Las palabras pueden influir en nuestro ADN y modificarlo.

Primero fue el descubrimiento de la secuencia genética de la bacteria E. coli, después la de la levadura, más tarde la del gusano C. elegans, y así hasta llegar al descubrimiento del genoma completo de la mosca de la fruta, una secuencia mucho más complicada, auténtico hito considerado como “la piedra de Rosetta” para traducir el genoma humano.

En 2001, la revista Nature hacía públicos los resultados de la investigación tecnológica-científica más importante del siglo XX, el International Human Genome Project. Una secuencia completa al 90 por ciento de los tres mil millones de pares de bases en el genoma humano dejaba al descubierto nuestra esencia más profunda como especie. Hubo, sin embargo, cierta decepción en algunos sectores no especializados, cuando la prensa enfatizó –y descontextualizó, me parece— sobre el parecido entre el genoma humano y el de la mosca del vinagre, que comparte con nosotros, entre otros, los genes del cáncer o el párkinson. El genoma se divide en cromosomas que contienen genes, compuestos de ácido desoxirribonucleico, que transmiten los caracteres hereditarios. Y eso se da igual en casi todos los seres vivos. ¡Se hizo demasiada chunga con esto! Solo nos diferenciábamos en unos cuantos pares de genes. ¡Total, nada! Había que bajarse los humos, porque, al fin y al cabo, tampoco éramos tanta cosa. Tan solo secuencias químicas como el resto de los bichos. ¿Pero qué “dice” la parte del genoma que no se había descifrado y que fue catalogado como “ADN basura” o residual? Esto se preguntaba también el sector científico más vanguardista, a quien no le cuadraba que nuestro cuerpo portara algún elemento que no fuera de utilidad. ¡Y estaban en lo cierto! Quince años después de haberse publicado el informe genoma, nuevos y relevantes datos han visto la luz.

Un grupo de científicos rusos, liderado por el biofísico y biólogo molecular Pjotr Garjajev, miembro de la Academia de Ciencias de Moscú y el físico cuántico Vladimir Poponin, entre los que se encontraban además embriólogos e incluso expertos en lingüística –dato este muy interesante—, realizaron una investigación desde un ángulo mucho más amplio y abarcador sobre esa parte del genoma no interpretado, más del 90 por ciento.

Lo descubierto por este equipo científico es una total revolución, que nos demuestra que somos mucho más que un cuerpo físico, y nos confirma la realidad de muchas hipótesis y teorías filosóficas, religiosas y esotéricas no comprobadas hasta ahora por la ciencia. Esa parte de ADN no descifrada antes encierra características y cualidades humanas como la intuición, la mediumnidad, la clarividencia, la telepatía, el aura, la capacidad de autocuración, la sanación a distancia, el contacto interdimensional y otras potencialidades que conocíamos a través de místicos, chamanes y científicos “locos”, como varios de los eminentes fundadores de la Society for Psichical Research de Londres, fundada en el siglo XIX para demostrar, precisamente, lo que ahora nos muestra la correcta lectura del “ADN basura o residual”.

Otro de los hallazgos sorprendentes del equipo científico ruso fue que los codones del ADN no codificado poseen una especie de lenguaje biológico que forma palabras y frases siguiendo la estructura de nuestros idiomas, con sintaxis semejante a la de las gramáticas. Esto los llevó a la conclusión –y esta es la parte más innovadora y pragmática— de que el ADN es como un texto que puede ser corregido y reordenado en distintas secuencias. Lo realmente rompedor para la ciencia positivista es que el ADN es influenciable a través de la voz, los pensamientos y las imágenes. Esto quiere decir que el determinismo atribuido a la genética no es tal, puesto que podemos influir en ella y cambiarla. Es decir, si como expresamos, nuestro ADN es un ordenador biológico, el “software”, esto es, las moléculas, pueden ser reprogramadas con nuevas órdenes a través de la idea que se transmita, y los tripletes, a su vez, pueden cambiar sus sitios. Esto es un descubrimiento maravilloso, con un sinfín de posibilidades. De hecho, ya se está experimentando con la reprogramación de ADN dañado, usando las frecuencias de resonancia adecuadas. Para ello se utiliza luz láser codificada como lenguaje humano con la información que se quiere rectificar. En el experimento previo se comprobó que una molécula de ADN in vitro expuesta a una luz láser coherente, sigue la forma espiral de las hélices de ADN como si fuese dirigida por la propia molécula. Y cuando la molécula es retirada del campo de observación del microscopio, la luz continúa allí y conserva la forma espiral. Este fenómeno fue denominado “Phantom-ADN” (ADN fantasma). ¡Y no es para menos! A partir de ahí, siguiendo el patrón gramatical del ADN han conseguido modular luz coherente de láser y añadir su significado a la onda portadora.

