F. A. Juan Mata Hernández: «El coprolito gigante»

F. A. Juan Mata Hernández: "El coprolito gigante"

«Y Jesús respondió: Médico, cúrate a ti mismo» (Lucas, 4:23)

Esas palabras de Jesús de Nazaret, que nos presenta Lucas en su evangelio, nos animan a mirar hacia nuestro interior para conocer las propias virtudes y defectos que nos hacen fuertes o débiles ante la adversidad. Me vienen a la memoria muchos momentos, miedos, errores, éxitos, ilusiones, lamentos, pero ninguno quizás tan reiterativo como la pregunta de ¿hacia dónde voy?

Es una constante humana volver la mirada al pasado para tratar de adivinar el futuro, con el ansia de conocer hacia dónde nos dirigimos. Claro que la Historia no ha sido siempre como nos la quieren contar algunos con su “Memoria Histórica”. Y, en estos tiempos de retiro forzoso, esa sensación actúa con mayor intensidad porque es cuando más precisamos sentirnos útiles y necesarios para algo y/o para alguien.

Van a ser ya cuatro años los que paseo como guía voluntario por el Museo Geominero de Madrid acompañando grupos de visitantes, en su mayoría escolares muy jóvenes. Es, probablemente sin saberlo, un refugio entre el calor de los fósiles petrificados de seres vivos, que existieron millones de años atrás. Suelo comenzar la explicación ante la vitrina que exhibe un coprolito (excremento de una hiena del Mioceno, cuyo origen se estima en 15 millones de años). Invito a los chicos a que identifiquen aquella muestra y, evidentemente, todos lo hacen con un gesto entre el asco y el asombro.

Pues bien, entre esas dos sensaciones podríamos decir que nos encontramos ahora en nuestro País: Asco al ver como se establecen normas para complacer a grupos egoístas, insolidarios y falsos, que ostentan el poder de las minorías imprescindibles, para mantener el gobierno. Asombro, porque la atención del pueblo margina esta traición, y se centra exclusivamente en la pandemia del coronavirus. Parecemos un gigantesco coprolito.

En realidad, lo que las vitrinas del Museo nos muestran no son, sino unas extrañas fotografías del pasado suspendidas en el tiempo, unas instantáneas que roban la intimidad de seres que, en su gran mayoría, ya no existen porque un ángel exterminador los extinguió. Pues, si algo parece que tenemos claro, es que no podemos dar marcha atrás y reanudar la existencia en el punto en que quizá nos gustaría. Nuestra inteligencia nos condena a la prepotencia, pero nos creemos dioses y solo nos despierta, muy de vez en cuando, una partícula de vida unicelular, aunque capaz de fosilizar nuestro recuerdo como aquellos sedimentos petrificados. Pero, ¡ojo! No tengan miedo, este coronavirus no es ningún ángel exterminador, por mucho que ahora pudiera parecerlo. Y, no sólo eso, más me parece que pudiera representar una gran oportunidad de cambio de mentalidad hacia un mundo menos individualista y más solidario.

Se podría decir que el miedo del individuo aislado lo desterró el mensaje cristiano con la fe, pero la fe es acción y oración, tanto para el individuo como para la comunidad.

Oración

Sin duda ese es el mejor camino para desterrar el miedo a los problemas que nos trae la existencia. Ahora bien… fe no significa, a mi modo de ver, imprudencia. Miren, doy fe de que hay mucha irresponsabilidad a nuestro alrededor. Les voy a poner un ejemplo que he vivido en la eucaristía de hoy: Aunque en la ceremonia el sacerdote obvió adecuadamente la petición de darse la paz, sin embargo, a la hora de dar la comunión su monaguillo, un hombre de cierta edad, aceptó situar la ostia en la boca de los que así lo solicitaban. Cuando al terminar le hice la observación de lo arriesgado que eso podría suponer para los comulgantes, se limitó a responder que él la daba, según se lo pedían… Juzguen ustedes.

Acción

Pero ese sentimiento de utilidad que necesitamos en estos días no lo reparará nadie ni se irá desvaneciendo por sí solo mientras tomamos una cerveza o vemos la televisión. Se está viendo que la cadena humana de atención hospitalaria puede romperse por una demanda inusual. Nosotros, los jubilados, seríamos una buena solución para ayudar en cometidos de logística y organización. Localizar contactos de personas infectadas, avisar y vigilar sobre protocolos de actuación, necesidades básicas de suministro de comida a personas en cuarentena… ¡Qué sé yo! Señores estamos aquí para ayudar, y esta es una buena ocasión para curar a los demás y curarnos nosotros mismos, como sugería Jesús.

Quiero finalmente insistir sobre estos elementos individualistas y arcaicos, como nuestro monaguillo de hoy, que arrastran una concepción singular de los problemas del mundo, como si la fe salvífica del alma librara al cuerpo de las infecciones por besar los pies de las imágenes sagradas, o insistir en recibir la comunión en la boca. No olviden aquel versículo del evangelio de San Lucas con el que comenzaba el artículo. Ni tentemos a la suerte, porque Dios no juega a los dados.

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