Al Gore fue para muchos una especie de santón verde, cuyas palabras eran irrebatibles, hasta que se le fueron descubriendo muchas tropelías, entre ellas, sus negocios millonarios a costa del clima

Operación cambio climático (VIII). Algunos personajes más que sospechosos

Operación cambio climático (VIII). Algunos personajes más que sospechosos

Poco a poco, por todos los rincones empezaron a aparecer “ecolojetas” portadores de palabras y actitudes rimbombantes, cuyo objetivo era vivir a costa del clima. Entre estos personajes cabe citar al neomaltusiano, Maurice Strong, coautor de la Carta de la Tierra, que trabajó para el Estado de Canadá; un corrupto caradura de los que hacen época.

Strong, que había conseguido que los anglosajones lo nombrasen presidente de la Federación Mundial de Asociaciones de las Naciones Unidas (WFUNA, por sus siglas en inglés), propició la Cumbre de Río de Janeiro de 1992, contando con la ayuda de su íntimo amigo, Jim MacNeill, director de Medio Ambiente en la OCDE y miembro de la Comisión Trilateral, fundada por David Rockefeller y Zbignew Brzezinski. ¡Dios los cría, y ellos se juntan!

Curiosamente, a todos estos personajes, que forman parte de organismos internacionales que inspiran respeto, los vemos inmiscuidos en casi todas las conspiraciones contra la humanidad. Son lobos disfrazados de corderos que nunca buscan el bien común, sino satisfacer sus propios intereses personales, económicos y políticos.

Con un golpe de doble efecto, Maurice Strong consigue contentar a los grupos ecologistas, con múltiples atenciones haciéndoles sentirse importantes en la nueva estrategia global, pero reservándose lo más jugoso y lucrativo para las transnacionales, cosa que sustancia nombrando como consejero principal para la preparación del evento al multimillonario suizo, Stephan Schmidheiny, otro ser corrupto y despreciable que es jaleado por los progres del mundo como un filántropo de la ecología. Según algunas fuentes, amasó su fortuna a través de la empresa de materiales de construcción Eternit, y fue acusado en los tribunales a consecuencia de una investigación del Fiscal General de Turín por ser el mayor contaminador del mundo, nada menos que de amianto, una sustancia altamente cancerígena, prohibida en la mayoría de los países desarrollados [1].

Según manifiesta el intelectual y fundador del grupo Voltaire, Thierry Maysan, Maurice Strong y el vendedor de armas saudita, Adnan Kashogui, compran el valle de Saint Louis en Colorado. Después crea la Fundación Manitou con su mujer Hanna –la cual se creía la reencarnación de una sacertotisa hindú—, y el Baca Ranch de Crestone, una especie de reserva multicultural con cabida para las diferentes religiones, donde existían templos budistas, cristianos, judíos, brujos, chamanes y todo el componente espiritual de la New Age.

En realidad, la pretensión era diluir la religión cristiana y que el personaje de Jesús de Nazaret quedase relegado a la altura de cualquiera de los santones que pululan por el mundo. Eso pretendía Gates I, el masonazo abuelo de Bill Gates, cuando militaba en la Sociedad Humanista, fundada en 1939. Como es natural, no nos asombra que personalidades del Instituto Aspen, como Rockefeller o Kissinger fueran al Baca Ranch a meditar. (Laurence Rockefeller donó 100 millones de dólares para la causa). El fin de la era de Piscis y el comienzo de la de Acuario era una idea que se estaba integrando en el imaginario colectivo, y la cultura de la New Age era imparable.

Por esos años se acuñaron términos, se elaboraron teorías, proliferaron sectas de todo tipo y creencia, y se configuró la nueva religión laicista del culto a Gaia, como ser vivo que siente, del cual los seres humanos seríamos parásitos que hay que erradicar, porque sobramos. De ahí su defensa del control de la natalidad y el eslogan, propio de psicópatas, “cuantos menos seamos, mejor”. Los que sobran son todos los “ecolojetas” que adoran al sol y a las fuentes, pero que adolecen de empatía con sus semejantes. Así son los ritos y los dogmas de la nueva religión ambientalista, financiada por todos los millonarios del planeta.

