No te va a gustar – Libertad de expresión, hasta para «él»


MADRID, (OTR/PRESS)

Me han preocupado, lo admito, algunas reacciones ante el anuncio de que el president de la Generalitat catalana, Carles Puigdemont, iba a pronunciar un discurso en el Parlamento Europeo. Está perfectamente legitimado para ello, ha dicho, con razón, el ministro de Exteriores, Alfonso Dastis, y se le han echado encima tuiteros y ciertos comentaristas, como le ha ocurrido a quien suscribe por expresar parecidas opiniones; y eso que estoy seguro de que el señor Dastis es tan favorable a la independencia de Cataluña como yo. O sea más bien tirando a nada. Pero también pienso, y me congratulo de ello, que el ministro, y me parece que el Gobierno en su totalidad, comparte la frase creo que de Voltaire, que dijo y no es textual: «yo, que aborrezco las ideas que usted expresa, daría mi vida para que usted pueda seguir proclamándolas libremente».
Y es que a veces me asusta la falta de tolerancia que con respecto a las opiniones ajenas se hace patente en alguna tertulia, en ciertos foros, en determinados cenáculos y mentideros, sobre todo de la Villa y Corte. ¿Que resulta que el señor Aznar discrepa de la trayectoria del Gobierno de su partido? Ya estamos intentando silenciarle, acusándole de «apuñalar» a quien él mismo colocó como su sucesor, es decir, Rajoy. Como si un ex presidente del Gobierno no tuviera el derecho, yo diría que el deber, de ir difundiendo sus libres opiniones, se supone que basadas en un conocimiento derivado de una experiencia única. España es un país demasiado inflexible en el que quien se mueve es apartado de la foto, quien discrepa se convierte en enemigo y donde el verdadero debate es algo que resulta prácticamente desconocido.
Por eso, porque no hay verdades únicas ni irrebatibles, me preocupan los vetos a la aparición «europea» de un Puigdemont al que parecemos no comprender que ya solo le quedan estas salidas, que son escapatorias. Por eso también me inquieta que se lancen dardos envenenados contra ella cuando alguien de la valía de Cristina Cifuentes propone algo tan lógico, tan sano, como la introducción de elecciones primarias en su partido. O lo de Aznar. O lo de Felipe González. O la lapidación vía tuits de cualquiera que se salga de lo políticamente correcto, aunque sea un concejal madrileño a quien, algo bobamente si usted quiere, se le ocurre exaltar ahora, de manera extemporánea, la revolución bolchevique de 1917. Cien años ha.
Un país sano es aquel en el que caben todas las ideas, luego tamizadas por el sentido común, que es el sentido menos extendido (y menos común, claro) en este secarral político. Creo que debemos acoger todo lo que alguien, dentro de la legislación, quiera expresar, aunque muchos pensemos que se trata de meras sandeces, de pasadas sin cuento o de faltas de educación y excesos de mal gusto. Y sí, estoy pensando también en «él», ese hombre que se ha convertido en el amo del mundo y que cada vez que abre la boca me estomaga, entre otras cosas porque se permite generalizar diciendo que todos los de mi gremio son (somos, supongo) los seres más deshonestos del mundo (¡y lo dice «él»!). También daría mi vida, suponiendo que él la valorase en algo, para que pueda seguir expresando libremente todo eso tan nocivo. Al fin y al cabo, la Historia siempre hace justicia a quien merece que sus palabras se las lleve el viento.

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