Antonio Casado – La autarquía, que vuelve


MADRID,(OTR/PRESS)

Aprendimos en la Universidad que, muy a finales de los años cincuenta del siglo pasado, España empezó a abrirse al mundo. Gracias, entre otras cosas, al plan de estabilización y la apertura de mercados en un país que, bajo el régimen franquista, había estado veinte años política y económicamente ensimismado. Estudiamos aquel episodio de nuestra reciente historia bajo el epígrafe «El fin de la autarquía».
Bien, pues uno tiene la impresión a estas alturas de la película de que el nuevo presidente de los Estados Unidos está rescatando del trastero de la historia aquella figura: la autarquía. Según Donald Trump, como una forma de devolver el poder a los ciudadanos y redimir a los trabajadores. Norteamericanos, claro. A los demás, que les den tila.
Casa vez que este señor echa una hueva jornada de trabajo en su despacho de la Casa Blanca, nos tentamos la ropa quienes aprendimos que el libre comercio era un escalón en el progreso de la Humanidad. Por tanto, vemos el llamado proteccionismo como un paso atrás. Y nos dan los siete males de pensar que si todos los países hacen lo mismo, a la contra de la corriente globalizadota, estaremos resucitando los males de la autarquía, que tan bien explicada venía en los textos de Ramon Tamames.
Escrito está también en la memoria del pensamiento colectivo que el comercio sirvió en la antigüedad y ha seguido sirviendo en la modernidad para abrir caminos por los que no solo transitaron las mercancías.
Con las mercancías, el comercio abrió caminos en la difusión de las ideas, el acercamiento de las tribus, los pueblos, las personas, las naciones. Y ahora aparece Donald Trump levantando muros y cargándose de un plumazo, de la noche a la mañana, los tratados multilaterales que, según él, solo han servido para que otros países, otros ciudadanos, otros trabajadores, fueran a EE UU a aprovecharse de su potencial y a practicar la rapiña.
Lo malo es que esta sensación de que Trump frena la tendencia globalizadota y el dogma liberal del comercio libre no solo se queda en las mercancías. No, señor. Alcanza también a los valores. Y por eso, cada vez que abre la boca o toma una decisión, nos deja la incómoda sensación de que estamos reculando también en la tarea de mejorar la condición humana.
En la calle, al menos en España, el país más hostil con Donald Trump, según una encuesta reciente, se carga su figura con palabras de amplia circulación. A saber: ignorante, racista, vengativo, zafio, prepotente, maleducado, xenófobo, matón, machista, embustero y hortera de bolera.
Siempre inspirado, eso sí, en el grito neonazi de Charles Lindberg («América first», abril 1941). Y no podemos menos que asociarlo a su talante personal.

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