El creador de la teoría de Gaia es el científico James Lovelock, inventor del detector de captura de electrones, otro de los adalides de la cultura del cambio climático, pero no tan atravesado como los anteriores.

En la Cumbre de Río, los debates fueron movidos y se aportaron muchas propuestas. La llamada Declaración de Río es un acuerdo entre Estados, y entre otras propuestas establece el principio de precaución: “… la ausencia de certeza científica absoluta no debe servir de pretexto para posponer la adopción de medidas efectivas tendentes a prevenir el deterioro del medio ambiente”.

Dejan sentado que los peores males que amenazan a nuestro planeta son la ignorancia y la opresión, y no la ciencia, la tecnología y la industria, que debidamente utilizadas son herramientas que permitirán a la humanidad acabar con males como el hambre y la sobrepoblación. Curiosamente, en el punto de controlar la población coinciden las transnacionales y los ecologistas, aunque con enfoques ligeramente distintos.

Se reconoce asimismo el derecho de las generaciones futuras al desarrollo sostenible, para lo cual el crecimiento no debe ser a costa del deterioro del medio ambiente, y se propone acortar las distancias entre países del Norte y del Sur. Estos principios se concretan en el llamado Programa xxi, donde se ven claramente las manos de Estados Unidos e Israel, que lograron que se eliminase cualquier alusión a los habitantes de países en conflicto. La guerra queda excluida de los factores que interfieren en el desarrollo y deterioran el medio ambiente.

Al final de la cumbre, los manipulados ecologistas de verdad se iban con la sensación de que habían puesto a raya a las transnacionales. Mientras tanto, estas se frotaban las manos porque sus intereses iban a ser defendidos por sus enemigos más cercanos. Una vez más, el sistema se las había arreglado para ganar. Ocurre como en los casinos: la banca nunca pierde.

¿Pero qué había ocurrido? La respuesta, aunque enrevesada, es a la vez sencilla, y deja al descubierto las maniobras que tienen lugar tras bambalinas. Las transnacionales temían la promulgación de normativas rígidas que atentasen contra sus intereses y cuestionasen sus prácticas, cosa que resolvieron cabildeando para apartar cualquier idea contraria y promover la globalización económica.

Para este trabajo sucio, Strong y Schmidheiny contrataron a una empresa de relaciones públicas, la Burson-Marsteller, cuyo presidente, Harold Burson, era experto en identificar a sectores de la población a los que desactivaba agrupándolos en asociaciones para usarlos en la defensa de sus clientes, ignorando que estaban siendo manipulados. Esta estrategia la había utilizado en el pasado creando asociaciones de enfermos “para facilitar el acceso a los medicamentos que fabricaban sus clientes”.

Con todo este bagaje, Burson no tuvo dificultad en darle a la Cumbre una apariencia de legitimidad popular, cuando en realidad las decisiones ya estaban tomadas, en secreto y al más alto nivel, por un sindicato de transnacionales. Es decir, todo estaba pactado de antemano, pero no sería la última vez. A partir de ahí, todas las cumbres y encuentros internacionales estuvieron dirigidos desde la sombra, empleando esta estrategia de manipulación.

Hay que decir que con el negocio del clima y otras dudosas actividades, Maurice Strong, que nunca ha dado puntada sin hilo, se ha hecho multimillonario, igual que tantos otros. Como dato curioso, en el 2004, siendo Secretario General adjunto de la ONU inauguró la Iglesia de la Cienciología de Nueva York. (Continuaremos hablando sobre la Operación cambio climático).

A partir de 1995, las conferencias sobre el cambio climático se hicieron cada vez más frecuentes. El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático y la Organización Meteorológica Mundial, partiendo de las conclusiones de Río, continuaron elaborando informes, muchas veces contradictorios. Si en uno de ellos se dice claramente que “se considera poco probable un aumento del efecto invernadero en las próximas décadas”, en otro se habla de una “influencia detectable de la actividad humana en el clima planetario”.

