LA EXPOSICIÓN A LA RADIACIÓN 5G ALTERA LA CAPACIDAD DE LOS GLÓBULOS ROJOS PARA TRANSPORTAR OXÍGENO

Lo peor no es el coronavirus, sino el escenario que nos están preparando

Lo peor no es el coronavirus, sino el escenario que nos están preparando

Estamos tan amedrentados en nuestras improvisadas cárceles, tan pendientes de los titiriteros de las teles, intoxicadores a destajo en estos días de confinamiento, que hemos perdido la perspectiva de lo que somos y la capacidad de pensar y de razonar por nosotros mismos, acostumbrados ya a tanta obediencia y consigna estúpida. Toda esta situación parte de una gran mentira global, bien urdida en los think tanks de quienes manejan los hilos. ¡Despertad, por favor, que ya es hora! Este grito de alarma va dirigido a las gentes de buena voluntad, que no se imaginan que están siendo traicionadas. ¡Despertad! Nada de lo que está ocurriendo es lo que parece. La incongruencia es tal que, por un lado, nos asustan con los muertos, y por otro, nos ocultan las cifras reales. Es algo muy terrible lo que sucede, pero la epidemia es tan solo una cortina de humo. Lo que hay detrás se irá viendo, aunque ya van dando bastantes datos para ir imaginando el fresco.

Quiero empezar con el aperitivo de estas cifras, que viene bien recordar:
Cada año fallecen en el mundo entre 290.000 y 648.000 personas de gripe estacional, unos 2.000.000 de cáncer, más de 1.500.000 de tuberculosis y casi otros tantos de malaria. Cada día mueren 8.500  niños de hambre. A esto hay que añadir los finados por otros tipos de enfermedades y, ¡ojo al dato!, las que tienen como causa el suicidio, un tema del que los periodistas no debemos hablar –para evitar el efecto contagio—, según nuestro código deontológico, pero que ya va siendo hora de ir rompiéndolo e informar de una gran lacra de nuestro tiempo. Solo así se podrá investigar sobre este asunto de tanta importancia. Las muertes por suicidio se cuentan por millones, sobre todo entre mujeres de mediana edad y adolescentes de la franja entre 15 y 20 años, la llamada generación de cristal.

Otro detalle a tener en cuenta es que en estos días, cada persona que fallece, si le han hecho el test de Covid-19 y dio positivo, aunque la muerte se haya producido por cáncer, enfermedad respiratoria preexistente u otras patologías crónicas, habrá muerto por coronavirus, lo cual no es muy aceptable. El coronavirus es el chivo expiatorio de la criba.

Conviene puntualizar un vector importante: el plan de eutanasia que existe en muchos países del mundo, incluida España, donde ya se estaba sedando “por la puerta de atrás” en muchos hospitales, mucho antes de su aprobación en el Congreso. Recordemos también las palabras de la que fuera directora del FMI, Christine Lagarde, o las del viceprimer ministro de Japón Taro Aso aludiendo a la “desgracia” de que los viejos vivan tantos años. El plan de control poblacional y la famosa Bomba-P son el origen de determinados planes de acción del Tercer mundo, como ciertas vacunas y anticonceptivos de dudosos componentes, y la eugenesia, el aborto y la eutanasia que hemos adoptado los países desarrollados. En mi opinión, esta pandemia está diseñada en esa dirección. Por mucho que nos pese, se pretende eliminar a un sector de la población que ya no es útil. Sabemos –y esto no es opinión—que en algunas residencias de mayores de España han dejado morir a los ancianos de manera deliberada, y que en los hospitales en los primeros días de más aglomeración se utilizó el llamado “protocolo de guerra”, por el cual el sanitario debe elegir quién vive y quién no, pero no atendiendo a derechos individuales sino a derechos colectivos. Se trata –establecen tan tranquilos—de actuar según lo que denominan “ética utilitarista”, donde “el valor principal es el coste-utilidad y de años de vida ajustados por calidad”, de acuerdo al denominado “triaje de guerra”.

Como decía, nunca se nos había recluido hasta el punto de demonizar cada acción que vaya en contra de la norma injusta e inconstitucional del confinamiento. Esto no es una guerra, es mucho peor, porque nos están robando las libertades. Es una situación con un fin común de índole global, pero de la que cada Estado en particular puede hacer un uso u otro. Estoy segura de que en Austria, independientemente del problema económico, se van a seguir manteniendo las libertades individuales [1]. No así en países socialcomunistas como España, donde el Gobierno –el peor que hemos tenido en toda nuestra historia democrática— está utilizando el estado de alarma para imponer su régimen comunista, adueñándose de la sanidad privada –para corromperla y destruirla—y de empresas y organizaciones de ámbito privado, aparte de imponer una censura atroz contra el disidente, como en China, en Cuba o en Venezuela. El que cobraba en paraísos fiscales dinero procedente del narcotráfico, Pablo Iglesias, que como buen comunista tenía el objetivo de hacerse rico y hacernos pobres a todos, cada día vomita alguna de sus bombas fétidas. Su punto de mira son los medios de comunicación privados y, por tanto, libres, que ponen al descubierto sus múltiples trapisondas; y también contra los partidos que no son de su cuerda. Quiere echarnos de España. ¿Alguien decía que esto aquí no pasaría? No sé cuánto tiempo  podremos seguir expresándonos libremente, pero hay más. Nos han robado nuestras vidas. Las personas mayores que han quedado sin sedar, morirán de asco en sus casas. Nos condenarán a usar mascarillas, no por nuestra salud, sino por los pelotazos que se están embolsando algunos listos con su comercialización y comisiones. ¿Nos acostumbraremos a que la Policía y la Guardia Civil nos intercepten para identificarnos, haciéndonos la vida imposible? ¿Nos obligarán a ponernos la vacuna obligatoria, con nanopartículas que dañarán nuestras células? ¿Claudicaremos sabiendo que con ello entregamos nuestro destino, a cambio de poder circular libremente? ¿Accederemos a que nos inserten el famoso chip o preferiremos morir antes que rendirnos al enemigo? Espero no tener que resucitar el espíritu numantino.

