Isaías Lafuente – ¿Dónde quedó la unidad?


MADRID, 12 (OTR/PRESS)

Hace 20 años, ETA convirtió el secuestro de Miguel Angel Blanco en la crónica de una muerte anunciada. La bestia estaba rabiosa porque diez días antes la Guardia Civil había liberado a Jose Antonio Ortega Lara, poniendo fin al secuestro más largo de la banda terrorista. La venganza no se hizo esperar y aquel concejal desconocido de Ermua fue el blanco fácil para consumarla. Se trataba de disparar al partido gobernante en la cabeza de cualquier militante, sin importar su pedigrí.
En aquellas horas que pasaron desde el secuestro hasta la aparición de su cuerpo moribundo España se paralizó y contuvo la respiración y la rabia. Y cuando se confirmó la muerte del joven concejal, se lanzó a la calle en una movilización contra ETA sin precedentes, masiva y transversal, con epicentro en Madrid. Sus calles fueron el altavoz de un sereno pero firme «hasta aquí hemos llegado». Una rebelión cívica que provocó que por primera vez en la historia de la banda quienes tuvieran miedo fuesen quienes hasta entonces habían jaleado sus crímenes. Quienes lo vivimos, recordamos aquellas horas dramáticas con la misma nitidez con la que tenemos identificado lo que hacíamos el 23F, el 11M o el 11S.
Por todo eso, Miguel Angel Blanco y su asesinato se convirtieron en símbolos de la barbarie y Madrid, en el escenario de la contundente repulsa a los asesinos. Y por eso habría sido deseable que Madrid hubiera rendido homenaje sin fisuras a su memoria. La alcaldesa se metió en un jardín incomprensible al verbalizar que un homenaje concreto al concejal asesinado podría significar asumir que hay víctimas de primera y de segunda. Al final rectificó. Y por eso resulta incomprensible que después haya sido abucheada cuando ha participado en el homenaje que el PP ha rendido a su compañero. No creo que Miguel Angel Blanco estuviera muy orgulloso de esta reacción.

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