La banalidad, lo esencialmente importante y la mentira.


Hace unos días haciendo un repaso, con vistas a la publicación de un recopilatorio, caí en la cuenta de que una buena parte de mis artículos están cubiertos por el polvo y las telarañas. No sé si cumplieron su función informativo-satírica en su día, pero al releerlos ahora, tengo la sensación de haber estado haciendo el tonto, comentando las tonterías de los políticos tontos de una sociedad tonta. Perdón por la arrogancia, pero pretendo vivir fuera del rebaño, aunque entre con cierta frecuencia en el aprisco para enterarme de las nuevas modas de los ovinos. Volviendo al tema de los artículos, esta sensación la tienen muchos columnistas que tienen que ganarse el pan con el sudor de la letra, gústeles o no. Meses después o incluso años, ya pocos recuerdan las soluciones habitacionales de la ministra Trujillo, el desfile de Carmen Chacón embarazada, las bombillas de Sebastián, los zapatos de Letizia, Zapatero en Rodiezmo, Rajoy en Sotomayor, o las reuniones de las ejecutivas de los partidos y otros cientos de temas y ocurrencias que ocuparon importantes espacios de tertulia y papel. ¿Importa algo hoy todo esto? Nada en absoluto. Es material de desecho, como lo será muy pronto la banalidad de hoy, que nos parece tan trascendente.
Este problema lo tenían ya los clásicos griegos que escribían comedias en las que incluían los chascarrillos políticos y sociales de entonces –hablo del siglo V a. C.—, y que leídos un tiempo después no provocaban ni una sola carcajada, porque, al no conocer los hechos, nadie entendía nada. A Aristófanes, que criticó todo lo criticable y más, le ocurría eso con sus obras cómicas.
Ante esto, cabe preguntarse si solo deberíamos escribir sobre lo atemporal, lo esencialmente importante, que no se ajusta a tendencias y permanece siempre. Mi respuesta es no. La sátira y el comentario jocoso y frívolo deben tener su lugar como divertimento. Ahora bien, puestos a separar el grano de la paja, sin duda nos quedaríamos para el molino las reflexiones sobre corrupción política e institucional, con sus flecos de prevaricaciones, cohechos y mentiras oficiales, tan corrientes hoy como en tiempos pasados.
La mentira se ha enseñoreado en la sociedad; la mentira vende; la mentira se premia; la mentira capta votos. Nos hemos acostumbrado a la palabrería, a los mitineros, a los piquitos de oro, digan lo que digan. Nos hemos vuelto cínicos y hemos aprendido a valorar a los políticos por las letras de sus partituras, mentiras con música de réquiem.
Volviendo al clásico y erudito Aristófanes, él se oponía a la retórica por razones morales y políticas. Aseguraba que “un orador entrenado en la nueva retórica puede utilizar su talento para engañar al jurado y desconcertar a sus oponentes con tanta profundidad, que el juicio pierde toda apariencia de imparcialidad”. ¡Cuánta verdad encierra este pensamiento! Esta frase debería estar grabada en piedra en los parlamentos y en los tribunales de justicia aunque, visto lo visto, de poco sirven las consignas o los juramentos, hipocráticos o no, cuando todo está trufado de mentira.

___________________
Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
✉ periodista@magdalenadelamo.com
Suscripción gratuita
.

Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído