No te va a gustar – La dulce evasión del «revival»


MADRID, 12 (OTR/PRESS)

Uno tiende a creer que la trepidante actualidad, el día a día, consume afanes informativos sin dejar resquicio a otros intentos de más largo plazo. Lo digo porque procuro estos días, merced a un encargo editorial, acumular información y análisis entre algunos de los protagonistas del proceso político y me encuentro con lo de siempre en ciertos casos: agendas cargadas minuto a minuto, que a ese tipo de políticos -puede que sean mayoría- les da por procurar vivir en la inmediatez del «tuit» y cerrarse herméticamente cualquier espacio de tiempo para poder pensar y, menos, escuchar.
Así, luego se consumen en la banalidad, en el fuego de artificio, en las cartas abiertas al correligionario, algo díscolo quizá, pidiéndole que «podamos siempre decirnos amigo, hermano, compañero». La insoportable levedad del ser, que diría Kundera, y que me temo que tanto pasotismo genera en una ciudadanía harta de que los futuros congresos partidarios se preparen en torno a personas y no a ideas nuevas.
Es en este marco de inanidad ideológica en el que me parece que asistimos ahora a una especie de búsqueda de refugio en el «revival», en la obsesión por la Historia inmediata. España es país que gusta de producir libros en los que se revelan, desvelan o analizan cuestiones del pasado, más que aquellos volúmenes que se adentran en explorar el futuro: es más fácil rebuscar en los rescoldos que encender un fuego. Tampoco es país que ame reflexionar sobre el presente, que es tan volátil que apenas permite la demora en esa reflexión.
Y, así, en estos días, algún ilustre ex diplomático, algún notorio periodista y algún periódico notable, amén de incontables ensayistas de las más variadas procedencias, nos recrean diversos pasajes de la Historia inmediata, centrada en los años del franquismo y en los de la primera transición. Y a fe, debo decirlo también, que algunos pasajes nuevos, más o menos sorprendentes, estamos averiguando, bien sea de lo que ocurrió, o no, en las altas esferas del Régimen dictatorial, o en las relaciones exteriores de «aquella» España, bien acerca de los cotilleos sabrosos del mundillo ministerial o periodístico en aquellos años de penitencia.
Lo que ocurre es que, aun gustándonos tanto la Historia -tanto, que a veces la retorcemos hasta dejarla ininteligible; casi hasta la falsificamos– difícilmente aprendemos de ella, que es esa asignatura que hay que estudiar a fondo para no repetir los errores que nuestros ancestros cometieron. Y aquí corremos el riesgo siempre de tropezar dos veces en la misma piedra, o las veces que haga falta. Lo digo porque seguimos insistiendo en uno de los vicios tradicionales que envenenan el proceso político español: la pereza a la hora de las reformas imprescindibles.
La de la Constitución, estimamos muchos, es una de ellas, quizá la más apremiante, porque hay que evitar que se repitan situaciones de bloqueo del pasado inmediato; y, sin embargo, parece que será, por su propia naturaleza quizá, la que más se demore. Y, para colmo, mientras tanto damos vueltas a la misma noria, buscando consensos previos sobre lo que hay o no que reformar, en lugar de poner en marcha de una vez esa prometida subcomisión en la que todos se vean las caras y se digan qué cambios hay o no que acometer.
Pero, claro, ocurre que, en el fondo, «¡es la pereza, estúpido!», que diría, quizá con tono menos agresivo que el asesor de Clinton para referirse a la economía, aquel buen presidente francés que se llamó George Pompidou, según el cual «la pereza es un elemento motor de la humanidad». El peor elemento, añadiría yo. Y nada da más placer a nosotros, los perezosos, que sumergirse en el lago del pasado, donde ya no cabe reforma alguna.

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