Las checas de Venezuela. ¿Cuándo piensa Rajoy pronunciarse?


No hace falta haber estado en Venezuela o tener amigos venezolanos para sentir una pena inmensa, a la vez que impotencia, por los crímenes que el gobierno de Nicolás Maduro perpetra contra los ciudadanos, muchos de ellos estudiantes y menores, que se oponen a la injusticia y a la violación de los derechos humanos. Hace tiempo que los desmanes del gobierno de Maduro ocupan un lugar destacado en la prensa internacional; quizá por eso –el efecto saturación cuenta mucho— la ciudadanía del mundo se ha ido acostumbrando hasta hacerse prácticamente insensible, cosa que no dice nada bueno de nuestra condición humana.
La extorsión, la tortura y la violación del derecho internacional son las consignas de la Venezuela de los últimos años. Empezaron con Chávez, pero con Maduro, este espécimen del bigote con cara de loco –porque no hay que ser muy especialista en “siang mien” y en lenguaje corporal, para detectarlo a la mínima—, el abuso y la represión contra los ciudadanos ha traspasado todos los límites imaginables.

Las últimas sentencias del Tribunal Supremo contra el Parlamento y la oposición, conocidas como el “Madurazo” y calificadas por la Unidad Democrática como un autogolpe, encendieron aún más los ánimos de los disidentes y ha puesto la situación al rojo. Venezuela se ha convertido en un campo de batalla, en el que luchan los David, sin armas, integrados por los estudiantes y el pueblo, que piden nuevas elecciones para poner fin al canallesco y totalitario régimen, y los Goliat, formados por los militares y la policía al servicio del gobierno, dotados de armas legales, con las que asesinan a bocajarro a los manifestantes, y por jueces que dictan sentencias disparatadas, a la medida del régimen, aunque después rectifiquen.

Hace unos días nos llegaban las noticias –con imágenes escalofriantes—de los estudiantes asesinados a tiros en la cárcel de Puente Ayala, por los propios guardianes de la prisión. Eran jóvenes disidentes que fueron detenidos por la Guardia Nacional Bolivariana cuando participaban en la manifestación de Cumaná, en el estado de Sucre. Las imágenes muestran un espectáculo dantesco y los muertos pasan de cien. Esta noticia, que se ha pretendido ocultar, vio la luz gracias al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa. La fiscal general, Luisa Ortega Díaz, que ya se había manifestado contraria a la sentencia según la cual quedaba roto el orden constitucional, al asumir el Supremo las funciones del Parlamento, muy crítica también con la represión violenta del gobierno –y así se lo comunicó a Nicolás Maduro en su visita a Miraflores—, volvió a pronunciarse contra la masacre de Puente Ayala. No nos extrañaría su dimisión.

Amnistía Internacional, tan poco equitativa siempre a la hora de defender los crímenes de la izquierda –recordemos que defendió a los asesinos etarras, porque cumplían condena muy lejos de sus familias, ¡pobres!— en su informe “Silencio a la fuerza. Detenciones arbitrarias por motivos políticos en Venezuela”, denuncia “detenciones sin órdenes judiciales y procesamientos por delitos contra la patria, de terrorismo o incluso imputación de delitos de carácter militar contra civiles”. Destaca también las vejaciones y las torturas infligidas a presos políticos, y denuncia la falta de independencia de los funcionarios de justicia, es decir, jueces y fiscales. Como que esto nos suena.

Al ejecutivo de Rajoy, tan juguetón y frívolo con las mociones de censura y los chascarrillos del día a día, intentando sacar partido de la corrupción –los corruptos son otros, y el que la hace la paga—, lo que es el colmo, los venezolanos le importan un bledo y el respeto por el derecho internacional, también. ¿Cuándo pensarán condenar los crímenes de Estado de Maduro y su ejército de matones? ¿Cuándo piensa el gobierno de España ponerse de parte de la legalidad y el derecho internacional? No basta enviar un tuiter con obviedades, y ya, como hizo el presidente Rajoy. ¿Cuándo piensan hacerlo el resto de países de la Unión Europea? Es cierto que existe una cierta presión internacional, pero demasiado “light”, en vista del alcance de los hechos. ¿Cómo es posible que hayamos guardado silencio ante las torturas de “la tumba”, unas mazmorras en pleno centro de Caracas, donde se tortura a jóvenes disidentes para hacerles firmar declaraciones falsas e implicar a terceras personas? Estas ergástulas se encuentran ubicadas cinco pisos bajo tierra, en una suerte de inframundo, sin luz, sin sonido, donde todo atisbo de vida es imposible. Son las checas de Caracas, que a la casta política internacional parecen importarle poco. Como tampoco le preocupa el paradero de Leopoldo López, del que no se sabe nada desde hace un mes y sobre el que corre información contradictoria.

Decía al principio que no hace falta haber estado en Venezuela para sentir empatía y cariño por nuestros hermanos de ultramar. Pero cuando se conoce y se han pasado allí momentos entrañables –tal es mi caso— y se han pateado sus calles y compartido con amigos yendo a comer las arepas en Doña Jacinta –las mejores de Caracas— o se han visto las brumas del Ávila al amanecer desde mi terraza de Las Taparitas, la pena es aún mayor. Un abrazo para todos los venezolanos de bien.

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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