Juan Antonio Cordero Alonso: «Cada uno va teniendo sus propias manías desde que nace»

Juan Antonio Cordero Alonso: "Cada uno va teniendo sus propias manías desde que nace"

Seguramente el ADN tiene mucho que ver, pero con la edad, éstas, las manías, se van puliendo y depurando según nuestro histórico personal que incluye, en general, una larga fila fracasos y otra corta de logros. Y digo corta porque cuando intentas dejar negro sobre blanco tu currículo en un papel, donde sólo caben los méritos individuales y aquellos de autoría compartida demostrada y verificable, previa y no a posteriori, con nombre y apellidos del resto de autores bajo el título o a pie de página, la cosa se queda en nada.

Y claro un currículo vacío, donde no quepan tareas menesterosas del tipo «colocar sillas para un mitin» o similares, ni las mentiras ni las medias verdades, ni el mecenazgo de turbios personajes de tan baja estatura moral como estética que no buscan talento sino de mercadeo de palmeros y atajos al cielo, pues que les voy a contar, no queda muy bien.

Pero es que las trolas, los embustes y los engaños tienen corto recorrido en estos tiempos de tecnología digital.

Con lo felices que estaban estos personajes que decían ser ingenieros, abogados, médicos, etc. porque el papel lo admite todo, sin cursos ni exámenes ni tasas académicas ni títulos, ni tampoco conocimientos.

Tuvo que venir Google a aguarle la fiesta a estos patanes medradores sin esfuerzo ni preparación, espabilados pero incultos, cuyo currículo inventado sólo lograba abrirse paso en la política, no en la empresa ni en la función pública. Pero ya sabemos que en la política vale y cabe todo. Y así nos va.

Estos vividores existen a montones entre nuestros políticos del Estado, de las CCAA, de la Oposición y de la Guardia Civil, por citar sólo algunos, y se reparten bastante democráticamente, es decir con proporcionalidad, entre todos nuestros partidos. De hecho, debe ser la Política con mayúscula, el mayor refugio de truhanes dentro de nuestro territorio patrio. Para ser político vale cualquiera, no como para estudiar Bachillerato que hace falta aprobar eso de la ESO.

Alguno ha debido de morder el polvo ante la posibilidad ver publicado su engaño y la contingencia de desvanecerse un nivel de vida acorde con una cualificación falsa. Una mentira mantenida y no enmendada durante el tiempo necesario, que era mucho.

Menos mal que parece que esa plaga de veracidad curricular tiene los días contados.

Parece que los sinsabores de una parte de nuestra casta política, la más ágil en el tema del arribismo, está arreglando los déficits curriculares de nuestros representantes, elegidos o digitalizados, de una forma grosera y chusca, como corresponde a la zafiedad de los mencionados.

Parece ser, también, que están fabricando unas máquinas, con nombres de reyes, escritores, etc., muy caras de mantenimiento, pues requieren mucho personal con currículo cualificado en agrandar currículos, que es lo suyo. Los costos del blanqueo del desconocimiento, antes o después, los pagamos todos con nuestros impuestos como ya debe suponer el lector.

¿Cuál es la finalidad de ampliar el currículo desde el desinterés, cuando no del desprecio, por el conocimiento? ¿Por qué esforzarse en que los demás te reconozcan lo que tú no te reconoces? ¿Por qué desear obtener reconocimiento sin la preparación que lo respalde? ¿Tienen respuestas estas preguntas? Sí. Al menos una. Y es que en el fondo todos pensamos igual. Ellos también. Que el cargo que estás ocupando o vas a ocupar te va demasiado grande para los mimbres y muebles con que pueblas tu cabeza y cubrirse las espaldas es la primera acción de cualquier superviviente.

Ahora, por un módico precio (en dinero, especies o influencias, donde el tráfico vuela), se puede estudiar una carrera sin pasar por la «facultad», sin presencia exigible y con exámenes/trabajos de corta-pega, de matute, obtener un doctorado escrito por un negro que es blanco y muchos casos más que aún están calentitos y a la vista de cualquiera.

En los países de la Europa de la Reforma, la del norte, estos casos aquí normales son eliminados de forma fulminante. Aquí, en la del sur, la de la Contrarreforma, no. Aquí, perdonamos más y/o miramos a otro lado. Somos más de quejarnos para que el problema lo resuelva otro que de resolverlo nosotros y apechugar.

A mí no me gusta ese trapicheo con el conocimiento, ese juego de novatos convertidos a expertos a 1.5 Euros el kg, como el precio de la patata repuntia (o Red Puntiac).

Tener un título sin conocimientos es como apropiarse de algo sin pagar lo que vale, como disfrutar cual escalador en la cima pero habiéndola subido en coche. Y no eso vale para nada, excepto en la política, claro.

A mí todo eso no. A mí lo que me gusta es ir directamente el grano. Nada de currículo ni otros subterfugios. Nada de andar mareando la perdiz con el conocimiento. Lo que gusta es mandar y el saber puede ser un atenuante y hasta un cortocircuito. Mejor mandar a pecho descubierto.

A mí lo que me gusta es mandar, pero no mandar por mandar, es decir, siendo excesivamente autoritario (3ª acepción de la palabra fascista según la RAE), sino mandar por el «bien común propio», es decir, -el mío y el de los míos, sin especificar el alcance del posesivo plural-.

A mí me gusta mandar, pero no porque sí, sino porque, puedo colocar a mis amigos, parientes y demás familia donde ellos por sí mismos no podrían hacerlo, por falta de currículo -claro-, y eso me beneficia a mí y a los míos.

Me gusta mandar porque quiero criar mis hijos, muchos o pocos, holgadamente, verlos crecer corriendo por un verde jardín, chapoteando en una piscina, propia, los meses de estío. No me gustaría verlos hacinados en un piso de 60 metros cuadrados y menos en tiempos de pandemia. Sólo pensarlo me causa angustia.

Me gusta mandar porque puedo llevar hasta el infinito ni solidaridad conceptual con los humildes sin las desventajas de su cercanía y contacto, que puedo evitar porque para eso yo mando.

Me gusta mandar porque me encanta socializar lo que es de todos, pero tengo serios problemas en hacer lo propio con lo mío. A veces soy incapaz de explicarme estas rarezas.

Me gusta mandar porque me gusta «dictar» normas que sólo yo puedo presumir ostentosamente no cumplirlas.

Me gusta mandar porque me gusta escribir en el BOE, modelar realidades a mi gusto y elaborar partidas presupuestarias según mis preferencias, que son mis verdaderas varas de medir.

Me gusta mandar porque me gusta ver la distancia cotidiana con los mandados y porque eso me ayuda a sentirme, frente a ellos, como un dios.

Un dios, sí, pero sin currículo.

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