VÍctor Entrialgo De Castro: «Curas y monjas separatistas»

VÍctor Entrialgo De Castro: "Curas y monjas separatistas"

Detrás del separatismo siempre están los malos curas y los malos maestros. Los que no han salvado nunca un alma. Los que no han salvado nunca un niño. Cobardes que se atrincheran en el pueblo de Cataluña como religión. Junqueras, Rull, Turull, vienen de curull y no son sino eso, en sus formas, en su aspecto y en sus homilías, curas y monjas independentistas.

Sor Carmen Forcadell, Sor Marta Rovira, o Sor flequilloburro,como tambien lo son mosén Puigdemont o Torra, demagogos sentímentaloides, cursis supremacistas que para ejercitar el derecho a la última palabra en el juicio por su rebelión, no piden siquiera benevolencia del Estado sino que, a pesar de estar muertos de miedo, lanzan un sermón para quedar como los héroes que no son, que no han sido, con lecciones, admoniciones, amenazas sibilinas al Tribunal, al Estado, y al pueblo soberano. Y de paso, nos cuentan su vida, con besos a los niños.

Todos tienen las convicciones muy profundas, como si las nuestras fuesen superficiales, pero Puigdemont y sus secuaces, como Roque Ginart, la Rovira o la flequillo burro anticapitalista, tras proclamar la República y dejar el lio montao, se arremangaron los hábitos y se fueron a Suiza.

A quebrantar el orden constitucional estos místicos lo llaman derecho fundamental y a las urnas traidas llenas de casa, democracia. Hablan ad nauseam desde sus púlpitos de conflicto, diálogo, negociación y pacto, pero sus palabras, polisémicas o ambiguas, no son los hechos y ellos trataron de resolver esta disparidad por su cuenta, tirando por la calle de en medio.

Estos valientes proyectan el dolor propio de la prisión, las consecuencias de sus actos, trayendo a colación el que supuestamente padecen sus hijos pequeños. Amenazan con que sus hijos recogerán su alegado. Pero ¿lo democrático no era votar? Pues entonces debieran dejar a sus hijos pensar el sentido de su voto. ¿O no? Ahora que con el último sermón terminó el juicio. ¿Quien va a a pagar a sus abogados.? ¿Los españoles opresores?

Debieran haberlo pensado antes. Cuando ebrios de sentimentalismo, necedad e ideas baratas, se creían héroes y jerifaltes de la nueva República, cuando causaron dolor, angustia, incertidumbre y daños incalculables a sus conciudadanos catalanes, a Cataluña, a 47 millones de españoles, a La Nación española y al Estado español.

Lo que Ortega llamó «conllevar» no era más que idear la manera de impedir este coñazo. El golpe es una demostración de que con eso no basta. Hacen falta, primero autoridad y luego acercamiento, ayuntamiento y tendressa con la querida Cataluña de siempre.

La solución es sencilla, de acuerdo con las convicciones de los propios místicos rebeldes:

1) Que el Estado organice un referendum que elimine la sobrerrepresentación de tal modo que a Madrid vinieran sólo los diputados que correspondan, cuatro o cinco. ¿No son las urnas, según repiten ellos hasta la saciedad, las que están incluso por encima de la ley?

2) Que el Estado organice otro para ver hasta donde están los españoles de los separatistas.

3) O bien, convocar un referéndum en Albacete para decidir en las urnas «tirar a los dirigentes separatistas al mar», un suponer, imagino que ellos también estarían de acuerdo con su resultado según esa democracia sagrada que predican por encima de la ley de la que hablan en las homilías de sus misas negras.

El derecho a la última palabra en un juicio no es un concierto, con agradecimientos a todos los músicos, no es un espacio para amenazar, no es un insufrible sermón, un recitado de Doña Inés, no es otro coñazo supremacista, otra lección por encima del hombro. Se quejan de que es un juicio político y lo convierten en 12 mítines finales como fin de fiesta, otro atrevimiento más, otro desafio.

Estos monjes catalanistas, que son un insulto a Poblet y a Santas Creus, a Pau Casals, a Albeniz, a Caballé, no están en prisión por sus ideas. Sino por sus hechos. Por haber puesto en vilo a toda una Nación, al pueblo soberano, a esa democracia que tienen todo el día en la boca.

Llaman «mera desobediencia» a «proclamar una República independiente en una Monarquia constitucional». «La urna nunca puede ser una amenaza», repiten con su milonga sentimental. ¡Claro que puede ser una amenaza!. Sobre todo si se lleva de casa llena de votos, como hicieron ellos.

Sus falacias, sus mentiras, sus ambigüedades, las conocemos todos. Se apropian del » pueblo de Cataluña». Ellos son y estaban, como dice el ridículo Preámbulo del Estatuto «Zapatero» casi antes de Atapuerca. Vocación política llaman algunos de ellos a vivir desde los 17 años de los catalanes a los que demagógicamente invocan, cuando con todos los medios a favor no llegan al 50%.

Hablan del principio de legalidad y declararon una revolución.
Primero se sintieron héroes de esa » democracia tramposa» por encima de la ley, y ahora lloran. Hay que pensárselo antes.

Subvertir el orden constitucional no puede hacerse sin violencia de muy diferentes naturalezas y proclamar una República por la espalda ¡es igualmente violencia! Sin contar, por supuesto, con la tragedia histórica que estos curas separatistas y trabucaires, estuvieron a punto de causar.

Nada de esto escribiría si no estimara tanto a Cataluña y a mis queridos amigos catalanes, o en Cataluña, amigos para siempre. Precisamente porque el separatismo pretende, en cierto modo, privarme de ellos.

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