PROFESIONALES DE LA SALUD AUGURAN OLEADAS DE SUICIDIOS DE LOS NIÑOS TRANSGÉNERO SOMETIDOS A AGRESIVOS TRATAMIENTOS HORMONALES

El trágico experimento de género del doctor Money que acabó en suicidio

Los llamados niños transgénero son sometidos a tratamientos hormonales muy agresivos para sus edades. Así opinan muchos profesionales de la salud, quienes auguran oleadas de suicidios en un futuro no muy lejano. El médico endocrino infantil, Quentin Van Meter, considera que las operaciones de cambio de sexo se están haciendo muy a la ligera, sin prever las consecuencias, y nos recuerda el experimento de género con los gemelos Reimer, que acabó en un considerable drama que la ciencia oculta

El trágico experimento de género del doctor Money que acabó en suicidio

A mediados del siglo pasado, surge en Estados Unidos el concepto género, no como una cuestión política, como es considerado en la actualidad, sino como un tema de estudio en los ambientes médicos y psiquiátricos. El psiquiatra y psicoanalista, Robert Stoller, utiliza la expresión “gender identity” al estudiar a los transexuales que rechazan el sexo con el que han nacido. John Money, psicólogo y sexólogo del Hospital Hopkins de Baltimore, experto en tratar hermafroditas, plantea la teoría de los “gender roles”, es decir, establece que en algunas personas el sexo cromosómico no corresponde al sexo anatómico. Es entonces cuando brota entre los profesionales la idea de que en la clasificación sexuada de los seres humanos había que tener en cuenta los elementos culturales y la educación. El experimento de género llevado a cabo con los gemelos Bruce y Brian Reimer desmonta la teoría del constructo social. Por eso los partidarios de esta ideología totalitaria evitan su divulgación.

Bruce y Brian eran dos hermanos gemelos, nacidos de un parto normal, el 22 de agosto de 1965, en Winnipeg, Canadá. Al cumplir  los siete meses se les practicó una circuncisión, pero una negligencia médica al emplear un nuevo método, consistente en la utilización de una aguja cauterizadora eléctrica, hizo que el pene de Bruce se quemara, dejándolo totalmente destruido. Sus padres, Janet y Ron, quedaron destrozados. En aquellos años, la cirugía plástica aún no estaba muy avanzada.

La respuesta llegó un día viendo la televisión. Estaban entrevistando a un psicólogo/sexólogo muy conocido por sus teorías sobre el género, que hablaba de cirugía para cambiar de sexo. Era el neozelandés John Money, del hospital John Hopkins de Baltimore. Unos días antes, había sido noticia que en dicho hospital iban a hacer intervenciones de cambio de sexo. Aparte de ser muy carismático, el doctor iba acompañado de una chica rubia, muy femenina, que había nacido hombre, al que él había transformado en una bella y feliz mujer. Al ver esto, Janet pensó que ya tenían la solución al problema de Bruce. Buscando lo mejor para su felicidad, se pusieron en contacto con Money. Para estos maestros de la ingeniería social, la condición sexual no es innata, sino que es asignada mediante la educación en los primeros años de vida.

El psicólogo trataba casos de hermafroditismo y, en general, a personas con anomalías sexuales congénitas. Nunca se le había presentado un caso para experimentar y poner en práctica su teoría sobre el género. A los desesperados padres les dijo que si empezaban a tratar a Bruce, como a una niña, este se convertiría en una mujer feliz, y lo librarían de sufrir el resto de su vida como un hombre sin pene. Los padres estuvieron de acuerdo y, con la mejor intención, dejaron que el frankenstein de su hijo actuara. Además, podría utilizar como sujeto de control a su hermano Brian, con la misma carga genética, que sería tratado como chico. Hay que ser muy fanático y atrevido para emprender algo tan delicado, con tan pocas posibilidades de éxito.

El 3 de julio de 1967 –aún no había cumplido los dos años—, los médicos sometieron a Bruce a una castración quirúrgica en la cual le retiraron los testículos y le construyeron una vagina. Así, el niño Bruce se convirtió en una niña llamada Brenda y en la cobaya del doctor Money.

