados por menores están menos muertos! Como ahora. Es cierto que el ario comunista pasó muchos años en la cárcel, pero no como preso político, sino como asesino. Lo que pasa es que para los comunistas el asesinato del contrario es considerado como un bien universal. No sé si la cárcel le habrá servido para regenerar su alma negra; no sé si pidió perdón a los descendientes de sus víctimas, por las mofas y risas que profería cuando verbalizaba cómo les había disparado, o si tuvo la intención. En fin, no sabemos si murió arrepentido, como otros dictadores con graves crímenes a sus espaldas. En el caso de los comunistas españoles, suelen ocultar el deseo de algunos líderes de ser atendidos por un sacerdote en sus últimos momentos. Es el caso de Azaña y de la bravísima Pasionaria, de cuyas biografías se oculta intencionadamente. ¡Es un desdoro para los comunistas vivos!

Y hablando de comunistas asesinos, también Fidel Castro pasó a mejor vida, dejando auténticos regueros de sangre de inocentes y sufrimiento. ¿Lo absolverá la historia, como reza su lema? Depende de quien la escriba. Si lo hacen los hagiógrafos del Ché, seguro que también lo hacen santo. Yo también estuve engatusada con Fidel en mis años de adolescente, y cantaba con mi guitarra la famosa canción que había aprendido en la Toldería, de Madrid: “Aprendimos a quererte, desde la histórica altura, donde el sol con su bravura, le puso cerco a la muerte…”. Un día, mamá me oyó cantar con tanto entusiasmo y casi llora. Debió pensar que andaba con horribles compañías. Era una etapa más en mi evolución. Afortunadamente, de eso me curé creciendo, leyendo y viajando a Cuba.

A pesar de todo, de sus asesinatos y de todos sus errores y paranoias, no se le puede negar al Comandante su carisma público y su capacidad de seducción en las distancias cortas. ¡Descansen en paz!

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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