Laureano Benitez Grande-Caballero: «Zombies rigurosamente vigilados: Ostre sledovane blaky»

Laureano Benitez Grande-Caballero: "Zombies rigurosamente vigilados: Ostre sledovane blaky"

Hace casi un año escribí un artículo titulado «Trenes rigurosamente vigilados: así que la democracia era esto», basado en una película checa de 1966 ― Ostre sledovane blaky― que consiguió el «Óscar» a la mejor película extranjera, artículo en el que denunciaba el horror de la dictadura política y tecnológica española que nos engullía en un dantesco Matrix totalitario y perverso, disfrazado de democracia igual que una maligna bruja se disfraza de princesita dulzona, sin verrugas ni nada, sin garfios afiliados ni asquerosos bubones.

Desde que empezó el terror totalitario disfrazado bajo «estado de alarma», este alevoso golpe de estado contra nuestros derechos y libertades, este asalto descarado a nuestra economía creador de las colas del hambre, he vuelto a recordar este artículo, por motivos que ustedes se pueden imaginar, ya que la dictadura que condenaba en él se ha quedado pequeña ante el aluvión orwelliano que aplica sus garras en nuestra garganta, sus patadas en nuestros cataplines, sus esputos infectos en nuestro rostro, conformando una pesadilla de tal calibre, que estamos ya plenamente inmersos en un apocalipsis zombie que de virtual no tiene nada.

¡Pobre de mí, que me quejaba de lo rigurosamente vigilados que estaban hace un año nuestros coches, nuestras carreteras, nuestras ideas, nuestras palabras, nuestras cruces, nuestras banderas, nuestros dispositivos electrónicos, nuestros carnets, nuestras tarjetas, nuestro dinero, nuestros votos, nuestros niños, los heteropatriarcas, los patriotas, y la madre que nos parió… Pero, eso sí, en medio de una metamorfosis realmente espectacular, a la inversa de Kafka, pues lo que es una hedionda cucaracha quieren convencernos de que es un bellezón irresistible, una democracia superlativa.

¿Cómo puedo explicarles la tremenda repugnancia que siento ante esta atroz dictadura disfrazada de política filantrópica para preservar nuestra salud, porque nuestros políticos, nuestros médicos, nuestros policías, nuestros obispos, nuestros periodistas y nuestras televisiones nos aman con locura y se interesan por nuestro bienestar? ¿Con qué palabras describir el mundo dantesco que me rodea, que se me aparece lleno de repugnantes cucarachas a cada paso que doy, y donde el pasmo al ver la estupidez cósmica de la gente con bozal se mezcla con una indignación incontenible al ver cómo se ha lobotomizado y esclavizado a la inmensa mayoría de la población, reducida ya a un nivel subhumano, ganadero, corderitos en flor listos para el matadero, que ofrecerán gustosamente su cuello a la degollina igual que su brazo a la maléfica vacuna, que su alma al satánico chip que les robará el alma y la vida.

Calles rigurosamente vigiladas, donde espectros enmascarillados deambulan como almas en pena vigilando por el rabillo del ojo que nadie les vaya infectar, que ningún humano perverso les contagie con ese virus tan horrendo y devastador, que sólo se contagia a menos de un metro de distancia, por medio de alguien que tosa o estornude en tu dirección… y que esté infectado con síntomas, claro.

Microbios rigurosamente vigilados, esos seres diminutos que han formado parte de nuestra historia desde el big bang, presentes en nuestro mundo en cantidades inconcebible, que siempre nos rodean con su presencia invisible, de los cuales ―si hablamos de coronavirus― solamente tres tienen capacidad para crear algún problema a los seres humanos… microbiosillos exterminados salvajemente por desinfectantes, lejías, ozonos y toda una terrible parafernalia que nos hace caer en la hipocondría, en la paranoia…

Playas rigurosamente vigiladas, donde drones, videosensores, y toda una execrable parafernalia tecnológica ausculta y vigila inmisericorde a los bañistas, a los tomantes del sol, a los ciudadanos que después de la tortura de confinamiento se atreven a vigorizar su salud.

Temperatura rigurosamente vigilada cuando entras en algunos sitios, mediante un dispositivo último grito que te la toma en un pis pas.

Aeropuertos rigurosamente vigilados, donde dentro de poco será imposible coger un avión si no tienes un pasaporte de salud digital, con datos biométricos rigurosamente vigilados, con vacunas rigurosamente vigiladas, con tus contactos rigurosamente vigilados, con la madre que te parió rigurosamente vigilada.
Móviles rigurosamente vigilados, donde sin tu consentimiento te ponen aplicaciones para rastrear tus contactos, para geolocalizarte, para escuchar tus conversaciones, chipeados hasta el corvejón.

