Las frecuencias extremadamente bajas son capaces de influir en el cerebro humano y producir efectos imprevisibles

Operación cambio climático (II). Los chemtrails y el HAARP

Operación cambio climático (II). Los chemtrails y el HAARP

El HAARP tiene varias antenas distribuidas por todo el planeta, que envían frecuencias electromagnéticas a la ionosfera. Oficialmente es “un proyecto científico cuyo objetivo es el estudio de la ionosfera, haciendo hincapié en la comprensión y el uso de la misma para mejorar los sistemas de comunicación y de vigilancia con fines tanto civiles como de defensa”. ¿Defensa de los extraterrestres? No se tome la pregunta a broma. Durante el mandato del presidente Ronald Reagan se puso en marcha la Star Wars, la guerra de las estrellas. En más de una ocasión, el actor vaquero de la Casa Blanca habló de la necesidad de defender la Tierra frente a una invasión alienígena. Recordemos las declaraciones en tándem con Mijaíl Gorbachov sobre la unión frente a enemigos foráneos. También se define el HAARP como una serie de “calentadores ionosféricos”, que calentarían el aire.

La mayor de estas antenas es la de Garona, Alaska, con una potencia de 1GW (gigawatio), operando entre 1 y 15 MHz. El proyecto funciona en conjunto con otros programas, como el brasileño de Modificación de la Ionosfera (BIME) y el Sura (la antigua Gorki), en Rusia, un emplazamiento similar al estadounidense, y casi seis veces más potente [1].

Hace más de un cuarto de siglo que existe constatación de determinadas anomalías coincidentes con el bombardeo de emisiones HAARP. Por ejemplo, cuando se produjeron las inundaciones de 1993 en Alaska, se vieron resplandores encima de las nubes. Cuando los rusos iniciaron la emisión en 1976 de las transmisiones WP, a los pocos días se produjo el terremoto de Tangshan (China), de 7,8 en la escala de Richter. El temblor fue precedido de un resplandor fuerte y la vegetación quedó chamuscada. Unos días antes y durante el terremoto también se registraron fuertes perturbaciones electromagnéticas que interrumpieron las comunicaciones por radio.

El 6 de junio de 1996, coincidiendo con unos días de frío inusual para la época del año, aparecieron en el cielo unas extrañas nubes fijas que no eran arrastradas por el viento, y se achacaron al HAARP por su similitud con otras aparecidas y fotografiadas en Ottawa (Canadá).

Más próximo a nuestros días, los datos siguen apareciendo y transformándose en evidencias cada vez más aceptadas. Los fuegos de California del 2008 fueron debidos a los rayos, nada menos que 8000 en un fin de semana. La explicación oficial a través de las noticias fue, una vez más, el calentamiento global causado por el hombre. Pero la triste realidad y explicación a esto es que las estelas intencionadas han convertido nuestro aire en plasma, es decir, cargado eléctricamente, lo cual ante un pequeño fuego actúa de acelerante.

La NASA nos habla mucho del Sol en la última década. Por un lado están las tormentas solares, de las que sabe poco, y mucho menos, cómo paliar sus consecuencias imprevisibles sobre las comunicaciones. También se nos habla del oscurecimiento solar. La luz del sol, habría descendido un 20 por ciento. Desde la oficialidad no se dice que es debido a los aerosoles expulsados por los aviones; se informa que la causa de esta pérdida de luz son las estelas de los miles de aviones convencionales que surcan nuestros cielos, llevándonos de un lado a otro del planeta. Es decir, el culpable es el pobre ser humano, que no se resiste a usar el progreso en su beneficio.

En un artículo de la investigadora Sofía Smalstorm leemos que deberíamos alegrarnos por el oscurecimiento solar, ya que esto enfriaría la tierra. No obstante, reconoce a continuación que esto no es positivo para la vida de las plantas, que necesitan la energía solar para la fotosíntesis. Por otro lado, nos recuerda que el sol es el fungicida natural más potente; por tanto, un planeta con menos sol estaría mucho más expuesto a los hongos.

La energía que se emite en el HAARP es como altas frecuencias, pero las frecuencias extremadamente bajas (ELF, por sus siglas en inglés) juegan un papel complementario, porque pueden ser reflejadas desde la ionosfera para causar movimientos sísmicos. Varios terremotos devastadores, como el de Haití, se sospecha que han sido provocados.

Pero además –y esto es lo más preocupante— las ELF son capaces de influir en el cerebro humano y producir efectos imprevisibles. Sobre esto existe abundante bibliografía publicada. En un congreso celebrado en Costa Rica, en el año 1985, sobre los misterios del hombre y la ciencia, estuvimos con Andrija Puharich –un científico muy interesante y vanguardista, candidato al Nobel de Física—que hablaba de las ELF. Él llevaba un dispositivo de su invención, en forma de pulsera, que consistía en un sistema de campos electromagnéticos rotatorios, que distorsionaban las nocivas ondas dirigidas al cerebro.

