Durmiendo con el enemigo islamista

Durmiendo con el enemigo islamista

El asunto me produce una amarga melancolía. He estado repasando el comunicado del Departamento de Estado, en el que se alerta a los norteamericanos que viajen a Europa para que permanezcan vigilantes ante la posibilidad de atentados terroristas de Al Qaida, y me he quedado de piedra. No por su importancia, sino por su vacuidad. Habitualmente, cuando los expertos hacen estas cosas, citan un país concreto, dan instrucciones específicas y señalan autores potenciales.

Esta vez, todo son vaguedades. Se aconseja a la ciudadanía que adopte «medidas apropiadas» y se marca como potencial escenario del crimen todo un continente. Como previsibles objetivos de los malvados enumeran las redes de metro, los ferrocarriles, los aviones, los barcos y cualquier infraestructura turística.

He escrito alguna vez que en la guerra contra los alucinados de Alá llevamos las de perder, porque ellos no tienen miedo y nosotros sí; porque dudamos y ellos no lo hacen; porque nos atormentamos buscando explicaciones y ellos lo tienen claro. Ahora descubro que encima no tenemos ni idea de por dónde vienen los tiros ni quién nos los puede dar.

¿No creen que va siendo hora de que las sociedades europeas exijan a las comunidades musulmanes, que habitan y prosperan en su seno, un compromiso mayor? Deslumbrados por los encantos de la corrección política, los dirigentes occidentales parecen incapaces de ver que el peligro vive aquí, entre nosotros. Los criminales del 11-M no vinieron de lejanas montañas, habitaban en nuestros barrios, disfrutaban de nuestras becas, usaban el ambulatorio de la Seguridad Social del barrio y hasta cobraban el paro.

Lo mismo que hacían en Gran Bretaña los facinerosos del 7-J o a lo que se dedicaban los malandrines detenidos en Francia, Alemania e Italia en las últimas horas.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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