Cuando leí esta información, me quedé extasiada, porque todo esto ya lo sabía aunque por otra vía. Enseguida pensé en la visualización creativa que aprendimos en “control mental”, en el envío de energía a distancia, las técnicas de autoafirmación, y otras que practicamos en la sanación cuántica; o cuando los kinesiólogos no disponemos de un determinado filtro de testaje y utilizamos la palabra escrita en un papel, el dibujo o el pensamiento. ¡Y funciona! También se me fue la mente al experimento con microcristales de agua de Masaru Emoto, influidos por el pensamiento y la música; las experiencias en radiónica de George de la Warr o Ruth Drown, la sanación por símbolos y sonidos o los campos mórficos de Rupert Sheldrake. En realidad, estamos hablando de lo mismo. Somos cocreadores de nuestra realidad; solo tenemos que saberlo y entrenar nuestra conciencia. Es así, con trabajo y entrenamiento espiritual, como se puede llegar a conectar con nuestro ser interior, nuestra mente profunda, nuestra alma, nuestra memoria celular y nuestro ADN. Es en nuestro “laboratorio de las profundidades” donde podemos hacer todo tipo de reajustes.

Todo esto es completamente revolucionario en el campo de la medicina holística, que incluye la sanación a distancia y, sobre todo, el tema de la vibración, algo no visible, pero real. Comprendo –y a muchos les rechina—que hacemos demasiado uso de las palabras “energía” y “cuántica”. Es la manera de explicar que todo está interconectado. Para ello no hace falta ser expertos en mecánica cuántica, sino comprender el comportamiento de los ladrillos más sutiles de la materia: esas partículas cuasimágicas que se bilocan y varían su comportamiento bajo la mirada del observador.

El equipo de Garjajev descubrió otro punto interesante sobre lo que, normalmente, se suele llamar ciencia infusa, creatividad, intuición, inspiración, telepatía o canalización, es decir, esa información que aparece en nuestra mente de manera espontánea, sobre todo, cuando entramos en estado alfa, bien sea inducido a través de la meditación, o bien momentos antes de dormirnos. En este estado, conectamos no sé si con el mundo de las ideas, con los registros akásicos o con el inconsciente colectivo, pero sí es cierto que nos volvemos clarividentes por un momento, capaces de resolver enigmas irresolubles. Este equipo de genetistas lo denomina hipercomunicación, y, para explicarlo, hacen una analogía entre el microcosmos y el macrocosmos. “Como es arriba es abajo”, dice la antigua Tabla Esmeraldina de Hermes Trismegisto. Establecen que nuestro ADN puede causar patrones distorsionadores en el vacío, produciendo así agujeros de gusano magnetizados, que serían a escala microscópica equivalentes a los puentes Einstein-Rosen, especie de atajos entre zonas diferentes del universo a través de las cuales la información puede ser transmitida fuera del espacio-tiempo. Continuando con la analogía, nuestro ADN atrae estos bits de información y los pasa a nuestra conciencia. Los estados de relajación propician este fenómeno de hipercomunicación, que solemos llamar telepatía, sintonización o canalización, como expresamos arriba.

En cuanto a este proceso de hipercomunicación, señalan que en tiempos pasados la humanidad estaba interconectada en una conciencia grupal, como ocurre con los animales, y ponen como ejemplo la comunicación entre una colonia de hormigas en la que, aunque se aísle a la hormiga reina, las obreras siguen trabajando porque ella sigue dando sus órdenes más allá del espacio-tiempo. Sin embargo, si la matan, el hormiguero se vuelve un caos. Los animales también trascienden el tiempo y el espacio. Nuestras mascotas saben cuándo llegamos y se anticipan a muchas de nuestras acciones, lo cual nos deja asombrados. La especie humana, en su proceso evolutivo para conseguir la individualidad, ha abandonado voluntaria o involuntariamente la hipercomunicación.

Los investigadores apuntan que ahora que el ser humano permanece estable en su conciencia individual podría agruparse en una nueva conciencia grupal, en la que tendríamos poder para cambiar el mundo, es decir, cocrear nuestra realidad. Quizá se estén refiriendo a ese salto cuántico a la quinta dimensión de la que tanto hablan los espiritualistas. El ADN seguirá confirmándonos muchos aspectos no científicos, hasta ahora, de la dimensión humana.

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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