Pedro Rizo: » 2 de noviembre, Día de Difuntos»

Pedro Rizo: " 2 de noviembre, Día de Difuntos"

En un ingenioso cuento que me llega de allende el Atlántico, dos fetos gemelos ya próximos a ver la luz discuten sobre el inminente trance de dejar el vientre materno. Su discusión me parece un buen arranque para el Día de Difuntos…

La conversación comienza cuando el hermano descreído (D) pregunta a su gemelo (G):
– ¿Tú crees que habrá vida después de que dejemos ésta de aquí?
Y su hermano le responde:
– Por supuesto, ¿qué te crees tú? Nuestra vida aquí está pensada sólo para que nos preparemos para la vida de después del nacimiento. Para que seamos lo suficientemente fuertes ante lo que nos encontremos.

D.-: Mira, me parece una tontería. ¿Cómo puede uno imaginarse una vida fuera de aquí.

G.-: Tampoco yo lo sé. Pero -con énfasis de convencido- tiene que ser mucho más interesante. ¡A lo mejor vamos andando de un sitio a otro y comemos con la boca!
D.-: ¡Anda ya! ¡Comer con la boca! ¡Qué idea tan absurda! Para alimentarnos tenemos ya el cordón umbilical. ¿Y cómo vamos a andar de un lado para otro si no sabemos ni en qué consiste el andar?
G.-: Pero, tal vez todo esté previsto aunque sea diferente que aquí.
D.-: Mira, eres muy iluso. Todavía nadie que saliera de esta situación ha vuelto para explicárnoslo. Fuera de aquí no hay vida. ¡Al salir desapareceremos!
G.-: En verdad yo tampoco sé imaginarme una vida después del nacimiento. Pero intuyo que entonces veremos a nuestra madre.
D.-: ¡¡Quéeee…!! ¿Tú te crees eso de que tenemos madre? Entonces hazme el favor: ¿dónde está?
G.-: Bueno, aquí y en todas partes. Nosotros vivimos en su ser, con ella y gracias a ella. Sin ella no podríamos existir.
D.-: ¡Anda ya! Esa madre, o lo que sea, nunca la he visto ni la he sentido. Por tanto, no existe.
G.-: Algunas veces, cuando estamos muy calladitos, si atiendo la puedo oír cantar. O acariciar nuestro mundo. En serio, yo creo que nuestra vida, la verdadera, empezará cuando salgamos de aquí.

*
Esta historieta parece muy apropiada para el Día de Difuntos. La fecha en que el recuerdo de nuestros deudos también nos provoca la reflexión sobre la muerte. Sobre la nuestra, esa que creemos lejana… puesto que, «como ya sabemos, son otros los que se mueren y no nosotros».
De siempre me ha extrañado lo fácil que es imaginarnos el final de la vida como una irremediable condenación a desaparecer, no ya en cuanto materia perecedera sino del todo, de la historia y hasta del recuerdo de los nuestros que se difuminará en los nietos, si los tuvimos. ¿Adónde va a parar esta vida en la que tanto nos esforzamos? ¿Adónde el agradecimiento del bien recibido y el pesar por el tiempo perdido? Y un amor inolvidable, o los errores dolorosos, las entregas y mociones salidas de la médula del alma.
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Polvo somos y al polvo del olvido hemos de volver.

Pero ¡qué cosa tan rara es esto del morir! ¿Cómo explicamos el nacer?
No tiene pies ni cabeza el aparecer en este mundo con inteligencia y protagonismo irrepetible… para acabar en pudrición y olvido. El espectáculo de la muerte es la apoteosis del absurdo. Razón tiene Chesterton que no somos fruto de un ciego recorrido paleontológico. A mí se me hace de lo más estúpido que tanto nos aterrorice el misterio del morir y nada la más temible razón de haber nacido como únicos seres capacitados para ‘usar’ del mundo y del tiempo…

Ya que lo que más preocupa en fecha como ésta es nuestro destino después de la vida, si la habrá o no, déjenme alinearme con el feto optimista de la fábula, para afirmar mi seguridad moral, apoyada en el sentido común y en mi fe sobrenatural, que sí que existe vida después de la muerte. Y que, justamente, ese final es la explicación y la razón filosófica, fundamental, de nuestro existir: un nuevo Ser y Estar de donde “no hay oído que de ello haya oído, ni corazón capaz de imaginarlo».

Así y todo, uno se pregunta: ¿Hay vida después de ésta que se nos escapa? Contemplemos tal misterio metiendo en un cajón al Ramayana, a los filósofos griegos, a los faraones, el Islam, los astrofísicos y, desde luego, todos los menús religiosos de la historia humana para, finalmente, abrazar el cristianismo. Y, también, en tanto que herederos de este Occidente que se rindió a sus enseñanzas cuando la Roma Imperial lo escogió –honor a nuestro gran Osio obispo de Corduba- para sustituir la barahúnda de creencias importadas en miedos y estatuas.

Y esto nos lleva a que el hombre era necesario en la escala de las cosas creadas, Cumbre de las visibles pero colgado de las invisibles. Capaces de asombrarnos y anonadarnos ante el Universo. Es decir, lo que más o menos llamamos Principio Antrópico –enunciado hace unos cien años- y por el que hoy la Astrofísica y la Filosofía coinciden en señalarnos, a la criatura escondida en un pequeño espermatozoo de apenas dos micras, capaz de asombrarse ante la inmensa gloria del Creador.

