Carmen Tomás – Por la boca muere el pez


MADRID, 31 (OTR/PRESS)

Los sindicatos mayoritarios nos tienen acostumbrados a ejercicios de cinismo y de escasa transparencia. Hay dificultades para conocer el número exacto de liberados sindicales que existen o de afiliados y de éstos cuántos pagan sus cuotas. Les hemos visto metidos en asuntos turbios como los ERE de Andalucía, los cursos de formación. Incluso en cooperativas de viviendas que acaban como el rosario de la aurora, sin dinero y sin pisos.
El lunes en un ejercicio de demagogia y falsedad, el secretario general de UGT no tomaba el pelo a todos los españoles a cuenta de su financiación. Alvarez se permitía el lujo de calificar de leyenda urbana las subvenciones que del Presupuesto General del Estado reciben los sindicatos. Es más, dijo que muy al contrario, son los afiliados de las organizaciones los que subvencionan con sus cuotas las necesidades de asesoramiento y defensa del resto de trabajadores. Pepe Alvarez ha contado que UGT tiene 800.000 afiliados que abonan más de 90 millones de euros en cuotas y que la mitad de esa cantidad se dedica a trabajos para todos los trabajadores, sean afiliados o no.
Es cierto que los agentes sociales están consagrados en la Constitución. Tan cierto como que reciben dinero público de los PGE en función de su tamaño, que se mide por el número de afiliados. Tan cierto como que existen muchas dificultades, como decía antes, para recabar esa información. Un informe del Banco de España aseguró que la afiliación a los sindicatos no superaba el 10 por ciento del total de los trabajadores. Increíble que a día de hoy sigamos sin tener buena información sobre el tamaño real de UGT o CC.OO. Precisamente, estas subvenciones públicas que reciben están, en mi opinión, en el origen de los problemas más que soluciones que nos han dado los sindicatos en los últimos años. La actualización de sus mensajes es nula y su modernización está pendiente. Quizás el día que no dependan de la subvención veamos unos sindicatos útiles que se interesen por «todos» los trabajadores, por la situación de las empresas que son las que invierten y dan trabajo, y menos por los liberados y las cúpulas. Se ha demostrado la utilidad y la responsabilidad de los trabajadores, por ejemplo de las empresas automovilísticas en las que sí están los sindicatos, pero dentro de la empresa y no en despachos.

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