Francisco J. Carrillo: «Tiempos de utopías razonables.Desde la reclusión»

Francisco J. Carrillo: "Tiempos de utopías razonables.Desde la reclusión"

¿No es el arte una utopía razonable al buscar la belleza? Todo artista recrea porque no es Adán. Y en el proceso de recreación converge una multitud de elementos sensoriales que indudablemente conducen a recopiar de la naturaleza en un plagio sometido al ritmo de aluviones sucesivos. Catarsis que se lleva a cabo en el estricto confinamiento de los poetas, pintores, escultores y escritores en general, herederos de una noria de percepciones del imaginario personal, estrictamente individualista, que mira de reojo al pasado de inspiración recreadora para sorprenderse a sí mismo y para cautivar al mercado, al cliente, al mecenas como fue el caso de seducir en otras épocas a papas, reyes y a cambistas.

El acto de recrear, de recopiar, de replagiar tiene lugar en la más estricta intimidad de un confinamiento voluntario que el recreador, el recopiador o el replagiador lo convierte en su propia arca de la alianza desde donde sale a la calle para exponerse en galerías, librerías o en parques y jardines. Quedé muy perplejo en París, en el “Mayo 68”, cuando se llegaba a afirmar que cada anónimo poema escrito en los paredes y muros de la ciudad era «obra colectiva»; no lo era. Sin duda había sido escrito, previamente, en la reclusión de alguna buhardilla o en una mesa de un café de Saint Germain des Prés por un individuo concreto quizás en Les Deux Magots. Desde allí fue llevado para transcribirlo como elemento de la pátina mural parisina. Acto antiegolátrico por excelencia.

Pienso que el poeta fue siempre el artista más confinado de entre todos los recreadores, recopiadores y replagiadores. Todo él necesita sus referencias próximas, sus manías de cachivaches, las fotos de sus simbólicos pensadores, libros, pinceles y lápices mil, diccionarios en sus diversas ediciones, su autofoto con célebres miembros del gremio correspondiente, quizás un gato o un perro bretón según la capacidad adquisitiva, recortes de periódicos o de proverbios apresados con chincheta en el reflexivo lugar del estudio. Ese cúmulo de referentes expresan, sea la voluntad de romper con el aislamiento, sea de incrementarlo con soportes del ego propio, mientras se pregunta si la próxima vez saltará a la fama por el balcón de su propia reclusión con un definitivo «estilo propio».

En estos tiempos de confinamiento personal, aunque suelo ser bastante confinado voluntario en contraste con mi anterior vida demasiado expuesta en público escenario por profesión y oficio, me dio por la relectura que inicié con Odisea ese gran Quijote de la Antigüedad, me reencontré en la última estación de Ana Karenina, recorrí de nuevo las cloacas de París guiado por Los Miserables, volví a los escenarios de la guerra, esa gran epidemia, con versos de Paul Celan, busqué la reincidencia con Boabdil en Antonio Soler y en El pedestal de las estatuas de Antonio Gala, me acogí a la agradable lectura del Quijote versión Trapiello, merodeé a través de las páginas teresianas de Espido Freire, consulté por undécima vez Transición, de Santos Juliá, como personal homenaje póstumo, regresé al desgarramiento íntimo con Baudelaire y repasé la historia de El Debate como parte fundamental de la historia técnica del periodismo en España y, ahora, entre manos, Islam y Libertad (versión francesa original) de mi admirado y recordado amigo Mohamed Charfi que me lleva irremediablemente al Qumrán, a la Biblia (Antiguo y Nuevo Testamento) y al Corán en una encrucijada de principios y lugares comunes.

A pesar de mis hábitos conventuales, ello no es obstáculo para un vino real con jamón de castañas, un museo virtual, un concierto a distancia (Salzburgo, ¿cuándo te volveré a ver?) o algún debate por teleconferencia con el Club de Roma y con el entrañable ponente economista profesoral y embajador Senén Florensa con moderación de otro amigo, Jaime Lanaspa.La desescalada, como la llaman, es un utopía razonable y necesaria con sobrevuelo de una espada de Damocles sobre la que apenas nada se sabe. ¿Rebrotará el ataque multipolar de la COVID-19 con nuevos confinamientos generales o locales? Todo es hipotesis. Lo cierto es que la puesta en marcha, el arranque, de la libre circulación de personas a nivel mundial es el factor privilegiado por los especialistas del rebrote de los contagios. Pero al mismo tiempo, es la práctica de la alteridad consustancial a la especie humana. ¿Acaso las máscaras no embellecieron al teatro griego e, incluso, al Carnaval de Venecia que ancla su estética, quizá sin público conocimiento, en aquellas que se generalizaron durante la peste negra para protegerse de los infectados y para impedir infectar? ¿Y aquel impactante Baile de Máscaras, de Giuseppe Verdi?

Parece que estamos etimológicamente en tiempos de mascaradas con distancia social. No hay otra solución hasta que se haga realidad la utopía razonable y toquen a vacunación universal.

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