A los padres les fueron dadas órdenes precisas de no contarle nunca la verdad, porque si no el experimento fracasaría. Pero las cosas no resultaron nada fáciles, y a medida que los niños fueron creciendo, la situación se fue complicando.

Los gemelos acudían cada año a la consulta para una revisión. En algunas ocasiones, estaban presentes los padres; en otras, el doctor se quedaba solo con los niños. En el documental sobre la reconstrucción del caso, aparecen algunas sesiones del psicólogo con la niña, en las que se muestra agresivo cuando ella no responde como él espera. Quiere que su teoría cuadre, aun a costa de acosarla. En la actualidad, hubiera ido a la cárcel, o tratándose de un tema de género, quizá no.

La infancia de Brenda no era feliz; sus compañeros se burlaban de ella y nunca quiso aceptar ni sus juguetes ni sus vestidos. Las niñas la marginaban porque era demasiado masculina y siempre quería jugar a juegos de niños, y los chicos tampoco la admitían. Pero el doctor hacía caso omiso de estos detalles que le contaban los padres sobre el comportamiento de Brenda. Muy al contrario, cuando los hermanos tenían nueve años, declaró que el experimento estaba siendo un éxito, motivo por el cual empezó a ser considerado por sus colegas como un genio.

En los años 90, su madre le contó al periodista John Colapinto[1], que la primera vez que había intentado ponerle un vestido a Brenda, esta intentó quitárselo. Recuerda que pensó: “Dios mío, sabe que es un chico y no quiere que le ponga vestidos de chica”. Pero eran muchas cosas. Siempre quería orinar de pié, y cuando su hermano Brian jugaba a afeitarse con su padre, Brenda también quería jugar. Entonces le decían que se fuera con su madre y ella lloraba. No entendía que ella no pudiera afeitarse también. Ante esto, no queda más remedio que preguntar a las feministas de género y demás ideólogos, ¿¡qué pasó con el constructo social mientras Brenda crecía y estaba siendo dirigida como niño!?

Aunque Brian veía a Brenda como su hermana, ella nunca se sintió como una niña. Sus palabras no dejan lugar a dudas: “Siempre jugaba con mis juguetes, mientras que los suyos, como una lavadora o una cocinita, solo los usaba para sentarse. […] Si le regalaban una comba, para lo único que la usaba era para atar a la gente o para azotarla como si fuera un látigo. Nunca utilizó los juguetes como lo que eran”.

A pesar de que el proceso iba mal y que la niña Brenda no era feliz, cinco años después, John Money publicó un libro sobre el caso, bajo el título Man & Woman. Boy & Girl. El libro es una total mentira. Aseguraba, por ejemplo, que tras haber enfatizado en el uso de la ropa femenina, Brenda ya tenía una clara preferencia por los vestidos, que se sentía muy orgullosa de su pelo largo y que por Navidad había pedido una casa de muñecas y un cochecito para pasearlas. Nada de esto era cierto, pero Money cantaba victoria, porque tenía que demostrar que la orientación de género se había impuesto. A su teoría se le llamó “Teoría de la neutralidad del género” y demostraba que la crianza es más importante que la naturaleza. Una total falacia. Nada que ver con las experiencias vividas por la propia Brenda y sus padres y hermano.

Cuando Brenda llegó a la adolescencia, el psicólogo Money le propuso someterse a otra intervención, pero ella se opuso. La niña tomaba estrógenos, sufría depresión y había intentado suicidarse. Al verla tan desgraciada, sus padres decidieron contarle su historia. Entonces Brenda quiso recuperar su auténtica naturaleza y volver a ser chico. Eligió como nombre David, en honor al personaje bíblico que luchó contra el gigante Goliat. Se sometió a una faloplastia y se quitó los pechos, que le habían crecido gracias a las hormonas.

