Francisco J. Carrillo: «Gobierno de gran coalición constitucional a la Europea»

Francisco J. Carrillo: "Gobierno de gran coalición constitucional a la Europea"

La aguda crisis social y económica, nacional y mundial, parece aconsejar para España -con urgencia- un gobierno de concentración nacional de naturaleza técnica (científicos, sociólogos, filósofos, economistas, juristas iusinternacionalistas y otros…), que garantizara la unidad de acción centralizada ante la relevancia de la crisis sanitaria y de salud pública, con un director de orquesta articulado con Las Cortes de la Nación y con los operativos de las Comunidades autónomas y la Federación de Municipios y Provincias. El día después es hoy una quimera de no mediar pronto un tratamiento eficaz contra el COVID-19 y una vacuna también eficaz para prevenir esas nuevas olas, segunda o tercera, que algunos epidemiólogos avanzan como hipótesis prospectiva. Se puede perfilar ya una profunda crisis de la economía real, una recesión, con un desempleo que tocará a millones de personas concretas y a una significativa baja del poder adquisitivo. Es prácticamente imposible prever una reactivación de la economía y de las relaciones sociales según el mismo modelo que prevaleció antes de la presencia devastadora del coronavirus actual. La visión catastrofista que nos espera, y de la que vivimos sus prolegómenos, requiere (ya lo requiere) un pacto sólido y con prioridades claras de un gobierno de “Gran Coalición” constitucional a tenor del concepto de Nación en la vigente Constitución Española de 1978, (Art. 2). El bien común de todas las personas concretas que habitan en la España plural y autonómica creo así lo está exigiendo, pacto apoyado por todos los gobiernos autonómicos sin excepción. Hoy me parece evidente no debería caber pensar en electoralismos sino en conjugar fuerzas y aunar voluntades políticas.

No se trata de un ejército europeo con un enemigo visible en una tercera guerra mundial. Mas bien pienso nos encontramos en una lucha universal, con muchos ejércitos sanitarios contra un virus activo y agresivo con contagio exponencial por el momento. Este virus, para no contagiar, está logrando enclaustrar, confinar, aislar a la gran parte de la población del Planeta en sus casas, logrando un despliegue de recursos sanitarios y asistenciales apoyados por la segunda digitalización. Al tratarse de una pandemia, las respuestas y los recursos disponibles es proporcional a las estructuras médico-asistenciales y a la economía de cada país. Cierto es que la totalidad de los países del mundo están interconectados; pero unos más y otros menos. El estilo de globalización en la que todos estamos inmersos impone ciertas reglas de juego en la que poco cuentan la mayor parte de países de la Tierra. A nivel global, la desigualdad es un hecho como lo están probando los laboratorios de investigación de punta, concentrados en un reducido número de países en estrecha vinculación con un puñado de grandes industrias multinacionales de producción de medicamentos. En el campo de la salud -como en otros- existe un grave problema de patentes. Se trata de una lucha sin cuartel que ahora se ha puesto más de manifiesto ante la pandemia frente a la que nos encontramos. Esta lucha sin cuartel repercute sin la menor duda en la fractura entre países ricos y países pobre o en vías de desarrollo en muchos terrenos, aunque el que hoy nos interesa es el de la democratización de la ciencia a nivel planetario, el de la formación de investigadores, así como de un personal sanitario preparado para dar respuestas en cualquier país al que hay que dotar con las estructuras básicas. El COVID-19 ha desvelado esta desigualdad en toda su crudeza.

La lucha contra el presente coronavirus se ha convertido en guerras nacionales contra esta invisible amenaza. Pero cada día que pasa parece haber más conciencia de que también se trata de una lucha global de cooperación y de solidaridad, sin esperar los tratamientos y la vacuna que llegarán. Los mecanismos de la globalización y de los intercambios de personas se han puesto en entredicho. En el día después será necesario analizar y modificar lo que sea necesario. En particular, priorizando a las personas que habitan el Planeta. Se habla ya de un «Plan Marshall» para el día después. El original plan, financiado por los Estados Unidos, ayudó a recomponer la economía destruida tras la II Guerra Mundial. ¿Quién lo financiaría? ¿Quedaría limitado a Europa?

Pienso en las personas y las economías de países pobres o en vías de desarrollo. Pienso en particular en África en donde ya está presente el COVID-19, cuyo crecimiento demográfico concentrará más de un tercio de la población mundial en algunas décadas. Pienso en los países con guerras que continúan y en las grandes aglomeraciones de personas humanas en los diversos campos de refugiados a los que no se les puede confinar en sus casas porque no tienen casas. Pienso en las frágiles estructuras sanitarias de la mayoría de los países de América Latina. Pienso en el porcentaje de pobreza en el mundo con sistemas inmunitarios disminuidos. Detrás de la estadística hay personas concretas, aquí y allí. Y en los días por venir nos irán llegando las estadísticas de los de allí.

Me pregunto cómo ha sido posible, con tanta riqueza y potencial concentrados en los países altamente desarrollados que no haya sido posible la cooperación científica entre ellos no sólo para predecir lo que nos ha llegado, sino para evitar que nos llegue. ¿Cómo es posible, ante situación tan grave a nivel poblacional, que no se deroguen radicalmente las reglas de juego del secreto industrial y se aúnen esfuerzos para descubrir tratamientos y vacunas fiables? Quizá se está haciendo, pero ello no se refleja en los teletipos. Se tiene la impresión de que la lucha sigue siendo sin cuartel y cada cual a la suyo con miras al mercado y a la hegemonía mundial. Y vuelvo a interrogarme: ¿prevalecerá en el día después esta guerra sin cuartel y que las cosas sigan siendo como han sido hasta ahora? La propuesta del Papa Francisco de una «Casa Común» o se abre paso (porque además es la única propuesta de una autoridad mundial) o volveremos al campo de minas.

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