Continuando con el argumento, nunca se nos había encerrado en casa ni se había ocupado el espacio público de calles y parques con policías armados pidiendo documentación y tique de compra. ¿Se hace para protegernos o para algo mucho más avieso? Como expresé, forma parte de un plan, que la mayoría no es capaz de ver, porque hay que encajarlo en un recorrido que a muchos ha pasado inadvertido. Primero han roto las familias, han puesto a pelear a hombres y mujeres, y ahora nos ponen a luchar entre nosotros, entre los que aplauden en los balcones y filman a los que van a misa, y los que pasean al perro más de la cuenta o sacan a sus niños autistas a dar una vuelta. Que se lo pregunten a las cajeras de supermercados y a los sanitarios, que son mirados por sus vecinos con recelo. Los más educados se callan, pero otros increpan y los invitan a marcharse a otro lugar “mientras dure esto”.

Que el tema del “bichito” está relacionado con un proyecto de ámbito global no es hablar por hablar, sino una conclusión basada en estudios científicos y médicos, que están a disposición de quien quiera leerlos. La última noticia sobre el Covid-19 sobre el mecanismo de acción del “parásito”, según varios virólogos y sanitarios es que no es infeccioso, sino tóxico, lo cual pone en tela de juicio la manera de afrontar la enfermedad. El médico de urgencias del Centro Médico Maimónides de Nueva York, Cameron Kyle-Sidell asegura –y no es el único—  que “estamos tratando una enfermedad equivocada”, y que los ventiladores están dañando los pulmones de los pacientes porque no se trata de una neumonía viral, sino más bien de una incapacidad para absorber o transportar oxígeno a la sangre. Según esta información, el Covid-19 no infecta al pulmón, como se creía, sino que se une a una parte de la hemoglobina que es la que transporta el oxígeno. Como consecuencia de esta unión, la hemoglobina se destruye y con ella el hematíe. La conclusión es que el “parásito” no produciría infección, sino toxicidad. El resto son descripciones médicas y reacciones biológicas y físicas sobre el oxígeno y la hemoglobina en las que no vamos a ahondar.

Lo más importante de todo esto es que se ha demostrado científicamente que la exposición a la radiación 5G altera la capacidad de los glóbulos rojos para transportar oxígeno. Pero de eso no se quiere oír hablar, a pesar de que existen varios estudios concluyentes sobre la incidencia nociva de la radiación electromagnética en nuestras células y en nuestra psique. Pero la radiación 5G no es comparable a todo lo conocido, según el dosier elaborado por más de doscientos científicos independientes. Hace unos días, en el Congreso de Estados Unidos la médica veterana, Sharon Goldberg, experta en contaminación electromagnética, habló sobre sus efectos nocivos en los seres humanos, como daños en el ADN, diabetes, cáncer o enfermedades mentales. Solicitó que antes de implementar la Red 5G se estudiase la literatura científica independiente que hay al respecto. ¡Cómo me gustaría que en nuestras Cámaras se pudiera debatir sobre un tema del que puede depender nuestra salud presente y, sobre todo, futura! Lejos de esto, están censurando todo lo referente a la Red 5G, sobre todo, si se relaciona con el coronavirus. ¿En qué manos estamos?

Y mientras todo esto ocurre, y los sanitarios no saben qué hacer ni cómo frenar la enfermedad, se ocultan los remedios naturales, de los que sí hay estudios sobre su eficacia, y se prohíbe incluso hablar de ellos, como el famoso y denostado MMS, del que están haciendo uso muchos médicos alemanes y suizos, e incluso españoles. Parece que nuestra sanidad prefiere personas muertas que curadas por dióxido de cloro. Las palabras de Donald Trump cuando, motu proprio, decidió autorizar el uso de hidroxicloroquina, utilizado contra la malaria, pero no aprobado su uso contra el Covid-19, fueron contundentes: “No podemos esperar un año, no hay tiempo para hacer las pruebas, la gente se está muriendo, no perdemos nada por probar”. Evidente. El presidente también le acaba de retirar la aportación a la OMS, a quien la acusa de ser cómplice de la pandemia, debido a intereses económicos y políticos. Hacen falta más Trumps. Por desgracia, en España, nos ha tocado la peor crisis, con los peores políticos, los más ineptos, los más corruptos y los más capaces de las peores maldades.

 

[1]. La organización Open Society de George Soros, a cuyas órdenes actúa el presidente Pedro Sánchez han sido expulsadas de Austria. El canciller Sebastian Kurtz dijo al respecto: “El espectro de George Soros es el mayor desafío al que se enfrenta la humanidad en el mundo en 2017. Es un gran calamar vampiro envuelto en la faz de la humanidad, insertando implacablemente su embudo de sangre en todo lo que huele a dinero, usando este dinero para comprar políticos corruptos, periodistas y el sector público, y tratando de crear el mundo a su imagen”.

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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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