Francisco Javier De Lucas: «El desencanto de la democracia mal entendida»

Francisco Javier De Lucas: "El desencanto de la democracia mal entendida"

La política moderna, esta democracia mal entendida, no deja de ser una aberración. Todos entendemos, al menos los hombres de bien, que la democracia se ejerce en las urnas. Siempre ha sido así, o al menos se creó para que fuera así. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, la política, esta democracia mal entendida, se manipula en los despachos; es decir, se “administra” por medios burocráticos, en el sentido más peyorativo. Cómo hacer entender, pues, a los votantes demócratas que la democracia no se enmascara en una burocracia aberrante por espuria e interesada en el partidismo, y hasta en lo personal de los gobernantes. A la vista está.

Y, repito, es una aberración porque ni ellos mismos ni lo admiten ni lo entienden. Me explico: cuando los unos han ganado en las urnas, los otros han argumentado que tenían que resolverlo en los despachos porque era justamente ese el encargo que les habían encomendado los electores con sus votos; a saber: que negociaran con los partidos a conveniencia dependiendo del rédito que les generase. Y protestaban aquéllos, como es lógico. Sin embargo, cuando los que han ganado han sido los otros, los unos han esgrimido el mismo argumento para arrebatarles el Poder, incomodándose ahora los otros, por la misma lógica, al perder el gobierno aun habiendo ganado en las urnas.

Así no es posible atar cabos de ningún modo, porque sea quien sea el que ganare nos veremos abocados siempre a un enfrentamiento entre partidos conducente a un callejón sin salida que no lleva más que a un estado de agotamiento colectivo en la ciudadanía y a un estado de esquizofrenia en toda la clase política: lo que ayer era de un blanco meridiano, hoy es negro rotundo; dependiendo tan solo de que el beneficiario sea el de enfrente…

No nos engañemos, esto, ni desde el punto de vista léxico ni desde el punto de vista democrático es aceptable. En una democracia gana quien más votos consigue en las urnas. No hay más. Podrán adornarlo como quieran, pero, efectivamente, no deja de ser un sofisma, que en román paladino se llama engañabobos. Sólo hay tres modos de entender el ejercicio del Poder: sustentándolo, ostentándolo o detentándolo. Sólo uno es, además del correcto, el admirable; obviamente el primero, por ser una carga pesada siempre que se ejerza como sacrificio, que lo es, ante los ciudadanos. Es decir, sustentarlo, soportarlo, es asumirlo como lo que realmente es, una carga pesada para quien se presta a gobernar sólo, exclusivamente, en favor de todos los ciudadanos, al margen de ideologías políticas particulares y partidistas. Así es como debe gobernarse desde el Parlamento, proponiendo mediante el diálogo heurístico lo mejor posible para todos, cediendo unos y otros hasta encontrar obligadamente un punto de encuentro que obedezca al sentido de Estado.

Porque, aunque las más de las veces se ostente o detente el Poder; en el uno se exhibe como si de un trofeo se tratara, y en el otro no es más que una usurpación, contra el verdadero dictado y sentido de las urnas, quedando el ciudadano y su voto al albur de las arbitrariedades de los políticos de turno. Todo lo expuesto nos resulta familiar: quien tenga oídos para oír que oiga.
Este negocio se acabaría de una forma sencilla; es presentando con anterioridad a los comicios los grupos políticos con los que se asociarían los partidos aspirantes a ganadores de unas elecciones. De tal modo, no cabría el engaño ni la frustración tras las votaciones, porque cada votante sabría ya lo que le espera antes de depositar su voto en las urnas, sin necesidad de tener que pasar por el amargo trago que supone votar a alguien que después va a ser validado o invalidado en los despachos.

Los últimos acuerdos de gobierno están resultando cuando menos vergonzosos. De tal manera es imposible la gobernabilidad de España, y podemos estar yendo a las urnas, como si fuéramos al supermercado, hasta el agotamiento. Es lo que nos lleva a la diferencia entre considerar los votos como algo sagrado o como papeles mojados. La forma más democrática de valorar a los ciudadanos consiste en hacer, obviamente y lo primero, que gobierne el partido que consiga mayoría absoluta, en primera o segunda vuelta; pero de no conseguirla, debería estar obligado a formar gobierno de coalición con el segundo partido más votado. Lo que significaría formar un gobierno ecléctico. Pero ¿¡es que es tan descabellado lo que es de sentido común!? Claro, eso obligaría a trabajar duro y muy seriamente a todos los partidos políticos, puesto que, ante cualquier propuesta del ejecutivo, o de cualquier otro partido, estarían todos los partidos restantes para apoyar o rechazar dicha propuesta. Me temo que no están por la labor, porque es más fácil el chalaneo y el discurso erístico que el dialogo heurístico convergente. Este tempo es el que debe marcar la historia, un ritmo ágil y benevolente sin parcialidad, y no desbocado hacia la insensatez y el interés de los que gobiernan.

Quién diría que nuestros nuevos políticos hacen esa nueva política que algunos presumen como progresista, empecinándose en no ceder ante una España hacia una deriva insoluble. Sepan Uds. “señores políticos jóvenes que desprecian la vieja política” que no es en los despachos donde muestra la grandeza un político, es en el Parlamento donde se madura, escuchando y reflexionando antes de tomar decisiones de las que todos podamos arrepentirnos. Porque, sepan sus señorías (pardas) que están condenados a entenderse, primero (paradójicamente), por su bien, y, segundo por el bien de todos, dentro del marco de la Ley, ¡por supuesto! Es lo que quiere la inmensa mayoría de los ciudadanos.
Lo demás será silencio…

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