Manuel del Rosal: «La Corte de los Milagros»

Manuel del Rosal: "La Corte de los Milagros"

Ramón Mª del Valle Inclán creó allá por los años veinte del pasado siglo el concepto literario de esperpento mediante el cual deformaba la realidad acentuando sus rasgos más grotescos. Si Valle Inclán viviera ahora, en este siglo de “progreso”, comprobaría que la realidad de esta España supera todo esperpento surgido de su maestría literaria. El último esperpento se ha dado en Barcelona y ni siquiera la agudeza y el ingenio de Valle Inclán podría superarlo.

Quim Torra y Pedro Sánchez han sido los muñidores de este esperpento que más bien parecía la puesta en escena de una comedia con tintes negros, como las puestas en escena de aquellos cómicos de la legua que recorrían las tierras de España representando a los clásicos. Todo era cartón piedra y pintura Titanlux en los decorados. Los mossos, estatuas inertes y rígidas de quien bien sabe que está representado una mala, malísima comedia. Todo rezumaba hipocresía, mentira, farsa y disimulo. Los actores principales, Torra y Sánchez, semejaban muñecos movidos por hilos y dirigidos por manos invisibles escondidas en la tramoya. Rígidos, queriendo aparentar majestuosidad, tenían el resplandor opaco de las maderas viejas y carcomidas a las que el dorado ha devenido en negro; sus movimientos corporales carecían de naturalidad y más bien tiraban a movimientos de muñecos a los que el niño acaba de dar cuerda. En ese esperpento de comedia bufa, Torra y Sánchez casi se amaban. Los dos sonrientes, Torra con esa sonrisa torcida en rictus sardónico y Sánchez en esa sonrisa dura, de bótox sobrepasado; sonrisa de careta de carnaval que, más que sonrisa semeja una amenaza. Torra ensoñando su presidencia y Sánchez soñándose Luis XIV, pomposo y vacuo dentro de su porte de galán de cine venido a menos, en su cadencioso andar de vaquero zambo, dispuesto a desenfundar en cualquier momento. Torra, figurón de cabezudo, pero no gigante, semejaba algo sin saber qué. Ambos saludaban y se saludaban con afectada redundancia en una malísima interpretación de amistad y avenencias, cuando son dos consumados trileros que quieren engañarse el uno al otro. En fin, una pantomima de arlequines falsos y farsantes con la que engañar, una vez más, el uno, Sánchez, a todos los españoles incluidos los catalanes y el otro, Torra, a los catalanes para seguir ambos viviendo del cuento del “diálogo” que no es tal, sino monólogos enfrentados, diálogos para besugos (los besugos son quienes puedan creer a semejantes personajes) Torra y Sánchez disfrutando cada uno de la “honrada” compañía del otro, amasan los ingredientes para presentar a los ciudadanos su “honrada” y “honesta” propuesta de acuerdos que terminarán con el problema de Cataluña sin dañar a esta ni dañar la Constitución, que es algo así como la cuadratura del círculo. Sentados, el uno frente al otro, semejaban comadres rezando trisagios y Kirie eleison según la beatífica cara de los dos que mostraban al personal para que este quedar extasiado ante tanto resplandor de beatos cuando en realidad, esos rezos más falsos que judas, quieren esconder sus innatas querencias pesebristas y de sinecuras que les proporciona el poder sin importarles nada de nada todos los ciudadanos españoles, sean además catalanes o no. ¡Que perversidad de conciencias, que encanallamiento moral ha revestido toda esa farándula en un palacio de la Generalitat asombrado ante tanta fachenda, hipocresía y miseria moral! ¡Que protocolo más untuoso, graso, maloliente, casposo, falaz! Luego, una vez terminada la cutre puesta en escena, los actores volvieron al redil de sus allegados y consejeros para que le explicaran como dar la consabida rueda de prensa, que papel representar, si el de cínico elegante, el de beatífico bonachón, o el de hombre de bien entregado a los ciudadanos, siempre tras la careta blanqueada como sepulcro. Con muecas de payaso llorón, con disimulo de meretriz; compungidos unas veces, exultantes otras, retadoras algunas, con tono de beato de sacristía, amanerados todas, se dirigieron a los ciudadanos. Y nada, nada se concretó, todo se terminó como se termina el barrido escaso y polvoriento de una casa vieja, como se termina una chapuza…y hasta la próxima representación.

En La Corte de los Milagros, Valle Inclán dio testimonio de las corruptelas, las ambiciones, las traiciones, la codicia, la cobardía, las mentiras de una corte cubierta por la púrpura de la reina Isabel y podrida por dentro, a la que España le importaba un pimiento. Hoy y bajo el manto purpureo de la democracia, a la Corte que se reúne los martes en el Consejo de Ministros preñada de las mismas taras que la de los Milagros, le sigue importando España nada de nada, con el agravante de que se la usa y utiliza para conseguir el poder y mantenerlo.

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