Victor Entrialgo De Castro: «Un cuento de Navidad»

Victor Entrialgo De Castro: "Un cuento de Navidad"

Un gran almacén es lo menos parecido a un humilde portal, así que no busquéis allí la Navidad, solía decirnos desde su muy honorable mecedora D. Jacinto Cifuentes, nuestro viejo maestro de secundaria en los escolapios, cuando le llevábamos por estas fechas a casa después de la cena de antiguos alumnos. ¨Mirad, yo busco la Navidad todos los años aquí¨, e incorporándose, se cercaba lentamente a un aparador de tres cajones que había en la casa donde D.Jacinto tenía guardada, según él, la Navidad: en el de arriba está guardada con llave la tradición, aseguraba, con los restos esparcidos de una religión más bien en desuso; en el cajón del medio voy archivando los recuerdos personales y el de más abajo, sonreía, lo tengo reservado a las ilusiones.

En el primer cajón tengo la tradición envuelta en periódicos viejos y quizás por eso, decía, se conserva siempre mejor que la religión, de la que sólo encuentro trozos sueltos. Pero cuando llegan estas fechas, créeme, se me pone un nudo no sé muy bien si en las entrañas o en las creencias porque lo que de ninguna manera puede ser la Navidad es un cuento. En mi opinión, señores, o le encontramos un sentido a la Navidad y si lo tiene solo puede ser tradicional y religioso, añadémosle luego lo que queramos, o consideremos de una vez por todas ese desasosiego incontrolado como otra fiesta pagana precisamente la mas ¨pagana¨ de todas, y de paso, eso sí, el último recurso que nos permite callar o discutir amigablemente en familia, que ya es pena, aunque es más pena, se lo asegurp, no tenerla. Y En cualquier caso, es urgente aclararnos en esto o acabaremos por no distinguir una boda de un bautizo. ¡Muchachos! Levantaba entonces la voz, ¡para vivir la Navidad es preciso escaparse de la sociedad!, gritaba revolucionario nuestro maestro venerable, “porque ésta no resiste un asalto a la propaganda y nos guía sin respiro hacia los grandes almacenes para que llenemos en casa los armarios de insatisfacciones materiales.

El segundo cajón, nos enseñaba D. Jacinto más calmado y muy orgulloso, está lleno de fotos antiguas en las que casi no me reconozco, y de nostalgias, que son los negativos de unas fotos esparcidas dentro de la misma vieja caja de hojalata. Como el tiempo pasado sólo fue mejor que éste porque entonces estaban los que hoy nos faltan, yo rodeo las fotos de mis ausentes con espumillón e incluso, nos decía, los invito a cenar. Pero a cenar, eh, no a llorar. ¿Y por qué no?, decía D, Jacinto pero medio enfadándose, ¿no pueden vivir los muertos con nosotros por momentos de la misma forma que lo hacen los ausentes?

Siempre he pensado que los únicos derechos que no se reivindican jamás son los derechos de los muertos, y tenemos que aprender a vivir con los ausentes, sin distinción de su circunstancia personal, aunque sólo sea porque nos proporcionan “el sosiego que nos hace tanta falta”.

D. Jacinto nos confesó por fin que el cajón que más abría era el tercero. De joven lo había tenido lleno, pero después se fue olvidando de meter allí las cosas, de reponer las que sacaba, por comodidad, por no agacharse, porque pensaba que los viejos no pueden meter cosas en el tercer cajón, el de las ilusiones. Un día, con estupor, buscándose la vida fue a abrirlo y se dió cuenta de que el cajón estaba vacío. “Sentí pánico”, decía, mientras se ponía cada vez más pálido, y empecé a llenarlo como un loco, porque, aunque sólo fue durante unos segundos, en el cajón vacío de las ilusiones os aseguro que vi la muerte. Desde entonces, lo abro a menudo para comprobar que está lleno y nunca sacó una ilusión sin reponerla.

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