POR EL CAMINO DE LA VERGÜENZA

Los socios, amigos y compinches del socialista Pedro Sánchez son enemigos de España

Los socios, amigos y compinches del socialista Pedro Sánchez son enemigos de España
Pablo Iglesias y Pedro Sánchez. PD

A Pedro Sánchez no hay por donde cogerlo y no sólo porque ande desaparecido, sino por el ‘asquito’ que da.

Distintas organizaciones de extrema izquierda a las que Unidas Podemos ofrece cobertura han emprendido una campaña contra la monarquía parlamentaria, y por tanto contra la Constitución, que sopesan culminar en mayo convocando una suerte de consulta sobre la hipotética desaparición de la Corona. No resulta extraño que traten de llamar la atención grupúsculos minoritarios empeñados en el revanchismo como herramienta política de ideologización republicana.

Este mismo 26 de noviembre de 2019, el Parlamento catalán, en claro desafío al Tribunal Constitucional, aprobó una nueva resolución contra la monarquía, acompañada de otro brindis por la autodeterminación.

Esta enésima afrenta del separatismo debería acercar más a Sánchez a la aplicación del artículo 155 que a la «mesa de negociación» a la que le está empujando ERC con el apoyo de Podemos, siempre partidario del referéndum separatista y al que el líder del PSOE quiere meter en La Moncloa.

Desgraciadamente, son estos los socios que Sánchez ha elegido para ser investido presidente del Gobierno. En el fondo de Podemos y ERC subyace un plan compartido para destruir lo que ellos llaman «el régimen de 1978» y forzar una regresión al republicanismo más nocivo de nuestra historia. Garante y símbolo de la unidad de España, el Rey es un obstáculo para sus intereses políticos.

Cabe preguntarse si un aspirante a ser vicepresidente del Gobierno como Iglesias puede permitirse respaldar debates públicos ofensivos contra Don Felipe o sobre la permanencia de la monarquía; si un miembro del Gobierno de la nación jurará o prometerá su cargo ante el Monarca que pretende derrocar; o si se comprometerá a cumplir y a hacer cumplir lo que establece, por ejemplo, el Título Segundo de la Constitución.

Podemos juega con dos barajas desde que nació. Primero, con ínfulas de apariencia revolucionaria y sobre los principios más rancios de la reciente historia política. Y segundo, con la demagogia por bandera. En dos años sus dirigentes se convirtieron en pequeño-burgueses acomodaticios, envueltos en purgas internas por un puesto en las listas electorales.

Nunca nadie -a excepción de ERC, el tercer apoyo de Sánchez- demostró tanto fervor por la moqueta y el poder.

La «institucionalización» de Podemos se produce en función de las propias ambiciones personales de sus líderes y dirigentes, y de su adaptación progresiva a la «casta» que antes denostaban. Por eso es de un cinismo inasumible que Podemos se disfrace de antimonárquico, salvo que su acceso al poder no sea la coartada de coliderar un «gobierno progresista», sino el paso previo a iniciar una demolición progresiva del entramado constitucional, empresa para la que cuenta con el apoyo de ERC y la condescendencia de Sánchez.

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