Así, en el Protocolo de la conferencia de Kioto de1997, los estados firmantes, regidos por el principio de precaución de Río, se comprometen a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero, principalmente las de CO2. Pero aquí viene, una vez más, la ley y la trampa. Cada país recibe una autorización con un cupo de emisión de gases. Hasta aquí, bien. Pero los Estados en vías de desarrollo tienen que reconvertir sus industrias y hacerlas funcionar con energías más limpias, para lo cual necesitan financiación. Esto lo resuelven creando el Fondo de Adaptación, administrado por el Banco Mundial, y se les autoriza a que puedan vender los volúmenes no consumidos a los países industrializados. Es decir, los pobres venden su pobreza a los despilfarradores.

El encargado de redactar los estatutos de la Bolsa Mundial de Derechos de Emisión de gases de efecto invernadero es un abogado de la Fundación Joyce, llamado Barack Obama. Aún faltaban unos cuantos años para que saliese elegido presidente, el presidente más progre de la historia de Estados Unidos, el primero que vulnera el código WASP. Pero una cosa es firmar para salir en la foto “verde” y otra muy distinta es cumplir con lo acordado. Bill Clinton instruyó a los parlamentarios demócratas para que el acuerdo no fuese ratificado en el Congreso. Y así fue: el acuerdo fue rechazado por unanimidad.

No hay que olvidar que el vicepresidente, a la sazón, era Al Gore, otro personaje al que se le puede considerar sin temor a caer en la desmesura, el máximo vividor del medioambientalismo de todos los tiempos, “ecolojeta” y engañador de mentes incautas. Él fue el inventor del bulo “efecto 2000”, aquel mensaje tan sinsentido que nos tuvo en ascuas hasta que sonó la última campanada de 1999 y las agujas marcaban el nuevo año. Los ordenadores no desencadenaron ninguna catástrofe, pero seguro que algunos ganaron dinero con ello. Hay que reconocer que, durante un tiempo, Al Gore fue para muchos una especie de santón verde, cuyas palabras eran irrebatibles, hasta que se le fueron descubriendo tropelías, entre ellas, que hacía negocios millonarios a costa del clima. Como ejemplo, él y David Blood, exdirector del banco Goldman Sachs, valiéndose de sus influencias, consiguieron inversionistas y crearon en Londres una empresa ecologista de inversiones, de nombre Generation Insvestment Management (GIM).

Durante el periodo de ratificación de Kioto fueron creadas múltiples empresas, organizaciones, comités y holdings que hicieron millonarios a muchos. No vamos a entrar en los detalles porque, además, por ser más cercano a nuestros días, es mucho más conocido. Así que solo esquematizaremos.

En Johannesburgo se trataron temas precisos, como el acceso al agua y a la salud, a las fuentes de energía, a la agricultura ecológica y a la diversidad de especies animales. Jacques Chirac lanzó un discurso de corte predicador aludiendo a la naturaleza mutilada y sobreexplotada, y a la humanidad sufriente.

Al Gore había sido designado consejero especial de la corona de Inglaterra, promotora del documental An Inconvenient Truth (Una verdad incómoda), presentado en el festival de cine de Cannes en el 2006, rodeado de una propaganda inusual. El éxito del film fue tal, que un año después Al Gore fue galardonado con el desprestigiado Premio Nobel de la Paz.

Con la película se hizo una desmedida propaganda previa a la conferencia de Copenhague. La propaganda estaba dirigida por Inglaterra y Estados Unidos, que pretendían hacer de esta reunión una especie de aperitivo para la Conferencia de la Tierra del 2012, donde se revisarían los acuerdos de Kioto. Lo que se pretendía en Copenhague era conseguir que los europeos quedasen achocados y muertos de miedo ante las evidencias que presentaba el documental de Al Gore, y redujeran voluntariamente las emisiones de CO2. No por el bien del planeta, sino porque así las dos grandes naciones podrían contaminar más, comprando cupos de emisiones. (A día de hoy, Estados Unidos es después de China, el país que más emisiones de efecto invernadero emite a la atmósfera).

La Conferencia, de la que fueron excluidas las asociaciones ecologistas, era una reunión política, como todas, pero en esta iba a surtir un gran efecto el bombardeo mediático de corte apocalíptico.

 

NOTAS:

 

[1] Schmidheiny contaminó a sabiendas o permitió la contaminación de la ciudad de Casale, donde estaban ubicadas las fábricas de su empresa, y eso provocó 2.900 muertos y 3.000 afectados.

 

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI

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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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