El dedo de Puigdemont en el botón rojo del 155.

El periódico “The Guardian” compara la crisis de Cataluña con las películas desquiciantes de Pedro Almodóvar. Es una comparación ocurrente, si no fuera por las consecuencias que está trayendo y lo que vendrá en los próximos meses, no solo políticas sino sociales. Decir que la convivencia está fracturada no es ninguna novedad, pero hay que seguir resaltándolo, al menos para contrarrestar el “no pasa nada” con el que continúan los golpistas y todo su entorno afín. No nos olvidemos que quienes apoyan el golpe de Estado son también golpistas. Y, por favor, que dejen de pedir diálogo los que se han saltado la línea roja de la ley, y sus simpatizantes mediáticos. Que dejen de hablar de “manifestarse pacíficamente”, porque eso es un engaño. No es muy pacífico insultar y provocar a las fuerzas del orden, tirarse por el suelo buscando un rasguño para rentabilizarlo en las redes y acudir al centro de salud para contabilizar en la lista de heridos; tampoco es pacífico desobedecer los mandatos judiciales. Y un favor más, dejemos de tener miedo a las palabras. Es una mordaza que nos hemos impuesto, por miedo, por comodidad o por conveniencia, pero ya es hora de poner sobre la mesa nuestras cartas.

Digo esto porque con los independentistas, especialmente con vascos y catalanes hemos sido todos demasiado tolerantes. A lo largo de casi cuarenta años, nuestros gobernantes los han utilizado para formar mayorías y sacar adelante sus programas. A cambio, tuvieron un trato excepcional y siempre volvían de la Moncloa con alguna paga extra, aunque eso supusiera una discriminación para el resto de autonomías. Lo de Cataluña no es de ahora. Hemos sido demasiado transigentes, demasiado exquisitos para no molestarles. Su fanatismo lo hemos alimentado entre todos; con dinero público se han dedicado a abrir embajadas, donde colocaban a sus enchufados. También les ayudamos a crear los dos colectivos de “los Jordis”, Ómnium Cultural y ANC, cuyo fin es sembrar odio y convertir a una parte de los catalanes en rebaño. El líder de ANC lo fue antes de la organización filoterrorista CRIDA, muy afín a ETA y a Herri Batasuna. Pero, repito, lo de Cataluña viene de lejos. Se recuerda estos días a Companys, un héroe sustentado en una biografía falsa. Más cercano a nuestros días, recordemos que Aznar hablaba catalán en la intimidad y Zapatero dotó de alas eléctricas al independentismo y Rajoy continuó alimentando el monstruo que hoy acecha a todos los españoles para chuparnos la sangre, la moral, y que nos tiene a todos a la espera de que cuatro locos irresponsables se dignen volver a la legalidad.

Confieso que me sorprendió Rajoy. No creí que iba a atreverse a activar el 155, un artículo sobre el que cualquiera parece saber más que el propio Gobierno. Se dice que es muy difícil de ejecutar. ¿Lo es en realidad? Yo creo que esta dificultad, aparte de las cuestiones administrativas, estriba en los propios rebeldes de la Generalitat, es decir, quienes lo hacen difícil son los golpistas y sediciosos, porque amenazan con ofrecer resistencia a acatar las órdenes judiciales, como viene siendo su costumbre.

Ahora, el botón rojo está bajo el dedo de Puigdemont. Aún tiene la opción de ir al Senado y volver al marco legal, o convocar elecciones. Eso sí, lo hecho, hecho está y es muy grave. ¡Nada de buenismo y nada de amnistías! Debe ser juzgado por sus delitos, sean de rebelión, sedición o desobediencia, amén de otras causas que tiene pendientes.

¿Qué ocurrirá si continúa adelante con su rebelión y se encierra en el Palau de la Generalitat? La Fiscalía ya ha dicho que tiene preparada una querella y que no descarta la prisión preventiva. ¿Qué pasará en el caso de que se ordene su detención? Se ha publicado que en los últimos días ha cuadriplicado su “guardia personal” con agentes del Grupo Especial de Intervención. ¿Qué ocurrirá se los Mossos continúan fieles al gobierno rebelde? ¿Qué ocurrirá si se sigue convocando a la ciudadanía para formar trincheras humanas? En los medios se elude hablar de este escenario –quizá para no alarmar, o para que no se interprete como una amenaza—, pero es algo que puede ocurrir, y debe decirse. Es lícito y legítimo que el Estado recurra a la fuerza para hacer cumplir la ley, pero no veo que se esté haciendo pedagogía. Y esto hay que explicarlo, y explicarlo bien. En situaciones así, la ética de la responsabilidad a la que alude Max Weber debe primar sobre la ética emocional. Esperemos que Puigdemont vuelva a la legalidad y que estas medidas no tengan que aplicarse.

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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