F. A. Juan Mata Hernández: «Y la 51 estrella de los EE.UU. será… «

F. A. Juan Mata Hernández: "Y la 51 estrella de los EE.UU. será... "

La singular y enfermiza afición por el dinero del nuevo imperialismo americano, encarnada en ese ridículo empresario que lo representa, ha llevado al mundo a una situación de estrés de la que probablemente no seamos plenamente conscientes. El imprudente y antropológico mal estilo que ha exhibido el presidente Trump durante su visita al Reino Unido, no hace sino confirmar su irresponsabilidad e incoherencia. Los países europeos, socios incondicionales de los Estados Unidos, no dan crédito a lo que están viendo. Trump no sólo amenaza, la relación económica entre los dos bloques más importantes de occidente con sus aranceles, sino que se entromete también en el complejo proceso del bréxit, apoyando sin tapujos la disgregación de la Unión Europea.

No deja de ser chocante que un proyecto pionero del club Bilderberg, que representa a la elite global, como es la Unión Europea, esté siendo torpedeado precisamente por el presidente del estado del que surgen esos líderes. Claro que Trump no sólo no es un miembro al uso de esa clase dirigente, sino que ganó las elecciones sin su apoyo.

¿Pero por qué lo hace?

El populismo Trumpista que le aupó a la presidencia, disfruta con esos regates y gestos para la galería de la América profunda, tan a su estilo irreflexivo; pues no ven más allá que una defensa primaria contra el enemigo que amenace cualquiera de las señas de identidad del viejo imperio americano; no importa que esa competencia pudiera dirigirse hacia su moneda, frente a su economía o contra su influencia global. Y el caso es que en eso tiene razón: el euro ha ido socavando poco a poco la fuerza del dólar como moneda de refugio en el mundo; la economía China crece a múltiplos que doblan a los de EE.UU; y en los foros internacionales ya no se muerde la lengua nadie, ni en ideología ni en política, frente a lo que pudiera opinar el “Emperador”.

Hay quien explica todo eso diciendo que los europeos no entendemos bien el estilo empresarial tan zafio de Trump, porque se limita a buscar, a su manera, aquello del “America First”, sin pararse a pensar en todas sus consecuencias. Pero es bien cierto que nos sitúa frente al riesgo geopolítico más grave desde la II Guerra Mundial. Leíamos estos días, a ese respecto, que un buque de guerra estadounidense ha estado a punto de provocar un choque con un destructor ruso en el Mar de China, obligándolo a un viraje de emergencia para evitar la colisión. Por parodiar la situación diríamos que se asemeja a aquel carácter terco, tan peculiar de nuestro Aragón, con su “chifla, chifla… que si no te apartas tú…”, sólo que no es un burro el que está en la vía del tren, sino un crucero porta misiles frente a un navío de la segunda potencia mundial.

En realidad parece que Trump desconozca cualquier afecto que no le conduzca al logro de sus objetivos, pero sobre todo, en esa competencia suya con China, se olvida de algo esencial: la capacidad para asumir un esfuerzo y la voluntad de trabajar. Como ya destacaba uno de sus líderes empresariales recientemente, China ha sido, y sigue siendo de algún modo, un país pobre, en el que la filosofía de sus gentes se centra en el esfuerzo, la utilidad propia y el servicio a la comunidad; por ello esa política para frenar su impetuoso desarrollo está condenada de antemano al fracaso. La economía China es un modelo de austeridad generosa como norma de vida. Esa cultura ascética del trabajo entendida no sólo como privación de lo superfluo, sino también como reconocedora del valor de las cosas; porque se sabe apreciar el esfuerzo que cuesta conseguirlas y, a diferencia de nuestro vivir occidental, entender que en un mundo donde los bienes son limitados, los que tiene en exceso una persona, de alguna manera se los está quitando a otra. Por eso, la política de Trump está condenada al fracaso. No puede encadenar a 1.400 millones de chinos para que trabajen menos o peor; y tampoco puede obligar al mundo a comprar su “American” sólo porque sea “made in USA”.

¿Y qué decir de su mirada despectiva hacia Europa”

Es un momento peligroso para la Unión Europea, apenas balbuceante y con muchos agujeros en su débil estructura; grietas que provocan los movimientos políticos extremistas como el Ukip de Reino Unido u otros similares en los diferentes países de la Unión. El proyecto europeo corre el riesgo de convertirse en un fiasco desencadenado por el bréxit sin ningún motivo consistente. Y ocurre quizá, porque alguien está poniendo mucho dinero a favor de esa demolición, sin que nadie parezca interesado en contenerla. Guardando las distancias, es un fenómeno similar al que amenaza la integridad de España, por la dejadez política que propicia la disgregación de las regiones nacionalistas. Pero no todo es achacable a esos intentos rupturistas, pues las amenazas comienzan a tener éxito cuando la mayor parte de los problemas no vienen de fuera sino del interior. Si repasan la historia verán que la caída de todos los grandes imperios tuvo siempre origen en la descomposición social que arrastraban en su final.
Trump lo sabe y conoce bien que el Reino Unido es una pieza fundamental de esa Unión Europea que podría equilibrar la geopolítica del mundo. Pero también es, probablemente, el lugar de Europa que más intensamente vive la pérdida de influencia en el tablero geopolítico mundial; y consecuentemente el eslabón más débil. Por eso, cuando se aprecia que allí comienzan a no ver tan clara la ventaja del bréxit, les ofrece ese caramelo, envenenado de un acuerdo comercial preferente. En realidad nada reconfortante, por venir de donde viene, y más conociendo la percha de quien habla. Porque Trump no da puntada sin hilo y no parecería de locos pensar que lo que comienza a tejer es una nueva estrella en su bandera. A fin de cuentas, allí no tendría problemas con el idioma.

Nada nuevo bajo el sol, desde luego, pero no cabe duda de que nos hallamos ante una geopolítica irreflexiva que amenaza severos nubarrones en el corto plazo.

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