A los hombres se les puede escupir, pero a las mujeres ni toserles.

No es nada nuevo que, en los últimos tiempos, nuestro parlamento se ha convertido en un tumor maligno que la sociedad española tiene que sufrir hasta que la lista de espera dé paso al quirófano, en forma de elecciones generales. ¿Pero es consciente la sociedad española de que tiene este cáncer y que la metástasis está alcanzando y ha alcanzado a órganos vitales para nuestra supervivencia como nación? ¿O son solo algunos los enterados mientras los otros ven Gran hermano, Sálvame o la programación tóxica de la Sexta? ¿Queremos curarnos, en realidad? Viendo los sondeos sobre Andalucía, que dan como ganadora a Susana Díaz, parece que de querer curarse, nada. Y si el PSOE no cae ahora con toda la corrupción, con un presidente golpista, falso doctor cum laude, que más parece un jefe de sala de un bingo de provincias que un presidente serio de un gobierno serio. ¡Qué pinta ahora en Cuba este insensato cuando tenía que estar pendiente de Gibraltar! Es que no hay palabras para describir tanta frivolidad, tanta tontería y tanta presunción. Tanto viaje en Falcon apesta, y no precisamente a combustible. Se ve que tenía hambre y sed de poder, pero la voracidad le está empachando, y las mentiras le salen ya por las orejas. ¡Qué cosa tan cínica de hombre! ¡Qué pobreza de espíritu!

Pero mi intención era hablar del escupitajo y quiero ir un poco más allá de la anécdota. El ministro Borrell recibió un escupitajo, del que, según sus propias palabras, no quiso describir su fisonomía. Pero casi nadie de los suyos le cree o, al menos, eso manifiestan en sus ambiguas declaraciones, que si no sé…, que si no lo he visto… La cosa tiene más alcance de lo que parece, no por el salivazo en sí, sino por el rasero empleado para medir, cosa más que indignante. Imaginemos, por un momento, que la ensalivada hubiera sido Carmen Calvo o una de esas podemitas intocables e indemnizables, o cualquiera de las socialistas, istas, istas, istas. ¡Teatro gratis para varios días! Ellas sí hubieran descrito la fisonomía del escupitajo, con todo lujo de detalles, e incluso se hubieran puesto mercromina y una venda para hacerlo más viral. Después, se hubiera convocado una rueda de prensa urgente, seguida de la propuesta de una comisión de investigación, mociones en todos los Ayuntamientos gobernados por la izquierda condenando el escupitajo, proposición de ley para modificar el código penal y que escupir a una mujer [de izquierdas] se castigue con veinte años de cárcel; Carmena volvería a sacar su matraca del gen del maltrato con el que nacen todos los hombres [sobre todo los de derechas], más planes y observatorios de urgencia sobre el machismo y el patriarcado y quién sabe cuántas ocurrencias más. Eso, recalco, en el supuesto de que la escupida perteneciera a la secta de la izquierda, porque vilipendiar a las mujeres de la derecha –y más si son antiprogres— e incluso desear torturarlas hasta hacerles sangrar –Pablo Iglesias a una presentadora de TV—, es perfectamente aceptable porque, además, crispan, y no digamos nada si se les ocurre decir que van a misa.

Nadie ha visto el escupitajo y, por tanto, nadie puede poner la mano en el fuego por el ministro Borrel. Hasta aquí, razonablemente de acuerdo. Pero, ya fuera del ámbito de la política, ¿por qué a cualquier mujer que manifieste haber sido maltratada, sea cierto o no, se la cree sin más, dejando en total desamparo al supuesto maltratador, sin ningún derecho a defensa, privándole incluso de ver a sus hijos? En España, miles de hombres han sido acusados injustamente y han sido condenados a llevar vidas desgraciadas por unos malos tratos que nadie vio, en muchos casos porque nunca existieron. Y pobre del juez que dude, porque le puede caer la del pulpo: las feministas, las femen, las musulmanas, los pablemos, los colaus, los okupas, alguien que pasaba por allí… Con esta presión a los jueces es imposible que las sentencias sobre los supuestos casos de maltrato, físico o psicológico, sean justas. Y los hombres llevan siempre las de perder. Según la ley, son culpables a priori. ¡Menuda!

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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