Francisco Floro Soler: «Vae victis»

Francisco Floro Soler: «Vae victis»

Estimados periodistas,

Vengan a perdonarme, por favor, el que no personalice esta misiva. En mi situación debo enviarla a todo el que pueda atenderme para hacerse eco de una injusticia palmaria, hasta que alguien me ―nos― escuche. Quiero recordarles en mi emplazamiento que Edmund Burke nos dejó esta frase, entre otras agudas observaciones, para la posteridad: «Para que el mal triunfe solo es necesario que los hombres buenos no hagan nada». Yo les pido ―pues les tengo que pedir, casi rogar― con desesperación e impotencia que sean ustedes esos hombres buenos que no permanecen de brazos cruzados ante la desolación propia de quienes nos hemos visto repentinamente trasladados a una de las pesadillas de Kafka.

No me cabe la menor incertidumbre de que han recibido las notas de prensa que mis compañeros inmersos en el recurso contencioso-administrativo han enviado para informar sobre la opacidad y sordidez del último proceso de selección del Cuerpo de Ayudantes de Instituciones Penitenciarias. No albergo tampoco asomo de duda sobre el peso de las motivaciones que les han llevado a ignorarnos. Somos la sociedad cercada por el ruido, amenazada por la sobredosis de información. Pero yo les invito, estimados comunicadores, a que dirijan la vista al lado más humano de la cuestión, a las implicaciones. A la sangre que se vierte cada vez que el Leviatán de Hobbes coletea contra los ciudadanos, pues a veces David no tiene siquiera una honda para defenderse de Goliat. Apelo a las loables motivaciones que les hicieron entrar en el mundo del periodismo.

Soy Francisco Floro, tengo veintiocho años. El Estado, en un proceso irregular, me ha despojado de mi puesto de trabajo, ganado con honradez y sudor. Ahora amenaza con separarme de mi mujer.

En el año 390 antes de Cristo, los galos de Breno derrotan a los romanos en la batalla del Alia y penetran en la Ciudad Eterna. Asediando a los quirites en la colina Capitolina, que no consiguen tomar, piden un rescate en oro a cambio de su partida. Pero cuando los romanos entregan el botín, observan que las balanzas están trucadas y emiten una queja. Breno, arrojando su espada en uno de los lados del peso, exclama: «¡Ay de los vencidos!».

¿Por qué hablo de la vieja Roma? Porque los opositores del Cuerpo de Ayudantes de Instituciones Penitenciarias, estimados periodistas, hemos hecho un examen con balanzas trucadas. Nos han vencido, aunque con trampas, y nos han humillado. Y nos vemos tan impotentes como esos latinos amenazados por la espada de Breno.

Hace medio año que me uní en casamiento civil a mi esposa, con la que preparo ahora la celebración de nuestro matrimonio católico. Ella es una joven rusa de escasos veintitrés años, tan talentosa como trabajadora; una mujer extraordinaria que vino aquí para estudiar y trabajar. Inteligente, culta y madura. Aprendió el idioma en seis meses, estudia diligentemente, se deja la piel en trabajos precarios para pagarse el aprendizaje, jamás ha recibido una ayuda del Estado y nunca ha sido carga ni perjuicio para nadie. Las instituciones decidieron que, a pesar de que ella es sobradamente capaz de subvenir a sus necesidades con el fruto de su honrado trabajo, yo tenía que demostrar que podía mantenerla con mis propios medios, con recursos y rentas a mi nombre. Si no, no tendría su tarjeta de residencia. Condenada a ser un fantasma, invisible ante el aparato burocrático y los empleadores excepto en lo que pueda perjudicarla.

Dicho y hecho. Abandoné un proyecto que quería llevar a cabo como autónomo con el objeto de procurarnos unos ingresos fijos, e hice un esfuerzo titánico para prepararme en medio año para una ardua oposición donde íbamos a disputarnos novecientas plazas entre catorce mil personas. Un proceso en el que anualmente diecinueve veinteavos de los aprobados son egresados de universidad, con varios años de trabajo preparatorio de la selección a sus espaldas y el bagaje de sus licenciaturas y grados. Yo llevaba diez años sin estudiar, por lo que pueden imaginar lo difícil que me resultó. El estrés, el ostracismo social, el fin de los descansos, la carrera contra el tiempo, la falta de ejercicio, los encierros en la biblioteca, los despertadores sonando a las siete de la mañana del domingo, como aquel día a una semana del examen final en el que, por invadir la calle demasiado pronto con destino a una cafetería tranquila donde estudiar, tres individuos me despojaron del teléfono móvil, ese apéndice digital que ya nos resulta irrenunciable. Eran tres extranjeros que, a buen seguro, no son acosados por la implacable maquinaria estatal en la forma que mi esposa foránea.

Mi rutina, muy liberada antes, cambió drásticamente. En fin, ¿qué más daba todo? ¿Quién se arroga justamente el título de hombre si no es capaz de mover montañas por su mujer?

Llegó el día del segundo y último examen. No me explayaré sobre el primero: lo pasé con escueto margen, pero fue difícil. Muy difícil. Ambiguo, rebuscado. Un prolegómeno de lo que sería el segundo, pero irrelevante al caso. La postrera prueba fue incluso peor. Nos habíamos preparado, sabíamos que presidía el tribunal de selección el mismo funcionario que tanta polémica despertó tres años atrás por elaborar un examen con preguntas extraprogramáticas. Es público y notorio que muchos opositores presentaron su queja entonces al Defensor del Pueblo.

