No te va a gustar – Esto, pase lo que pase, va a traer consecuencias


MADRID, 19 (OTR/PRESS)

El clima de nerviosismo, a este lado del Ebro, se dispara según avanzan los días: solamente díez quedan para la jornada del estallido o de la gran charlotada, vaya usted a saber. Mis contactos con los amigos catalanes, con los que hablo casi a diario, me confirman que, del otro lado, se instala una especie de fatalismo: puede ocurrir de todo, incluso que, en un rapto de auténtica locura, el molt honorable se encarame al balcón de las desdichas y, desde allí, tras la jornada caótica del 1-0, proclame la República Independiente de Catalunya. La cosa tendría muy malas consecuencias para él, para el Govern, para la Generalitat como institución y para todos los demás, claro, comenzando por Mariano Rajoy y su equipo más directo, que se verían forzados a, en palabras del propio Rajoy, «hacer lo que no quieren hacer».
Descartemos, por principio de pensamiento lógico, la locura, por más que insania parecen muchas de las cosas que han venido ocurriendo hasta este punto, en el que carecemos de urnas, papeletas, censo, orden y concierto, puesto que estamos todos, y más aún los protagonistas de la farsa, obviamente desconcertados.
Ocurra lo que ocurra, creo que son previsibles algunas consecuencias ya irreversibles tras el camino andado y mal andado. El funcionamiento de los tribunales quizá se pueda paliar, pero no parar: y hay ya muchas causas abiertas. Y, si la convención política que hemos fabricado dice que un imputado (investigado), por el mero hecho de serlo, no puede seguir en el cargo, ya me dirán qué hacemos con los cuasi procesados Carles Puigdemont, Carme Forcadell y hasta con Oriol Junqueras, que sigue soñando con ser el president de la Generalitat una vez que se convoquen las me parece que inevitables elecciones autonómicas.
El Estatut de Autonomía ha saltado ya hecho añicos, el artículo 155 de la Constitución está, de alguna manera, ya aplicándose en lo que se refiere a la intervención de las cuentas por Montoro. Y cualquiera puede ver que la Constitución española resulta incapaz de regular cauces para actos de auténtica sedición, como los que han protagonizado algunos responsables de la Generalitat e incluso algunos alcaldes que encabezaron la rebelión. Lo siento, pero no basta con la «mano dura», ni se puede empapelar a cuantos han intervenido en este circo; hay que buscar las soluciones menos traumáticas, y estoy seguro de que el propio Ejecutivo anda en ello.
Así que, tras lo que la Historia llamará «los sucesos del 1 de octubre», habrá que empezar a pavimentar la carretera que nos permita seguir transitando con cierta normalidad por la conllevanza con un territorio español como es, y será, Cataluña. Quiero decir que habrá que ir pensando en un nuevo (y generoso) Estatut, que, una vez acordado con las fuerzas que quieran acordarlo, sea sometido a referéndum en Cataluña, como es preceptivo según el artículo 152.2 de la Constitución vigente. O sea, que se podrán votar por los catalanes mejoras, económicas y políticas, pensadas para los catalanes, con los catalanes, de manera pacífica, ordenada y constitucional. Por qué no se ha hecho esto antes resulta casi mejor ni preguntárselo. Habrá, igualmente, que ir pensando en acelerar reformas constitucionales, sin aguardar a los tiempos paquidérmincos del Parlamento español, que, por ejemplo, solamente tomará en consideración la comisión propuesta por los socialistas para tratar sobre el «caso catalán»… después del 2 de octubre. Para ese viaje no necesitábamos alforjas.
Luego está la reconstrucción partidaria, que es harina de otro costal y daría para varios tratados. De Podemos quizá seríamos capaces de predecir un estallido interno, porque no resulta posible tratar de pescar votos al tiempo en Gerona y Huelva, Zamora o Santander. La ambigüedad no cabe en el actual estado de cosas, y lo mismo valdría decir para una figura tan carismática como Ada Colau: ahora, es posible que, en lugar de acrecentar su talla política en tiempos de zozobra, ella zozobre. Sobre los socialistas quizá seamos capaces de augurar una cierta subida electoral, cuando toque, gracias a la bastante completa rectificación de Pedro Sánchez sobre su primitivo «no, no y no». Y gracias al previsible bajón de los «morados», claro está,

Y, sobre Rajoy y el PP…
De Rajoy y el PP no me siento capacitado para hacer predicción alguna en torno a las consecuencias del «lance catalán». El presidente del Gobierno central puede salir glorificado o abrasado de esta historia, en función exclusivamente de lo que ocurra entre los días 1 y 10 de octubre. Díez días que no sé si cambiarán el mundo, pero que sí deben empezar a cambiar España y es eso, los cambios, lo que menos gusta a una persona por lo demás estimable y llena de sentido común como Rajoy. Que, por lo demás, está, lo mismo que sus ministros, conduciendo con mesura y hasta cierto punto firmeza, el mayor desafío al estado español ocurrido desde la muerte de Franco, y estoy incluyendo la noche triste del 23 de febrero de 1981.
El recuento de las consecuencias abarca igualmente a la Jefatura del Estado, a la que yo veo reforzada tras la crisis: ahora es más necesaria que nunca la figura del rey, y creo, más allá de lisonjas, que contamos con el mejor de la Historia de España, ahora que el titular de la Corona está cercano a cumplir los cincuenta años, que es edad de plena madurez.
El caso es que nada, nadie, va a salir indemne de esta ordalía a la que nos han sometido gentes muy poco preparadas para lances de este tipo. Veremos ahora quién se comporta como estadista, quién como un oportunista, quién como un titiritero… y quién como un auténtico chiflado, que ya vemos que de todo hay en la viña del Señor. Lo que es imposible es que todo continúe como hasta ahora, como si nada hubiese pasado. ¿Quién está haciendo ya el plan de ruta?

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído