Fernando Jáuregui – Que paren el «trumpeterío». O le pongan sordina, al menos


MADRID, 16 (OTR/PRESS)

Quién sabe si son los excesos propiciados por la necesidad de llamar la atención, hacer reir o enfurecer a alguien en apenas ciento cuarenta caracteres, pero el caso es que las palabras se están convirtiendo cada vez más en arma arrojadiza y el arte de la dialéctica, en virtud cada vez más rara. O puede, me da por pensar, que las demasías puestas en circulación por determinados políticos que amenazan con emponzoñar con ellas un 2017 que debería ser más bien de moderación y sosiego, estén empujándonos a todos a caer en ese «trumpeterío» que ya se ve que, al final, no está castigado, más bien al revés, ni por el electorado ni por los consumidores de los «mass media».
El caso es que las palabras pueden estar cargadas de concordia o de peligro, y muchas contiendas se han desatado más bien por un discurso demasiado fogoso que por una acción de guerra concreta. Por ello, siempre he pensado que aludir, en la nomenclatura política, a los «tanques», como hace no mucho hizo el portavoz del grupo nacionalista catalán en el Congreso, Francesc Homs, para atacar las intervenciones del Tribunal Constitucional (y de otros tribunales, como ante el que este viernes comparecería Carme Forcadell) en el «procés» soberanista, es algo que conlleva riesgos. No porque yo, ni nadie, piense que pudiera producirse una intervención «a lo 1934» por muy mal que se pusieran las cosas en Cataluña; eso, por supuesto que no. Pero siempre he creído que las palabras hay que refrenarlas, porque pueden ser caballo fogoso que de pronto se desboca y quién sabe en qué barranco, o aguas pantanosas, o en qué bambalinas de lo ridículo, puede acabar.
Bien lo sabe, por ejemplo, el ex juez y actual diputado podemita Juan Pedro Yllanes cuando suprime el término «estalinista» en el mensaje en el que se defiende del ataque amenazante e intolerable de un compañero, el bocazas Monedero: «ojito» con lo que dices, dice Monedero, matón de taberna, a Yllanes. El ex magistrado balear, que será muy podemita, pero lo será de la fracción más moderada -y, por tanto, útil- de la formación morada, sabe bien que hay términos que conviene mantener encerrados en la jaula del silencio: poco a poco, hemos aprendido, aunque no del todo, que hablar de «franquismo» para atribuírselo a comportamientos que nada tienen que ver con los procedimientos del dictador bajo la losa del Valle de los Caídos, o de «fascismo» para colgárselo a actuaciones que simplemente nos molestan, es un boomerang que puede volverse contra quien emplea los «ismos» con suma ligereza o frivolidad.
Claro que mucho que ver en estos lances de riesgo tenemos que ver los medios y quienes en ellos nos desempeñamos, porque muchas veces convertimos el chascarrillo en noticia trascendente. O prestamos altavoces excesivos a vocingleros extremados, pongamos de la CUP, por ejemplo. Ya digo: debe ser la nefasta influencia de algunos «tuits» ineducados. O el indestructible gusto por el morbo que produce una pelea desmadrada. O el reflejo de algunos políticos para quienes la educación es, simplemente, valor que no cotiza en las bolsas del comportamiento humano. Estoy deseando escuchar, sin ir más lejos, la declaración del nada menos que presidente electo de los Estados Unidos cuando tenga que comparecer en el tribunal ante el que ha acusado a un cocinero español José Andrés, que tuvo el valor de negarse a llevar sus fogones a una de esas «tower» doradas, tan horteras: sacará Trump sus «trumpetas» del Apocalipsis de la nada, seguro, para atacar la gran cocina asturiana del famoso restaurador: «el pixín alangostado es shit», puede ser frase despechada que resuma la trascendente declaración del inminente amo del mundo mundial. Y es que las palabras a veces nos llevan a la opereta. O a la tragedia. Shit.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído