Francisco Iglesias Carreño: «¿Frascocracia?»

Francisco Iglesias Carreño: "¿Frascocracia?"

Está resultando que, parece que tocaban, se habían convocado unas elecciones generales y todo el mundo aquí, así es si así parece, lo asumía generalisticaménte en lo que presuponía era un seguimiento adecuado y correcto del hecho, puede que hasta incluso deductivamente, como un algo de entramado ligado, umbilicalmente originario y casi apriorístico, al “sistema democrático imperante universalmente”.

Con lo de “sistema democrático” traslucimos, desde aquellas posturas de la occidentalización autosuficiente, una cierta información, a veces educación y puede que incluso compromiso (singular y/o grupal), distribuida a nivel cuasi global, como pretendida y originariamente procedente del texto de la constitución (como norma enmarcada máxima) y en el más que discreto, hasta somero e incluso escaso, conocimiento de algunos de sus artículos.

Esto de “lo imperante universalmente” tiene su aquel que se puede, y se debe, concretizar pormenorizadamente, explayándolo lo que sea menester, ya que acontece, a veces, que tenemos, como una proyección «in mente», unas imágenes fílmicas y/o noveladas (de origen externo) que asociamos adosadamente, de forma involuntaria pero si iterativamente, a y para componentes democráticos que no son, ante las visibles diferencias, de la usual práctica en nuestros entornos (con)vivenciales.

En muchas Naciones de nuestro entorno/proximidad/culturalidad, ubicadas a distancias más o menos cercanas, las estructuras organizativas de sus Estados (cual entramado organizativo) están configuradas en términos de un formato básico (el estándar anglosajón) que se adscribe como constitucionalmente diagnosticado y sus respectivos ciudadanos-.-en una gama que puede llegar hasta la totalidad de los mismos-.- gozan de un sistema democrático homologable, pero sus respectivas legislaciones electorales son diversas y, claro está, bastante diferentes en sus plasmaciones. No solo se trata de efectuar la elección, también todo el “modus operandi” ligado a la misma.

Se tenía por cierto, al igual que también por seguro, que unas elecciones democráticas consistían, simplificativamente de entrada, en un inicial preámbulo/llamada de una convocatoria referente, convencionada en forma legal y con soporte vehicular jurídico, plasmada en un órgano difusor oficial, en la cual se discernían especificadamente los elementos asignativos de la misma y donde quedaba, como sentado y firme, las conformaciones/reglas/pautas y/o requisitos en que podían presentarse, al bloque llamémosle electivo, todos los ciudadanos. Se tenía por cierto, al igual que también por seguro, ese iniciático detalle, de la acción de presentarse, electoralmente ligado, en el compendiado acto de un ejercicio propio, asido conscientemente a la siempre y apriorística libre voluntariedad de un singular ciudadano.

Se tenía por cierto, al igual que también por seguro, que todos los candidatos, para alcanzar tal condición formal/legal, habían cumplimentado exhaustivamente todos y cada uno de los requisitos umbrales para obtener su proclamación, con signación oficial, en atención al estricto cumplimiento de la legalidad vigente que sostenía, en términos formales, la convocatoria. Se tenía por cierto, al igual que también por seguro, que todos los candidatos, en tanto y cuanto al cumplimiento democrático, eran iguales, en la intermediación que implica la igualdad jurídica, ante el hecho del trasunto electoral-.- en el curso del cual también permanecían en tal igualdad-.-, que es donde radica y se constituye el hecho firme del gozne electivo.

Se tenía por cierto, al igual que también por seguro, que las participaciones en los procesos electorales, de todos los candidatos, no solo tendrían que ser homólogas en todas y cada una de sus fases, sino que además, y a la vez, estructural y ambientalmente, y ello puede ser clarificánte, también equipotenciales. Sin que en ello se vieran restringidas, en ningún momento, sus aptitudes, habilidades, capacidades, cualificaciones y méritos.

Se tenía por cierto, al igual que también por seguro, que los procesos electorales, en tanto y cuanto obtienen la cualificación de democráticos, son siempre inorgánicos, en principio no delegatívos y nunca conducentes a estadios orgánicos, donde el cuerpo electoral gestor del principio, que es el que fundamenta la solidez democrática participada del proceso, ha dejado de ser operativo, pasando a tener un papel secundario, alejado de todo protagonismo, en el mejor de los casos, y a veces de solo visualizador y/u ojeador distante.

Se tenía por cierto, al igual que también por seguro, que cada proceso electoral significaba una ligazón, de seguimiento e interacción, entre un bloque social circunscripcional demarcado integralmente (espacialmente físico, socialmente constituido y legalmente establecido), con un signado cuerpo electoral, continente de todos los ciudadanos electores y, a la vez-.- según variaciones interpretativas-.- de todos los ciudadanos electos.

Estos supuestos mentales tienen, en el día a día de la realidad, el tamiz de lo que acontece, en los momentos en que trascurren nuestras actividades, y nos obliga, en el discernimiento de cada cual, a establecer analogías comparativas con otros procesos electorales, de otras índoles, que están en la dinámica de los versátiles momentos asociativos y/o estamentales, donde un (y cada) ciudadano, por variadas situaciones, forma parte alícuota de una entidad, que tiene configurado estatutariamente sus procesos electivos internos, los cuales son ajustados, desde una normativización específica y generalística, a las más elementales bases democráticas, por ende participadas y participativas, en todos los espacios/fases.

En cualquier entidad asociativa (un municipio en cierta forma también en una entidad asociada, como lo puede ser una provincia, una región y una nación. Con su estructuración estatutaria, en su conformación de Ayuntamiento, Diputación, Junta y Gobierno, donde todo es Estado), los procesos electorales parten siempre, y en todo momento, de la completa identificación del cuerpo electoral, los candidatos y la expresa indicación de todo el proceso electivo. En ese proceso electivo todos los candidatos, sin excepción alguna, y sea el número que sea, tienen el mismo e idéntico tratamiento.

El cuerpo electoral, en un proceso democrático y que se estima valorativamente como tal, es un todo solido que no admite fisuras de ningún tipo ni cuarteos de ninguna especie, como al igual ocurre con el conjunto electivo, cuyos miembros son, todos ellos, ¡ y al unísono!, objeto de la misma e idéntica consideración, con las mismas prerrogativas y en el alcance de las mismas oportunidades y cotejos, sin que pueda existir distingos y/o cortapisas en el trato amplio, completo y personalizado entre ellos.

Estamos hablando de un sistema democrático que es lo que, en nuestro criterio, debe corresponder a una sociedad avanzada, no solo como meta y sí también como interactivo ambiental camino.

Un sistema democrático no puede ser un muestrario de un elenco de frascos sociales y un apartheid de bloques controladores. Eso, de serlo, sería una “frascocracia”, o sea un símil de “dar gato por liebre”.

Las interacciones humanas a lo largo del proceso histórico han ido perfilando una trayectoria, no exenta de zigzagueos, que se ha ido nutriendo con aportaciones sumativas hacia la plena consideración de los individuos, en la estimación “in crescendo” y agregativa (tanto de forma singular como grupal) de sus valores, derechos y también, justo y oportuno es decirlo, de sus deberes para con sus congéneres y el medio físico, que actúa cual soporte vehicular, en el que habitan.

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