F. A. Juan Mata Hernández: «Andrés, dígame usted cuando quiere morir y, luego, despídase de su familia»

F. A. Juan Mata Hernández: "Andrés, dígame usted cuando quiere morir y, luego, despídase de su familia"

Pero, oiga, ¿es que está autorizada ya la eutanasia? Lo digo porque esa pregunta, más o menos tal como yo la he redactado, se la dirigió el médico que atendía a un buen amigo, hace más de un lustro; y sucedió en uno de los más reconocidos hospitales de España.

Ocurre que hay quien teme que los cuidados paliativos no alivien su dolor en la fase terminal de algunas enfermedades, y ante ello opten por anticipar su fin para evitar dolores insufribles. No obstante, aunque no soy médico ni profesional sanitario, los casos que he conocido, salvo alguna excepción, indican que esos temores responden más al miedo que a la realidad.

Cabe que el malentendido al que podría llevar el título de este artículo nos hiciera pensar en la necesidad o no de esa ley sobre la eutanasia que comienza a tramitarse en el Congreso de los Diputados. Pero me sorprende que al consultar los países del mundo donde se considera legal la eutanasia, encuentro que citan a nuestra querida España. Pues relacionan los siguientes: Países Bajos, España, Canadá, Bélgica, Colombia​ y Luxemburgo.

(Véase https://es.wikipedia.org/wiki/Legalidad_de_la_eutanasia).
Quizá consideran como tal la Ley 4/2017, de 9 de marzo, de Derechos y Garantías de las Personas en el Proceso de Morir, promulgada por la Comunidad de Madrid. Aunque esta se refiere a un concepto denominado Ortotanasia, o muerte digna, que mantiene substanciales diferencias con la eutanasia.

Como el límite entre la sedación terminal y la eutanasia es a veces muy difuso, trataremos de analizar sus diferencias:

Sedación terminal, muerte digna, u ortotanasia: Sería la decisión de un enfermo desahuciado, o de sus familiares, de no prolongar con métodos médicamente inútiles la agonía. Habitualmente consiste en la aplicación de medicamentos paliativos como la morfina, cuyo efecto sedante precipita el fallecimiento del paciente. Así pues, en esta opción parece que la muerte no se busca, como sí ocurre con la eutanasia, pero se encuentra casi siempre con una alta probabilidad.

Eutanasia activa: Se realiza para provocar la muerte mediante acciones dirigidas directamente a ese fin.

Eutanasia pasiva: Cuando se suprimen tratamientos necesarios e insustituibles para mantener la vida.

Suicidio asistido: Es el propio paciente quien acaba con su vida con la colaboración de otros.

Hemos introducido el término de suicidio, porque de su denominación actual según la RAE: «Acción o conducta que perjudica o puede perjudicar muy gravemente a quien la realiza», se deduce que abarca ampliamente todos los casos antes citados.

Es bien sabido que el suicidio acompaña al hombre desde que tenemos conciencia como especie. Y no es una práctica exclusiva nuestra, pues muchos animales muestran un comportamiento autodestructivo similar. Pero el suicidio es el fracaso de la convivencia de una sociedad, y no parece que su legalización, de uno u otro modo, aporte ninguna ventaja; sino más bien ocurra lo contrario.

Con ese concepto, nuestro país no sería de los más indicados para ampliar el reducido club que tienen legalizada la eutanasia, porque nuestra tasa promedio de suicidio en 2002 fue de 8 personas por cada 100.000 habitantes, (4 en mujeres y 12 en hombres), bastante baja si se compara con las de: Países Bajos, 9; Alemania, 11; Reino Unido, 12; Estados Unidos, 12; Suecia, 14; Austria, 16; Francia, 18; Bélgica, 19; Japón, 22; Rusia, 34; o Groenlandia, 83. Claro que todo es relativo, pues los 3.600 compatriotas que se suicidaron en 2017 representan 3 veces más que los 1.200 que fallecieron por accidente de tráfico.

