No te va a gustar – ¿Tiene esta España arreglo?


MADRID, 17 (OTR/PRESS)

La convocatoria de una Conferencia de presidentes autonómicos, como la que se ha celebrado este martes en el Senado, está inspirada, no me cabe la menor duda, por las mejores intenciones: armonizar políticas fiscales, de atención al ciudadano en lo referente al estado de bienestar y, si se puede, ir un paso más allá en la coordinación de los territorios de España, eso que ha dado en llamarse Estado de los Autonomías.
Así que arreglar España en lo que más falla, la homogeneización del país, es nada menos lo que se pretendía y se pretende. No quiero certificar el fracaso, como fracasaron las «cumbres» anteriores, pronto interrumpidas y ahora reanudadas. Y menos aún cuando todos los asistentes -es decir, todos, menos los dos que se sabe, que es de los únicos de los que se habla, paradójicamente- quisieron hacer patente su esperanza en el éxito, tras desgranar, cada uno de ellos, sus reivindicaciones en cuanto a financiación y sus agravios comparativos con los demás. O sea, nada nuevo, me temo.
Me arriesgaré a decir algo que, dicho sobre todo en Madrid, siempre acaba dándote algún disgusto: hasta que no nos acostumbremos a vivir en una España heterogénea, esto va a tener difícil arreglo. Mientras el diálogo se pretenda multilateral y no, como ha de ser todo diálogo, bilateral, al menos en sus inicios, mal iremos. Pretender que todas las Comunidades Autónomas son iguales, que deben estar sometidas a un mismo trato desde el Gobierno central, nos aleja de las pretensiones federalistas «asimétricas» y nos introduce cada vez más en un centralismo indeseado e inconfeso, pero cierto y real: el coro de las lamentaciones de cada presidente autonómico cierra las posibilidades de un verdadero arreglo común. Creo que lo correcto sería, manteniendo estas Conferencias para lo que son, es decir, para hablar de alta política (reforma constitucional, qué hacer con el Senado*), que el Gobierno central negociase, una a una, con las autonomías, contemplando las necesidades y exigencias específicas de cada una, y tratando de armonizarlas a continuación en lo posible: nadie quedará del todo satisfecho, pero quizá nadie del todo insatisfecho. Y sabiendo siempre que Cantabria, mi querida Cantabria, nunca será igual que Cataluña, ni Galicia igual a Murcia, ni Andalucía semejante siquiera a Castilla y León, por no seguir poniendo ejemplos. Cada una merece un tratamiento particular; luego, ya llegará la puesta en común en las conferencias de presidentes.
De hecho, la España heterogénea ya está ahí, con el distinto trato que el País Vasco y Navarra reciben desde un punto de vista fiscal con respecto al resto de las autonomías. Incluso podríamos citar los casos peculiares de Canarias, Ceuta y Melilla. O el trato específico dado a diversos acuerdos interautonómicos. ¿Por qué, pues, hacer de Cataluña el gran problema para el avance en una integración territorial real, que respete peculiaridades y, en la medida de lo posible, trate de integrar en el concepto del Estado a nacionalismos que seguramente se muestran reticentes a hacerlo?

Siempre he dicho que, el día en el que los «halcones» de uno y otro lado -que hoy, lamentablemente, son mayoría los que prefieren el palo a la zanahoria, en Madrid y en Barcelona, en Zaragoza, en Sevilla o en Bilbao- depongan su actitud, habrá acabado el «problema catalán» y quizá el problema territorial español. Pero para eso, claro, es necesario dotar al diálogo a todas las bandas de una gran generosidad, de un gran realismo y de una buena dosis de sentido común, no siempre patente en las meras declaraciones de buenas intenciones que se hacen a la llegada de estas «cumbres» a un Senado que ya solo sirve apenas para albergar las banderas autonómicas que engalanan el fondo para las fotografías.
No quisiera, la verdad, decirlo de este modo, pero temo que este martes haya podido perderse una oportunidad, otra, de arreglar las cañerías profundas del país, esas cañerías que nadie sabe muy bien dónde se emplazan, pero que son las responsables de los malos olores y del levantamiento súbito de los cimientos. Cuánto me gustaría que el tiempo me quitase la razón.

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