No te va a gustar – Nosotros, los que ya no sabemos si somos de izquierdas o qué


MADRID, 26 (OTR/PRESS)

Salvo un corto período de militancia en un partido de izquierda durante el último franquismo, la verdad es que siempre he rechazado afiliarme a cualquier organización -no solo partidista, claro_ que pudiera comprometer un valor que considero esencial para un periodista: su condición de crítico. Quizá no sea un valor que se cotice al alza estos días en un mundo de certidumbres a priori, de análisis políticamente correctos, de ambigüedades. Pero ahí andamos, quizá en la soledad de no saber ya si existe brecha entre la derecha y la izquierda, o si efectivamente seguimos en la parte más progresista del tapiz, como diría Cortázar. Porque quienes se han adueñado de estas alfombras las están pisoteando con excesiva falta de respeto y una demasía de ambición personal: no dan el ejemplo deseable.
Vaya, en primer lugar, mi reconocimiento por la labor, me parece que bastante callada y muy sacrificada, que está realizando el presidente del Principado de Asturias, Javier Fernández, para mantener en pie el edificio del PSOE, irreparablemente dañado por la que considero nefasta labor del ex secretario general, Pedro Sánchez, que bien haría en desistir de una vez de cualquier ambición de responsabilidad política y buscar nuevos horizontes en tareas para las que se encuentre más cualificado. Creo que incluso muchos de los que fueron «suyos» -con algunos he tenido oportunidad de hablar estos días_ comparten ya esta opinión, tras la increíble obcecación de los últimos meses de su mandato al frente del partido que fundó Pablo Iglesias Posse hace la friolera de casi ciento cuarenta años.
Desde entonces, muchos avatares ha sufrido el más histórico de los partidos españoles, pero creo que ninguno tan desgarrador como este último zarpazo que le suministró la ambición de Sánchez por llegar a La Moncloa como fuese y con quien fuese. Veremos si ese cónclave de «sanchistas» anunciado para dentro de horas toma conciencia del verdadero papel que ha jugado el ex secretario general y de que eso que ha dado en llamarse «militancia» es un magma muy valioso del que nadie puede intentar, así como así, apropiarse, y lo mismo sea dicho, con aún más razón, de ese otro caudal que son los votantes.
Ando ahora embarcado en un trabajo sobre el debate en la izquierda, que incluye un tema central, que marcará el futuro de una parte de la vida política española en los próximos años: las relaciones entre el PSOE y el emergente Podemos, y también de ambos con otras izquierdas periféricas, conectadas con los nacionalismos. No entiendo muy bien qué ocurre en el seno de la formación morada, cuya dirección no ha dejado de ser un grupo cerrado de amigos -y, por tanto, competidores_ de la Facultad.
Le dije, provocativo, en una entrevista televisiva al ya ex portavoz de P»s en la Asamblea de Madrid, José Manuel López, que a él le veía más en el PSOE, o sea, en el partido de Pablo Iglesias Posse, que en el partido de Pablo Iglesias (Turrión). Sonrió, no demasiado escandalizado, me pareció. Tres días después, era ignominiosamente separado de su cargo por el responsable de Podemos en la Comunidad madrileña, un Ramón Espinar a quien no conozco personalmente -sí conocí a su padre, con quien nunca simpaticé-, pero del que tengo la impresión de que, como político y como honrado, no le llega a López ni a la suela de los zapatos. Le quitó simplemente porque era «de los otros», de una candidatura alternativa. Como si el respeto a los que se quedan en minoría no fuese un elemento esencial de la democracia.
Desde una cierta lejanía que no esconde aspectos de simpatía por ciertos conceptos que representa la formación morada, debo decir que me interesó inicialmente el debate interno suscitado por la pugna, no ficticia, me parece, entre Errejón e Iglesias (Turrión). Pero, al final, pienso que no hay auténtica construcción o deconstrucción ideológica en este contencioso, que se ha convertido en una especie de lucha por el poder, y esto no es un tópico lanzado «desde la derechona», claro que no; es una evidencia. Como tampoco ví jamás un planteamiento ideológico diferente, en las posiciones dentro del PSOE, de Sánchez, que, cuando le conocí como tertuliano en una «tele», me pareció que estaba muy a la derecha de su entonces competidor Eduardo Madina, por ejemplo, y, desde luego, de José Antonio Pérez Tapias, el tercer candidato a la secretaría general del PSOE en su momento (2014). Así que no me vengan ahora sus ya escasos seguidores diciendo que Sánchez quiere ser el Corbyn «a la española»: qué tendrán que ver unos y otros, qué tendrá que ver el debate en el laborismo británico con el trepismo «sanchista». O con el equilibrismo «pablista», ya que estamos en lo de ponernos «ismos» los unos a los otros.
Y ahora aquí estamos, al término de este «annus horribilis» para los planteamientos de la izquierda europea y, si se me permite, mundial. La izquierda ha sido derrotada en las urnas, o por otros planteamientos extremistas. O por sí misma. El caso es que faltan respuestas alternativas a lo que nos predican desde el liberalismo más o menos «corregido» y moderado, como el que puede representar Mariano Rajoy, o incluso a lo que nos imponen otras visiones «salvajes» del mundo y sus circunstancias, como, glub, Donald Trump, que menudo año 2017 nos va a dar. Y mientras se imponen los Fillon, May o, ya digo, Trump, y caen los Hollande, los Renzi y, ya digo, el PSOE, por estos pagos venga a discutir si son galgos o podencos, errejonistas o susanistas, y la casa de la izquierda, sin barrer. Así que todos los que no queremos acogernos a un padre protector, que decida por nosotros, o a la ocurrencia «progre» municipal de turno, o a formar filas en las ambiciones de un «conducator», nos quedamos un poco huérfanos. Luego se extrañan de que las urnas digan lo que han dicho, que bastante poco ha sido para la magnitud de la debacle.

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