Fernando Jáuregui – Oiga, que de aquello han pasado ochenta y tres años…


MADRID, 7 (OTR/PRESS)

Resulta obvio que Puigdemont solo sueña con encaramarse al balcón de la plaza de Sant Jaume y, desde allí, como Companys, proclamar el Estat Catalá, en este caso la República de Catalunya. Con la ventaja de que está casi seguro de que ni será encarcelado, y menos, claro, fusilado, como le ocurrió a Companys, lo primero con la República Española y lo segundo con Franco, ni general Batet alguno bombardeará la Generalitat. Lástima, para él, que tampoco ocurrirá la escena del balcón. No parece haberse dado cuenta de que las cosas han cambiado un tanto desde aquel 6 de octubre de 1934, ochenta y tres años ha. Y de que el Reino de España no es la agobiada República de Lerroux. Ni Felipe VI es, por mucho que los chiflados de la CUP lo intenten en sus ridículos carteles que evocan los tiempos leninistas, el zar. Ni el molt honorable president de la Generalitat de Catalunya parece tener en cuenta, si es que la conoce, la frase acertada de Marx, según la cual «la Historia se repite dos veces: la primera, como tragedia; la segunda, como farsa». En 1934 tuvimos tragedia; a partir del 2 de octubre de 2017, sospecho que tendremos, como mínimo, club de la comedia.
Puigdemont vive, pues, con ochenta y tres años de retraso. Sabe que las revoluciones desprecian, por definición, la legalidad y las instituciones vigentes, y eso lo ha hecho y lo está haciendo a conciencia, sin darse cuenta de que no hay un marco propicio a revolución alguna: me parece que de poco le van a servir las multas a Mas y compañeras mártires, de casi nada las admoniciones del Tribunal Constitucional ni las frases flemáticas admonitorias de Rajoy, aunque ahora sea -laus Deo- acompañado de un Pedro Sánchez que ha olvidado el «no, no y no» del pasado 1 de octubre ante el 1 de octubre que nos viene y, claro, también acompañado de la fiel infantería que es Albert Rivera. Más vale tarde que nunca. Y Podemos, que vaya espabilando, porque el oportunismo queriendo retener votos de independentistas catalanes puede vaciar las urnas de votos morados en Torrelavega, Punta Umbría, Vigo, Zamora, Ciudad Real, Tenerife o Calasparra, por poner unos cuantos entre siete mil ejemplos posibles.
La farsa en la que terminará inevitablemente el «procés», encabezado por los burgueses Puigdemont y Junqueras, banalizado por la ex periodista Forcadell y envilecido por una CUP que no representa ni al cuatro por ciento de los votantes catalanes, ni al ocho por ciento de un Parlament que, de todas formas, ya no se representa ni a sí mismo, va a tener, ya lo verán, algunos efectos beneficiosos para la unidad del Estado o llámelo usted España, que es lo que corresponde.
Por ejemplo, acercamiento de los constitucionalistas; claridad en el caos de Podemos; reforzamiento de las instituciones, desde el Rey hasta el Tribunal Constitucional; diálogo -y negociación, claro- con una Generalitat debilitada por sus propios excesos; y mayor resplandor de la democracia parlamentaria, en detrimento de la falsa democracia asamblearia, que fue lo que primó el pasado miércoles en el Parlament catalán. Una dosis de futura conllevanza orteguiana, vamos. No tengo en mi mano encuestas, ni siquiera de esas de urgencia, pero tengo la sensación creciente de que el espectáculo puntualmente televisado que se nos ofreció desde la sede del poder legislativo catalán, la toma del Parlament por una presidenta incapaz y sorda ante las normas, habrá abierto mucho ojos de catalanes hartos «de Madrid», pero aún más asustados del «cuprocés».
Mi colega Enric Hernández, director de «El Periódico de Catalunya» y, me parece, uno de los periodistas más respetados en Barcelona, escribía, tras el bochorno de este miércoles: «ojalá el mundo no nos esté mirando». Desgraciadamente, el mundo, un mundo que ya se sabe que está contra la aventura secesionista -supongo que hasta Trump, hasta él, lo dirá cuando se vea con Rajoy- sí estaba mirando. Y nunca como ahora he escuchado tantas veces aquella frase de Tarradellas, que fue el último gran -y acaso el último honrado- president de la Generalitat: «en política cabe todo, menos el ridículo». Sospecho, y confieso que lo deseo, que el «procés», lejos de acabar el algaradas violentas, como algunos pesimistas vaticinan, va a terminar en una enorme rechifla. Y con Puigdemont -ya les ocurrió a Ibarretxe y a Mas, ¿recuerda usted?- camino de un merecido ostracismo, que es lo más lejano a los balcones donde la gente te aclama.

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