Ya como David y con sus genitales reconstruidos vivió una etapa algo más feliz que la anterior, pero las heridas eran demasiado traumáticas y nunca lograría superarlas. Aun así, cuando tenía 23 años contrajo matrimonio con una mujer, madre tres niños. Pero ni él ni su familia consiguieron la estabilidad. Su madre vivía en una depresión constante, que requería hospitalizaciones continuas, y su padre se hizo alcohólico. Su hermano gemelo, Brian, abandonó sus estudios y cuando tenía 36 años se suicidó, tras haberlo intentado en varias ocasiones.

Después de varios años de matrimonio, David y su mujer se divorciaron, y unos años después, en el 2004, acabó suicidándose, cuando contaba 38 años.

El caso se había mantenido oculto hasta que en 1997, el doctor Milton Diamond, de la Universidad de Hawái, convenció a David de que contar su caso ayudaría a que ningún otro niño se viera jamás en la situación que él había vivido. Esta es la conclusión del médico: “Si todos estos esfuerzos médicos, quirúrgicos y sociales combinados no tuvieron éxito en hacer que este niño aceptara una identidad de género femenina, tal vez tengamos que pensar que hay algo importante en la constitución biológica del individuo”. Otro cirujano plástico, el doctor Lapper, dice al respecto: “No hay nada reversible en la cirugía genital: es una mutilación permanente e irreversible de la persona humana. Y no hay otra palabra para ello”.

MENTIRA “CIENTÍFICA” NUNCA RECTIFICADA

El doctor Money nunca se retractó ni rectificó públicamente, lo cual es muy grave y nada ético. Su experimento no solo fue un fracaso, que echa por tierra los postulados del constructo social sobre el sexo, sino que es responsable de las desgraciadas vidas de la familia Reimer, y de los suicidios de Bruce y Brian. ¿No piensa la comunidad científica pedir responsabilidades a quien corresponda? Por el momento no lo han hecho, y lo que es peor, su estudio sigue siendo citado por la comunidad médica en general, como una “transición de género” exitosa.

El doctor Lapper dice que “estamos hablando de la persona humana como una unidad de espíritu y forma, que hay una integridad en la masculinidad y feminidad con la que estamos hechos”. Y añade que “los nervios conectados a una vagina siempre se registrarán en el cerebro como una vagina, incluso si ahora son parte de un pene construido quirúrgicamente, y viceversa […] porque el cerebro siempre registra los nervios genitales como procedentes de su órgano de origen”. Aunque el doctor Money nunca se retractó, los interesados en la ideología de género sabían que el experimento había sido un fracaso.

Sin embargo, en los años 70, el concepto género, completamente distorsionado y caricaturizado, será recuperado por las feministas radicales como una estrategia de lucha política de clases, globalizada e implantada a través de la ONU. Es el comienzo de la ingeniería social. El periodista y escritor, Jean-Claude Guillebaud, afirma que los estudios de género “son solo una nebulosa de investigaciones, que se llevan a cabo desde hace unos treinta años y en la cual coexisten corrientes muy diferentes, desde las más moderadas hasta el extremismo insensato de algunos grupúsculos de lesbianas”.

Marguerite Peeters da en el clavo respondiendo a estas preguntas: ¿De qué modo, cuando se es minoría, se puede imponer una teoría falsa, científicamente errada, infundada, a una mayoría en un país? Respuesta: pasando por las instituciones internacionales. “El gender, fruto de elucubraciones improbables de pensadores franceses y norteamericanos se ha transformado en norma política y cultural mundial”, asegura.

Como hemos dicho en repetidas ocasiones, el bombardeo es global; no importa que hablemos de España, de Argentina, de Suecia o incluso de países en vías de desarrollo. El género, es decir, la desaparición de la polaridad sexual es una cuestión prioritaria. Por eso, cada día aparece una nueva propuesta o normativa descabellada. Así, en los colegios está expresamente prohibido hacer cualquier referencia a lo masculino y a lo femenino, como elementos diferenciadores. Todo lo relacionado con el género está por encima de la ley misma. Es uno de los nuevos sacramentos del laicismo radical.

NOTAS:

[1] John Colapinto es autor del libro sobre el caso, titulado Tal como la naturaleza lo hizo.

 

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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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