Chemtrails: lo que son y lo que no son

Hace ya unos cuantos años que se habla de los chemtrails, abreviatura de “chemical trails”, es decir, estelas químicas. Se trata de estos rastros que se ven cada vez más a menudo en los cielos de todo el mundo, a los que solemos dar interpretaciones lógicas sobre lo que conocemos. En efecto, estas estelas en el cielo pueden deberse a: nubes tipo cirros, aviones civiles o militares, aviones fumigadores, aeronaves de publicidad, de festivales aéreos, o aviones para disipar las nubes, empleando el nitrato de plata.

Es cierto que una estela en el cielo puede tener uno de estos orígenes. Sin embargo, estamos hablando de otra cosa. Hablamos de una trama contra la humanidad para satisfacer unos intereses ocultos —aunque cada vez más visibles— y siniestros, a los cuales la mayoría de los ciudadanos permanecen ajenos.

La primera noticia sobre estelas químicas apareció en 1921 en un periódico de Estados Unidos. Si llamó la atención en esa fecha es porque algo anómalo había en ella. Sin embargo, es hace dos décadas cuando nuestros cielos empezaron a aparecer con extrañas cuadrículas, como si fuera el resultado de un “baile” de aviones entrecruzándose en diferentes direcciones. Este hecho pasaba prácticamente inadvertido, porque se creía que eran producidas por los aviones comerciales. Es cierto que las aeronaves, en determinadas condiciones, forman estelas de vapor de agua, que se conocen como estelas de condensación, pero son menos frecuentes de lo que se cree.

Expertos en este tema nos dicen que, algunas veces, las estelas persistentes se ensanchan poco a poco para dar lugar a “nubes blancas translúcidas, largas y aplastadas”; otras se transforman en una especie de cirros aplastados y, en ocasiones, adquieren la apariencia de cirros con filamentos colgando o, simplemente, se difuminan “blanqueando el azul del cielo”, dejando a la vista una especie de polvillo visible a simple vista.

Las nubes naturales suelen tener tres dimensiones, en lugar de dos, y más volumen. Suelen ser blancas y grises; las que anuncian agua acostumbran a tener un color gris más oscuro.

Hacia 1996, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos fue acusada de fumigar a su población con sustancias extrañas. A muchos, conociendo las prácticas con el tóxico agente naranja, fabricado por Monsanto y rociado en Vietnam, tras haber hecho ensayos en la reserva natural del Yunque en Puerto Rico, esto no les extrañó. Por ese tiempo, empezaron a verse aviones raros volando a diferentes alturas, pero todos tenían algo en común, y de ello se dieron cuenta enseguida los campesinos, que esperaban la lluvia para sus campos. Cuando aparecían las aeronaves, las nubes anunciadoras de la tormenta y la lluvia desaparecían como por arte de magia. Y así, una y otra vez. Empezaron entonces las primeras denuncias e investigaciones. Pero los resultados siempre eran negativos. El dictamen era que no había aviones robadores de nubes, sino paranoias de personas con escasa cultura.

Las sospechas de los primeros años de los agricultores afectados y los curiosos que miraban el cielo se fueron transformando en evidencias. En la actualidad, se tienen muchos más datos, gracias a las investigaciones de personas cualificadas y dispuestas a defender a la humanidad, aun a costa de sus profesiones y de sus vidas.

Y aquí entramos de lleno en la geoingeniería, que se define como “un conjunto de tecnologías que permiten la modificación artificial de los fenómenos meteorológicos para hacer el planeta más habitable y mejorar las condiciones para la vida de los seres humanos y los ecosistemas en general”. Atendiendo a la definición, la idea de que se esté trabajando en este campo es, a todas luces, positiva. Pero vamos a ver cómo se le da la vuelta.

Lo que hasta hace muy poco eran simples sospechas de campesinos y conspiranoicos, que veían “avionetas fantasma” que no existían, hoy ya se ha reconocido públicamente, aunque de manera velada, por lo cual la gran mayoría aún no se ha enterado. ¿Pero se ha reconocido que esas estelas químicas están perjudicando la salud de los humanos y su hábitat con el resto de criaturas? Ni mucho menos. No solo no se ha reconocido, sino que se ha presentado como la gran solución a un gran problema. Sin embargo, el problema en cuestión, del que hablaremos enseguida, no existe; fue creado para llevar a cabo un proyecto macabro de dominio del mundo y conseguir otros efectos aún más perniciosos. Este es el meollo de todo, y lo iremos viendo en esta serie de artículos. Pero vayamos por partes, y preparémonos para más de una sorpresa. (Continuaremos hablando de la “Operación cambio climático”).


[1] En 1999, el Parlamento europeo advirtió de los grandes peligros de estos programas. En el 2002, el Parlamento ruso afirmó que Estados Unidos buscaba dispositivos capaces de utilizar la troposfera como agente destructor.

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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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