Cualquiera con una mínima inquietud se ha de preguntar ¿para qué tan grandioso alarde si es para desaparecer inadvertidos? Desaparecer incluso el Universo, en sí mismo, dentro de miles de millones de años, sin una superior razón de ser. ¿No es una tontería?

Hay que saltar de lo puramente vegetativo a la deducción y al raciocinio. Y preguntarnos qué sentido tendría pasar por la vida sujetos a sólo las necesidades primarias, prácticamente como árboles que caminan. Sería limitarnos a nuestro soporte animal, mecánico, y desertar de la inspiración a sobrevivir. Pensamiento que nos rapta hacia el Gran Autor,  “principio y fin de todas las cosas”. Esa fuente de Vida y de Luz verdadera que alumbra «a todo hombre que viene a este mundo», al que los cristianos llamamos -¡también!- Padre. 
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Una apuesta para ganar

Muchas veces hasta parece que todo fuera una fantasía virtual. Pero no, hay realidades. Y más que deseos, porque hay esperanzas. Y las realidades visibles y entendibles son de tal categoría, tan seductoras que no queda resquicio a la huida de lo que nos reclama la inteligencia. Neuronas que por esas inquietudes se sienten vivas. Premio gordo que no toca a todos, como así se desprende de las dudas del propio Cristo: “Muchos son los llamados y pocos los escogidos.” Y parece que después de repasar miles de respuestas -sí, miles- sólo su nombre nos ha dado la clave : “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Quien me sigue no anda en tinieblas”.

*
– Francamente, después de todo sigo teniendo dudas… –dirá el descreído- y me es difícil pensar que haya vida después de morir.

– Bueno –podríamos responder-, escojamos, entonces, la más egoísta y práctica decisión: Apostemos.

– ¿Apostar…? ¿Hablas en serio?

– Sí, muy en serio. Esa apuesta que nos propuso aquel oriundo de Galilea cuando dijo que quien le creyera – esto es, que apostase por Él -, sería recompensado con el ciento por uno aquí en la tierra y, después, con la Vida Eterna. ¿Conoces esta promesa?

– Conozco que eso es lo que dijo, pero no entiendo.

– Pongamos, entonces, que no nos creemos la promesa reina de nuestra fe, esa que dice: «Yo soy la resurrección y la vida; el que crea en mí, aunque haya muerto, vivirá.» Y que no nos lo creemos. Pensemos que Jesús fue un invento de sus seguidores; que no fue Dios encarnado y su promesa sólo un imposible legalizado por nuestra debilidad. Entonces, si resultase que la muerte es total, el descreído no perdería nada. Pues que no creyó, no apostó. Prefirió pensar que Dios no existe. Vamos, lo que tú entiendes, ¿no?

– Desde luego. No hay otra.

– Pero, si resulta que sí, que finalmente aquel Cristo era Hijo de Dios, entonces sus respuestas a la fe se cumplirán. Y los que apostaron por Él serán sus beneficiarios. Mas, por el otro lado – ¡horrible predicción!-, las consecuencias de no haber apostado por Él, serán horrorosas… Obviamente, si en la muerte acaba todo, el descreído no ha perdido. Pero si resulta que después de la muerte sí que hay vida… ¡Qué ruina!

Luego, sólo hay una manera de ganar: apostando por la vida después de la muerte. ¿Que no hay vida?, no has perdido nada. ¿Que sí hay vida?, lo has perdido todo. Tener fe es arriesgarse. Dios nos quiere entregados, que apostemos por sus fichas con la vida, con el pensamiento. Con todo, porque el premio es enorme. Porque se nos ha enseñado, desde San Pedro hasta hoy «…que no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres, por el que podamos ser salvados (de la destrucción total), que el de Jesucristo.» No hay otro por el que podamos ser entendibles, tanto en nuestro microscópico ADN como por el gigantesco universo en que navegamos. Plantearnos esto rescata enseguida un valor extraordinario para la vida presente. Es lógico en el hombre contemplador, preguntarse qué utilidad tiene ese escenario inigualable del que tal vez seamos las únicas criaturas –exceptuados los ángeles-, capaces de admirar, describir… y amar. Un universo visible e invisible que no podremos entender y menos justificar con la sola química, ni con la física, ni con la astronomía. Porque, la primera, solamente nos dirá sus componentes (¿y eso para qué nos sirve?); la segunda, se limitará a describir sus energías, moléculas, átomos y sub-partículas (¿y eso para qué sirve?); y, la tercera, les pondrá nombre a los astros en el espacio (¿y eso para qué…?) .

Y es que el conocimiento que de verdad importa es responder a la incógnita del porqué existe todo eso.

Así que, por estas reflexiones es que creo que la vida no acaba en lo que llamamos muerte. Que ‘El día de Difuntos’ no es sólo tristeza de perdedores sino para afianzamiento de ganancias. Cosa que aseguramos en la fe. Porque la fe es nuestra apuesta por un creador inmenso que nos diseñó para Él únicos e irrepetibles.

1.Gén 3,19; Ece 12,17

2.El hombre eterno.

3. 1Co 2,9; Is 64,3

4. Jn 1,9

5. Mt 23,9 «A nadie queráis llamar padre sino a Dios que está en los cielos.»

6. Mt 22, 1 y ss

7. Jn 14,6

8. Mc 10,28-30

9. Jn 11, 25

10. Hch 4,12

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