Nuestra prueba fue tortuosa. Enunciados largos y tediosos, respuestas de una ambigüedad desconcertante, oraciones subordinadas de complejidad kantiana y el resto de penalidades infernales de Dante. Bien, sabíamos que no iba a ser fácil. Pero si era difícil, era difícil para todos. Saltamos la trinchera y atacamos los ejercicios uno a uno. Hasta la victoria final. Pero no recuerdo haber visto una sola cara animada a la salida de la facultad. Todos habíamos hecho las pruebas de los años pasados, bien por veteranía en la oposición, bien porque era adecuado para prepararnos. Sabíamos que esta había sido mucho más intrincada que las anteriores, hasta el punto de que las distintas academias sacaron plantillas de corrección discordantes. Ustedes imaginen, llegaron a extremos como tener que corregirlas o poner opciones alternativas.

Recuerdo haber rezado la noche antes del examen. No solo por mí y por mi mujer, sino también por los opositores canarios que se habían quedado atrapados en las islas por el episodio de calima. Merecían una oportunidad, claro. Cuál fue nuestro desconcierto cuando el tribunal de selección avisó durante el mismo día de nuestra segunda prueba y su posterior de que nuestros compañeros tendrían otro examen diez días después. Señálese que a todos nos habían dado ya veintidós días para preparar este último test, por lo que el tiempo otorgado a los afectados por el incidente era sensiblemente mayor. Nuestros compañeros iban a contar también con la ventaja estratégica de conocer las notas de corte estimadas por las academias, que manejan muestras estadísticas considerables. Ventaja que les permitía decidir hasta dónde querían arriesgar, pues las preguntas erradas descontaban puntuación. Bueno. Nada de eso importaba siempre que el tribunal tomara una decisión ecuánime. Por ejemplo, reservar plazas en la misma proporción para cada turno, estableciendo notas de corte distintas. No fue el caso.

Llegó el día de examen para los opositores privilegiados. La ecuanimidad del tribunal se expresaba en una prueba con la mitad de líneas de texto que la del anterior grupo. A nadie se le escapa que ello ya implica mayor tiempo para realizarla, pero pronto, cuando fue publicada y la masa de opositores empezamos a atacarla en nuestras casas, nos percatamos de que con facilidad sacábamos calificaciones notoriamente más elevadas en la prueba improvisada. Empezamos a echarnos las manos a la cabeza. Recuerdo haber leído en los foros de Internet a gente muy indignada y, sobre todo, la efusiva expresión de un compañero a través de un grupo de conversación de WhatsApp: «Acabo de realizar la prueba y he sacado cuarenta y seis puntos sobre cincuenta. Me quiero morir». Una de estas opositoras, muy corajuda, ha llegado al extremo de proponer una huelga de hambre. Como ella, como yo, hay afectados en toda España. Cada uno con una historia detrás.

Yo tenía una nota de 31,66 puntos. Desde el día 23, a pesar de las múltiples impugnaciones de varias preguntas, el tribunal había desoído nuestras peticiones. El día 6 se hace evidente que hay que anular una pregunta del examen improvisado, por lo que este no podría calificar en la misma escala que el nuestro. ¿Adivinan qué pasó? De repente el tribunal decidió, expreso esto en la misma resolución, que había una pregunta que invalidar en nuestro examen, con lo que sí podría elaborarse una única lista de notas y aprobados. Y uno se pregunta: ¿qué ocurrió en esa reunión? ¿Acaso el viento abrió las puertas y el Espíritu Santo se posó repentinamente, en forma de lenguas de fuego, sobre las cabezas de los justísimos selectores para iluminarles? No lo sé, pues el señor secretario me ha negado las actas hasta que finalice el proceso amparándose en un precepto legal cuya fuente no me da.

¡Qué golpe supuso para mí esto! Perdí un punto en el agravio de una decisión evidentemente tomada ad hoc para simplificar el proceso a costa de su justicia. Una decisión arbitraria que temía que me iba a resultar muy gravosa. Hoy, en efecto, ha salido la nota de corte, que rebasaba con mi calificación original, pero que ahora se sitúa dos tercios de punto por encima. He sido, por tanto, perjudicado doblemente por la arbitrariedad, por las prisas, por la desidia y por la simplificación antepuesta a la ecuanimidad.

Y ahora me pregunto, ¿qué hago? ¿Qué hay del principio de igualdad en el acceso al empleo público consagrado en la Constitución, el Real Decreto 364/1995 y el Estatuto del Empleado Público? ¿Qué pasa con mi mujer? ¿Volverán a requerirle que vuelva a su país? ¿Cómo va a conseguir ahora las prácticas becadas que necesita para desarrollar su carrera? ¿Cómo vamos a poder vivir los dos cuando mi familia tenga que dejar de sustentarme? ¿Este es el regalo que le depara el día posterior al 8 de marzo?

Ayúdenme a denunciarlo públicamente. Por mi parte, esta misma mañana lo llevaré a la fiscalía, pues estoy firmemente convencido de la prevaricación. Solo soy, de todas formas, David sin honda.

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