Pero además, si esta actuación legal del médico que atiende a quien padece una enfermedad calificada de incurable o en fase terminal, ya existe y se practica, ¿qué se busca con la implantación de la eutanasia? Probablemente se pretende abrir de nuevo la «caja de Pandora», al igual que se hizo antaño con al aborto, para poder deslizar una y otra norma posterior, que haga de esta práctica un velo para reducir gastos sociales. Si no es así, la Ley 4/2017, de 9 de marzo, de la Comunidad de Madrid, extendida a todo el País, debería ser suficiente.

Existe un matiz que diferencia notablemente lo que hoy está autorizado de lo que se pretende: La ortotanasia no permitiría, sin más, adelantar deliberadamente la muerte, mientras que la eutanasia no requiere las circunstancias incurables del paciente, ya que permitiría aplicarla en momentos de depresión, angustia vital, o dolor extremo por la pérdida de un ser querido.

¿Y qué es lo que argumentan para justificarlo?

Bueno, ahí nos encontramos con un pupurri de razones, entre filosóficas, críticas, geográficas, históricas y de moral. Yo no quiero pasar por todas ellas, porque sería un trabajo digno de una tesis doctoral, pero vamos a referirnos a algunas:

Se dice que uno llega a este mundo para vivir una vida placentera y está autorizado a remover cuanto le aleje de ella.

Si cada uno tuviera derecho a decidir el momento de su propia muerte simplemente porque no es feliz, estaríamos permitiendo la muerte anticipada de todo el mundo. ¿Quién no se ha sentido alguna vez en su vida infeliz?

Pues, miren ustedes, discrepo abiertamente con que nuestra misión en la Tierra sea vivir lo mejor posible. No sé a qué nivel de medida se refiere quien argumenta eso, ni si ha pensado en cómo se vive ahora y cómo lo hacían nuestros antepasados. Y lo digo sin acritud, porque no es preciso llegar al homo erectus, para comprender que nuestra especie tiene un objetivo social que no siempre persigue su bien sino el de su tribu. Piensen en aquellos bomberos de las Torres Gemelas, o los que cubrieron de hormigón la central nuclear de Chernobil.

Por no ir más lejos, si observan cualquiera de nuestras leyes se darán cuenta que regulan nuestro comportamiento, no para que seamos nosotros más felices, sino más bien para que no hagamos infelices a los demás, y evidentemente la pérdida por suicidio de hombres y mujeres que nos hicieron disfrutar con su arte y esfuerzo, fue una desgracia para la humanidad. Por recordar a algunos, piensen en Ángel Ganivet, Virginia Wolf, Alfonsina Storni, Robin Williams, Ernest Hemingway, Yukio Mishima, Cesare Pavese, Vincent Van Gogh, Marilyn Monroe, Emilio Salgari, Charles Boyer, Luis Ocaña, Janis Joplin, y una serie interminable de genios aquejados quizá de momentos de dolor y enfermedad.

Pero es que además, en realidad podemos llegar a vivir en el colmo de la desgracia y, sin embargo, sentirnos realizados y útiles para con los que nos rodean, aunque sólo fuera por poder dedicarles una sonrisa. De esta vida, que alguno podría calificar como sin esperanza, son ejemplo la multitud de héroes, muchos de ellos anónimos, que sufren, y han dado o siguen dando su vida por los demás. Seres maravillosos que han vivido por y para evitar sufrimientos ajenos, a los que honramos en el recuerdo, y que son el mejor ejemplo del sentido que deberíamos dar a nuestra vida.

El «Vivo sin vivir en mí, y tan alta dicha espero, que muero porque no muero…» de nuestra insigne Santa Teresa, nos presenta el argumento del laurel de la gloria eterna a que aspiramos los creyentes, y para mí sería mejor estímulo que algunos de los que esgrimen quienes abogan por facilitar la muerte a quien parece desearla. Cuando presumo que no es buena una Ley de la eutanasia me refiero a que se defiende en base a una pretendida libertad de elección, muy cuestionable y manipulable como casi todas las pretendidas libertades de nuestra sociedad.

Además la experiencia de los escasos países donde está legalizada, demuestra que es imposible regular una ley que vigile y proteja todos los supuestos que contempla, frente a los abusos o delitos que pudiesen ampararse en ella.

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