F. A. Juan Mata Hernández: «Felicidad abarrotada de silencio»

F. A. Juan Mata Hernández: "Felicidad abarrotada de silencio"

«Ni tus peores enemigos pueden hacerte tanto daño como tus propios pensamientos» (Buda Gautama)

Acorde con esa máxima, la profesora mejicana Carmen Navarro calificó los pensamientos negativos como la «peste de las neuronas», y aunque la reflexión de Buda tiene ya más de 2.300 años, el problema sigue siendo de candente actualidad en nuestro siglo XXI. El mayor daño que puede producir un suceso derivará precisamente del pensamiento negativo con el que lo abordemos. Es habitual e instintivo que al ver que una multitud corre espantada por un evento trágico, nos unamos a ella sin meditar los cómos ni los porqués. La mente nos engaña por un instinto primario de supervivencia y sacamos conclusiones precipitadas e ilógicas. Eso es lo que está ocurriendo ahora mismo en el mundo con la pandemia del coronavirus. Sufrimos y sufriremos las consecuencias porque exageramos nuestros propios pensamientos negativos irracionales. Muchos son los que reconocen esa realidad, pero pocos o muy pocos quienes compran hoy en las bolsas de valores que se desploman por todo el mundo.

Quizás al contemplar las ciudades vacías y en silencio por el pánico al coronavirus, Buda habría recomendado la meditación de otra de sus célebres frases: «Lo que eres es lo que has sido. Lo que serás dependerá de lo que hagas a partir de ahora». Probablemente esos pocos que guardan la calma sean quienes se feliciten mañana por su decisión. Sin duda hace falta un mensaje de reflexión, esfuerzo, y fe, pues, incluso tras los peores aconteceres, debe prevalecer la esperanza y el ánimo para volver a caminar erguido.

Si analizamos el devenir de la vida, coincidiremos en que no surge la felicidad precisamente en los instantes de triunfo, pues los laureles y las alegrías suelen ser efímeros e inconformistas. Siempre querremos más. Nuestro instinto como especie nos exige esa superación continua, porque lo llevamos codificado en los genes. Observaremos que lo que realmente nos hizo disfrutar fue precisamente la voluntad para alcanzar el éxito y no el triunfo en sí. El esfuerzo y el sacrificio para llegar a la meta nunca son parcos en cansancio, dolor, temor y muchas otras sensaciones negativas; forman parte de una desdicha temporal necesaria para saborear el resultado, pues lo que no cuesta nada vale bien poco. Nuestro archivo mental transforma siempre el resultado en niveles de felicidad en función de esfuerzo que supuso lograrlo.

Ahora vuelvo a tomar la inquietud que nos atribula por las consecuencias de lo que nos está tocando vivir. Coincidirán conmigo que va a depender del modo en que lo enfoquemos gran parte de nuestra felicidad futura. Es evidente que habrá que andar un camino abrupto, difícil y, a veces, regado de momentos de sufrimiento. Muchos de ustedes me dirían que la meditación no les va a traer un salario para comer, pagar la luz o los plazos del coche, sobre todo, si tras esta epidemia se quedan sin trabajo, o lo que es peor, se lleva a parte de su familia. Replicarán que si el virus no los mata lo hará el hambre. Pero eso no revela nada que desconozcamos, pues, hasta la fecha y mientras no se descubra un elixir que perpetúe al homo sapiens, todos tendremos que morir en algún momento.

Y en cuanto a las necesidades vivenciales ¿qué les puedo decir? Bueno, supongo que tenemos un gobierno que presume de sensibilidad social, y dice luchar por la igualdad y la fraternidad de todos y de todas. Además, tienen un buen ejemplo en otros países que han ido por delante: se han concedido ayudas, reducido o aplazado el pago de impuestos y tasas, facilitado la liquidez a autónomos y pequeñas empresas, etc… Espero y deseo que sea así, y que no nos traicionen o nos vayan a engañar también ahora; quizás podamos confiar en que este examen haga caer la venda de su mente; quizás, en fin, las picas se tornen palas de una vez.

Vivimos a este respecto una incógnita existencial, pero los españoles somos recios, austeros y estoicos, como gran parte de nuestra tierra. Así que, a buen seguro, mañana volverá a amanecer, la economía se recuperará, y no dejarán de florecer los cerezos del Jerte.

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