Distancias interpersonales rigurosamente vigiladas, hasta el punto de que en Italia han cogido a 60.000 mil voluntarios con la intención de que vigilen que los zombies mantenga la distancia de seguridad por aquello del monstruo coronavírico… Y en Bélgica colocan a los trabajadores unas pulseras que emiten pitidos cuando la distancia entre las personas es menor de cinco pies…

Niños rigurosamente vigilados, que serán sometidos desde ya a vacunaciones obligatorias que les introducirán en su cuerpo metales pesados, porquería fetal, sustancias repugnantes, y toda clase de mierdas tóxicas.

Vacunas rigurosamente vigiladas, que intentarán imponernos de manera obligatoria, bajo la amenaza de ser un desterrado y un paria si no te la pones, un marginado que no podrá ni sacarse el carné de conducir, ni trabajar, ni viajar en transporte público… Vacunas que nos traerán de regalo un chip satánico con el que nos controlarán si hemos pasado o no el coronavirus, si nos hemos hecho el test o no, si nos hemos vacunado o no, donde se nos vigilará todo nuestro historial médico y otras cosas de las que no quiero ni acordarme.

Dinero rigurosamente vigilado, que dentro de poco pasará a ser exclusivamente electrónico, con el fin de que de esta manera puede estar rigurosamente vigilado, desapareciendo el dinero físico por aquello de que es una fuente de contagio: vaya, la cantidad de dinero en moneda y en billetes que he manejado toda mi vida, y aún sigo vivo, ¡qué suerte, amigos!

Zombies rigurosamente vigilados, a los que se ha confinado en casa, a los que se les dice que desinfecten todo, que llevan mascarilla en todos sitios y a todas horas aunque no haga falta según dice la ley, porque con esas medida antihigiénicas que atentan contra la salud de la gente los poderes satánicos que nos gobiernan quieren debilitar nuestro sistema inmunológico, al evitarnos cualquier tipo de contacto con los súpermillones de microorganismos que nos rodean, los cuales son los que nos dan la inmunidad que necesitamos para defendernos de los agentes patógenos.

Pandemias rigurosamente vigiladas, rigurosamente planificadas, porque ya se está anunciando la siguiente oleada, que, al pillar a las poblaciones con un sistema inmunológico debilitado, producirán mucha más mortandad y mucho más caos, y así, de una vez por todas, supliquemos lastimosamente que se nos ponga la vacuna salvadora, el chip mesiánico, gritando aquello de «¡Yo primero! ¡Yo primero!».

Cerebros rigurosamente vigilados por las satánicas torres del 5G, tecnología reptiliana de una maldad imposible de explicar, que, además de atentar contra nuestra salud con sus ondas milimétricas, no lavará el cerebro de tal manera que nos robará a la identidad, la dignidad y el alma, convirtiéndonos en marionetas tecnológicas del Sr. de las Torres, que manejando sus antenas nos convertirá en bufones enfermizos, en apéndices de sus inteligencias artificiales…

Como no podía ser menos, ya se ha hecho la primera película sobre la pandemia, una sátira de terror de serie B, titulada «Corona Zombies», en la cual se narra que el virus convierte a los contagiados en muertos vivientes, que salen de sus tumbas y devoran a todo ser humano a su paso, creando así más zombis.
En mi artículo no pretendo ir tan lejos, porque los zombies se fabrican de una manera más sencilla: basta con ir con mascarilla aunque estés solo en un bosque ―juro que los he visto―, aunque estés solo dentro de un coche ―juro que los he visto―, aunque estés casi solo en un parque semivacío ―juro que los he visto―, aunque estés en una calle donde la gente está a bastantes metros de distancia ―juro que los he visto―… Te la pones ¡y ya está!: así de fácil, bienvenido al apocalipsis zombie.

Pero, amigos, ellos tendrán «el ojo de Horus», el ojo que todo lo ve, encima de sus maléficas pirámides, vigilando todo como un terrorífico «Gran Hermano», pero recordad que, por encima de toda esta basura totalitaria, sobrepasando con creces este horror despótico, Dios todo lo ve, y al final juzga.
Sin embargo, mientras llega esa parusía feliz, os ruego encarecidamente que no cedáis a la dictadura, que defendáis vuestros derechos, que combatáis por recuperar nuestras libertades, que recuperéis vuestra dignidad, que abráis los ojos y os despojéis de vuestras mascarillas, que seáis libres, que no os dejéis esclavizar por nada ni por nadie, que rechacéis las normas totalitarias y abusivas, las vacunas y los chips, que vigiléis que no os vigilen… Porque no somos zombies, sino seres humanos, hijos de Dios

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