Jordi Rosiñol Lorenzo: «El burro despanzurrado»

Jordi Rosiñol Lorenzo: "El burro despanzurrado"

Apaleándolo, bajan el burro desde la “tractoria”, durante años como si del famoso “caga Tió” navideño se tratara, unos pocos dirigentes endiosados desde orígenes burgueses, codiciosos no quieren perder sus prebendas, quieren seguir afanando a manos llenas, necesitan esconder lo robado, y, sobre todo, que nadie meta las narices en el negocio existente tras el escaparate del supuesto “seny catalá”. Varean al asno a lo largo del camino, treinta años rebuznando relatos épico-victimistas, y alzando zanahorias de un supuesto mundo mejor que nos espera, un país de las maravillas donde cada día podremos tomar postre. Una sociedad clasista, que renunciaba a la histórica superioridad étnica con el fin de sumar adeptos al viaje a “Ítaca”, por primera vez se daba cabida social a generaciones menospreciadas por sus orígenes en otros sitios de España, estos acomplejados piensan, ¡ya nos dejan ser catalanes! pero, para ello, debéis seguirnos con fe ciega el compás del flabiol y el tamboril que amenizan el periplo.

El burro suda después de labrar el campo, abonarlo, y regarlo pródigamente a través dela compra ingente de medios de comunicación. El burro huele de tanto adoctrinar a las nuevas generaciones, El burro jadea de tanto espacio público y tejido social a ocupar, los resistentes al roznar, al sentirse señalado en el mejor de los casos, o acosado directamente por sus propios vecinos (o te incorporas por tu propia voluntad o quedarás excluido de la nueva sociedad que estamos tejiendo) en silencio intentan no significarse. Con esos mimbres, del vientre del burro van pariendo ciudadanos uniformados de camiseta, estelada, y doctrina asumida hasta los tuétanos, indiscutidos e indiscutibles, asentados en la verdad absoluta inoculada del decimonónico sentimiento nacional.

Y de mientras el estado mira hacia otro lado, el estado abandonó Cataluña a la suerte del burro hace tiempo, el estado ni ha estado, ni está, ni se le espera. Así en libertad de acción y disposición, las instituciones regionales suman cada día más “borricos” siguiendo las notas emitidas por los flautistas huidos, encarcelados y en activo los del culo apretado, y el gaznate embriagado de aromas de Montserrat y Ratafia, en el fulgor son capaces de formar una cadena humana, una V, de dibujar letras en el suelo, o hacer vigilias entorchadas en las puertas de cualquiera de las prisiones de turno, y otras muchas más performances de ridículo extremo, que intento borrar de la memoria por un sentimiento de vergüenza ajena.

El burro no da más de sí y, aún se resiste a cerrar los ojos. El burro tumbado en la plaza San Jaime yace despanzurrado, moribundo observa el surrealismo macabro que ha dejado tras su longeva vida. Un ojo contra el suelo, el otro sin brillo, y el vientre esturreado sobre los adoquines, apesta, está en descomposición, como diría Dalí, está putrefacto. A estas alturas ya muchos recogen velas, cobardes putrefactos, otros vuelven a casa sin entender que ha pasado, el despertar del independentista zombi está putrefacto, otros intentan escapar de las responsabilidades dando explicaciones peregrinas, caraduras que están putrefactos. Muchos de los que supuestamente lucharon por “ideales”, que se abrigaron con la capa del constitucionalismo ya escamparon, patriotas putrefactos, que después de discursos vacíos de compromiso común, y cargados de marketing político, vociferaban en atalayas seguras y bien regadas desde la cadena de poder que abría, y cerraba el grifo de la intensidad en función de intereses que nada tenían que ver con el sufrimiento de la inmensa mayoría de la población afectada, que, por cierto, allí siguen, varios millones de olvidados, es putrefacto.

Y ahora, en los coletazos del “pruses”, con las vísceras pudriéndose, y el olor hediondoen el ambiente, solo quedan una bandada de moscas verdes brillan y revolotean sin sentido, están fuera de sí, cuerpos duros chocan entre sí, inflamados de entrañas y borrachos de sangre corrompida, zumban inconscientes sobre tripas, zumban sorbiendo intestinos podridos, zumban putrefactas, solo se oye su zumbido en el silencio del flabiol y el tamboril. La música calló por fin, y los ciudadanos desengañados desfilan delante de burro despanzurrado, unos lo miran horrorizados, y otros giran la cabeza espantados, y espantando a manotazos a las moscas pringadas de putrefacción que se posan sobre su cara, todo este proceso ha sido putrefacto.

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