Rubén Serrano Alfaro: «Buenamente»

Rubén Serrano Alfaro: "Buenamente"

Vengo diciéndolo desde hace tiempo: la cantante Rosalía está sobrevalorada. Y con ella tantos otros ciudadanos españoles que tanto ansían ser “cantantes”, que con tanta facilidad alientan la intolerancia y que, consecuentemente, aunque sea de manera indirecta, tan fácilmente apoyan el crecimiento continuo de formaciones con pensamientos e ideales radicales.

Con el paso de los años hemos ido creando una nueva forma de intolerancia en España, la llamada intolerancia “acrítica” a los pensamientos ajenos. Una intolerancia derivada de sentimientos espontáneos y neuronas inquietas. Llegados a este punto, deberíamos, de manera urgente, reconducir esta forma de pensar y llevarla camino del sentido común, que se obtiene, nada más y nada menos, a través de la cultura general. Si Rosalía dedicase más tiempo a cultivarse, si tan solo el 50 % de la población con derecho a voto en España se tomase su tiempo para analizar el pasado, el presente y como sus votos influirán en el futuro de su país, estoy convencido de que las cosas irían mucho mejor.

Y por cultivarse no pongo en duda la cultura que pueda tener Rosalía, ni la que pueda tener el periodista Eduardo Inda, sino que ataco de raíz la manera que tienen de expresar sus conocimientos adquiridos. En los tiempos tan frágiles y volátiles por los que atraviesa nuestra sociedad, tanto a nivel nacional como a nivel internacional, hemos de cuidar nuestro vocabulario y, sobre todo, la forma de decir las cosas. Más aún si eres un personaje público como lo son Rosalía y el señor Inda. Más aún en los medios de comunicación; sea en Twitter o en un periódico digital.

La situación política en España es extremadamente delicada, con un auge indudablemente sorprendente, pero a la vez esperado, de la ultraderecha y con la reciente noticia de que el PSOE formará gobierno con un partido al que claramente había vetado hace tan solo unos meses. El bloqueo persiste tras unas segundas elecciones innecesarias que lo único que han dejado claro es el enfado creciente de la población española. Esto último es palpable en el gran número de votos obtenidos por la formación política Vox. Como ya sucedió en las elecciones de 2016 en EE. UU. o en las elecciones francesas de 2017, por poner dos ejemplos básicos entre tantos otros, se produjo un voto “anti-establishment” causado por una frustración clara y absoluta del electorado, empujado a la vez por la intolerancia “acrítica” a la cual he hecho referencia antes. Sí, este tipo de intolerancia no tiene bando. Ni himno, ni bandera. Pertenece a todos, tanto a la derecha como a la izquierda. Y de esta intolerancia acrítica se aprovechó Vox en la repetición electoral; y de esta intolerancia acrítica se lleva aprovechando el bloque de la izquierda desde los resultados del pasado 10N. “Fachas, fascistas, xenófobos, racistas”. “Comunistas, rojos, aprovechados, mentirosos”.

En el preludio de las elecciones del 28A escribí lo siguiente: “No creo en alertas antifascistas. Tampoco en comunismos que quieran destruir España. Sin embargo, sí creo en las consecuencias históricas que caminan mano a mano con los nacionalismos. Cualquiera de sus formas,
cualquiera de sus manifestaciones. No por lo que son, sino por lo que acarrean (…)”. Veremos cómo evoluciona la situación actual, pero lo que está claro es que el camino a seguir no es la demonización o el desprecio a ningún partido político, ni mucho menos a cualquier votante. Sin embargo, sí que habría que preguntarse el porqué de esos votos. El porqué de unos votos dirigidos indudablemente a la crispación y la polarización. El porqué de la autodestrucción de Ciudadanos, partido centrista, unificador y esperanzador hace tan solo un par de años. Tenemos muchas preguntas que hacernos. Sí. Y tanto los políticos como los especialistas muchas respuestas que darnos. Pero, honestamente, ¿no deberíamos también los ciudadanos españoles hacer nuestra propia autocrítica? ¿Analizar el porqué de nuestras actuaciones, de nuestros votos? Esta idea tan básica que propongo, una autocrítica sensata de doble vía basada en el sentido común, podría conseguir cambios destacables en nuestra sociedad. Pero claro, es más fácil que lo haga el prójimo.

Tanto reformar la ley educativa, y sigo esperando una asignatura común a todas las CCAA en España llamada o basada en el pensamiento crítico. O mejor: basada en las 4 Cs de las que hace referencia el historiador, filósofo y futurista Yuval Noah Harari en su libro “21 lecciones para el siglo XXI” – pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad. Igual si la educación en Cataluña, el sistema educativo español o la manera de enseñar en los colegios de Gran Bretaña se basasen más en esta forma de aprendizaje, no se habría organizado el referéndum del 1-O en Cataluña, ni un populismo radical como Vox hubiese obtenido 52 escaños en las pasadas elecciones, y ni mucho menos hubiese salido el Brexit en Gran Bretaña. Mientras tanto, mientras que nos sigamos planteando “acríticamente” cuál es la solución a estas disyuntivas, reduciremos y transformaremos las 4 Cs de Harari en solo dos: catástrofe y caos.

El tiempo dirá, porque pensar solo tiene una recompensa: actuar. Y mientras nosotros pensemos y nuestros políticos reflexionen, la actuación de la sociedad española se limitará a los desprecios de Eduardo Inda y a los insultos de Rosalía.

Dicho todo esto, abogo, en el camino hacia las 4 Cs, por hacerlo buenamente. Hacerlo buenamente por y para los que de verdad nos interese el futuro de España, el de la humanidad, sin la necesidad de tener que repetir hasta la saciedad el nombre de nuestro país, ni ondear cualquier tipo de bandera. Hagámoslo malamente. No. Hagámoslo buenamente. Eso es. De Antón (C Tangana) no hablamos porque no acabaríamos hasta mañana…

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