Rubén Serrano Alfaro: «Triple CCC»

Rubén Serrano Alfaro: "Triple CCC"

Atravesamos tiempos duros. Duros, inciertos y volátiles. Mientras escribo estas líneas, más de un tercio de la población mundial está confinada en sus casas. Las restricciones de dichos confinamientos varían de un país a otro, de un continente a otro. Es más, a día de hoy, gobiernos como el de Estados Unidos, liderado por una especie de “quiero y no puedo” visionario mundial, ya están pensando en reabrir sus países lo antes posible, con medidas cautelares ciertamente, pero con el fin en mente de hacer resurgir sus respectivas economías que tanto han sido y van a ser dañadas por el impacto de la crisis humanitaria causada por el coronavirus. La vuelta a la vida normal, o a la “nueva normalidad” (como está en boga llamarlo), es anhelada por medio mundo. El plan de ruta que nos llega desde las altas instituciones sanitarias, como la Organización Mundial de la Salud, es claro: las medidas severas de distanciamiento social deben seguir en vigor en lugares donde se estime que la pandemia aún no ha alcanzado su pico. El mismo director de la OMS, Michael J. Ryan, alertó en una de sus comparecencias a finales de abril del peligro que puede suponer para los países impacientarse en los planes de desescalada y el levantamiento de las medidas restrictivas demasiado pronto. J. Ryan subrayó que esto podría suponer graves consecuencias para la sociedad, además de un rebrote de la pandemia todavía más pronunciado del que se está viviendo actualmente.

Sin embargo, mientras que los casos de coronavirus siguen incrementando globalmente y, aun así, ciertos países empiezan las desescaladas en sus respectivas esferas nacionales, nuevas investigaciones han podido comprobar que el aire más limpio resultante del confinamiento mundial ya ha provocado un notable descenso en el número de muertes causadas por la contaminación atmosférica este año con respecto a años anteriores. El Centro para la Investigación sobre Energía y Aire Limpio (CREA, por sus siglas en inglés), una institución independiente dedicada a estudiar los efectos de la contaminación atmosférica, calcula que se han evitado 11.000 muertes en Europa durante el mes de abril (de las cuales 1.081 en España) fruto de la reducción de la movilidad y la menor contaminación emitida a la atmósfera. La institución estima que la reducción de gases emitidos por el consumo de combustibles fósiles ha disminuido, de media y con respecto al mismo período del año anterior, un 40% los niveles de dióxido de nitrógeno (NO2) y un 10 % las partículas en suspensión PM2.5. Juntas suelen ser responsables de unas 470.000 muertes en Europa cada año.

Una respuesta al brote de coronavirus que ha provocado reacciones mixtas por parte de los científicos es la forma en la que muchas comunidades, países y regiones han dado grandes pasos para protegerse mutuamente frente a esta crisis sanitaria. La velocidad y el alcance de la respuesta a la pandemia por parte de la Comunidad Internacional en sí ha creado cierta esperanza de que, en el futuro, también se puedan tomar medidas rápidas relativas al cambio climático, siempre y cuando la amenaza que supone se trate con la misma urgencia.

Según Donna Greem, profesora asociada en la universidad de New South Wale’s Climate Change Research Center en nueva Zelanda, “esto muestra que, tanto a nivel nacional como a nivel internacional, si se quiere actuar, se actúa. Entonces, ¿por qué aún no se han tomado las medidas adecuadas en relación al clima? Y no con meras palabras, sino con verdaderas actuaciones”.

The Triple CCC – término proveniente del inglés cuyas siglas quieren decir Corona Climate Chaos, y que yo mismo he acuñado – es una realidad sustancial. El vínculo suprahumano que mantienen estas dos crisis es imposible de eludir. La crisis del Covid-19 será, indudablemente, un punto de inflexión en la historia de la humanidad. Sus consecuencias, ya no solo humanitarias, pero también económicas y políticas serán masivas. Por su parte, la crisis climática es el verdadero desafío del siglo XXI. Fue la naturaleza que nos trajo la dichosa pandemia que tanto ha cambiado nuestras vidas, pero somos nosotros quienes llevamos décadas provocando constante pandemias ecológicas en nuestros ecosistemas. ¿De qué nos sirve salvar a la humanidad si a la vez destruimos nuestra única morada? Igual es una señal de que, o salvamos a la Madre Tierra ahora, mientras aún se puede, o ya no nos valdrá atrincherarnos en nuestras casas para salvar una hecatombe ecológica. Pensemos con criterio; exijamos a nuestros líderes actuaciones sensatas; no dejemos de luchar. En palabras del filósofo Markus Gabriel: “La crisis de la Covid-19 es la antesala de una mayor: la ecológica”. Veremos, pues, si nuestros líderes sucumben a la presión mundial…si es que verdaderamente hay una presión mundial real (y no hablo tan solo de los poderes públicos y de las grandes empresas).

En definitiva, en vista de un futuro climático ciertamente desalentador os insto, desde mi humilde ignorancia, a aprovechar estas últimas semanas de confinamiento “parcial” para reflexionar sobre si seríais capaces de quedaros en casa durante 2 meses si la perennidad del medioambiente dependiera de ello. Igual sí que depende. No lo sé. A fin de cuentas, tan solo soy un mero observador incansable de las fuerzas y factores interactuantes que determinan el proceso de desarrollo de la historia. En todo caso, lo que sí que tengo claro es que la naturaleza no necesita el ser humano para nada; somos nosotros quienes la necesitamos a toda costa, por mucho que queramos negarlo. Por ello, para la salvaguarda del “gran ecosistema mundial” yo sí que aplaudiría. Pero a todas horas, en cualquier momento y de cualquier manera…porque la Tierra se lo merece. Viento en popa a toda vela: “¡VIVA EL MUNDO!”. Pero no la humanidad. Porque en ella, de momento, no creo. The chaos won’t be defeated that easily. Os cito dentro de una decena de años……

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