Anián Berto : ‘Salvador Illa, un ministro de Sanidad facultado que no distingue una tirita de un pasaje del Quijote. Menos mal que San Pedro ha salvado a 400.000 españoles’

Anián Berto : 'Salvador Illa, un ministro de Sanidad facultado que no distingue una tirita de un pasaje del Quijote. Menos mal que San Pedro ha salvado a 400.000 españoles'

Los españoles se definen por su carácter abierto, capacidad de sacrificio, hospitalarios y amantes de la vida. Algunos defectillos también se nos atribuyen, pero intentamos hacerlos virtudes. Por ejemplo la envidia; nos sirve de acicate para reinventarnos y superar metas, y en último extremo se trata de ‘envidia sana’. La mentira; pero son piadosas, benevolentes y proferidas para salvar males peores, y la avaricia; que no deja de ser el pan de hoy en previsión del hambre de mañana, aunque se hunda el vecino y al prójimo sólo le lleguen las migajas. La cosa es acaparar, llenar la mochila aunque sea a costas de los demás. Y para esto no hay rehabilitación, eh. Es condición humana, aunque algunos (y algunas) no ejerzan por principios educacionales, e incluso por llevarlo de fábrica. Made in Spain.

Estos tres preceptos pecaminosos, pueden servirnos cómo metáfora para entender al humano ibérico en pleno bullicio social, político y económico, aunque lo primero es la salud, qué no sólo es la ausencia de enfermedad, sino también es el bienestar social, mental y físico.
Sé consigue. Claro que se logra la felicidad completa. Eso que es cíclico, a ratos, por temporadas o nunca es plena, deja de ser quimérico.

Si cada mañana se te olvida lo del virus (que utilices la mascarilla cómo moderno complemento de vestir), veas pocos telediarios (ninguno), la distancia que sea simple unidad de medida (sin metro), que consideres a Simón cómo ‘colega y uno más de la familia’, pariente de Illa y primo segundo de Marlaska. Así podrás reconocer a Pedro Sánchez cómo salvavidas y Ángel de la Guarda. Además, la seguridad y la autoestima sube, la protección es un bunker y España será esperanzadora de buenos augurios. Por qué lo malo le ocurre a los demás, y si están lejos no alcanza la visión y tampoco la imaginación resolutiva. Total, siempre nos sonó que China está muy lejos (el chino no) y ‘España está donde debe estar’. Qué una cosa es el concepto y otra la percepción, aquí queda claro y la palabra sellada por el filósofo francés, Gilles Deleuze ‘precepto’, sólo sirve de exculpación.

No se conforma quién no quiere, y mira que el gobierno nos lo tiene dicho: ‘salimos juntos, más fuerte y nadie quedará atrás’. Vamos, que ‘el sálvese quién pueda’ es cómo lo del primo Simón : ‘En España no habrá más de dos o tres casos de contagio’ o ‘no es necesario que la población utilice mascarillas. No hace falta’. Pues menos mal, sino llevamos ya más de 90 días enmascarados y obligados, por no mencionar la cantidad de personas no protegidas que se contagiaron por las recomendaciones del médico zaragozano Fernando Simón, responsable de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias dependiente del ministerio de Sanidad. Además corroborado por el ministro titular, que no le va a la zaga.

Salvador (qué de casta le viene el nombre), no tuvo acierto ni en la información, tampoco en la gestión ni en la firma de facturas de compras. Y mira que Illa es un ministro de sanidad facultado, eh. Master en economía, licenciado en filosofía, profesor asociado e incluso alcalde de su pueblo natal, La Roca del Vallés, pero no se le presume saber que es un apósito cicatrizante, entiéndase una ‘tirita de toda la vida’. Le suena a una frase del Quijote o a una ecuación cuadrática de una variable, que yo tampoco sé que es, pero seguro no salva vidas.
Con razón en su última comparecencia pública, Salvador Illa manifestó que ‘la pandemia ha supuesto una cura de humildad’.

Algún día el Estado de Derecho se impondrá y tendrá el poder de discernir la verdad del macabro fracaso de la gestión burocrática de la pandemia en España y por qué han muerto 43.000 compatriotas. Las denuncias se acumulan en el Tribunal Supremo por presuntos delitos de prevaricación omisiva. Y menos mal que el presidente Sánchez, convertido en San Pedro, ha salvado a 400.000 españoles con el confinamiento. Qué se me antoja pensar que si hubiera reaccionado antes, lo mismo consigue evitar tanta tragedia por el mismo proceso.
Hay que recordar que al jefe del Ejecutivo le excita esa cifra. Ya nos la anunció, traducida en millones de euros en su primer ‘aló presidente televisivo’, con la vista puesta en Europa para aliviar la crisis que entonces se presumía. De momento en la actualidad España accedería a quedarse en 140.000 millones dentro del Plan de Recuperación europeo y con condiciones que aún habrá que aprobar tras examinar las imposiciones del ‘prestamista de los 27’.

La envidia, la mentira y la vanidad es una trilogía demoledora, aniquila y destruye a la gente, quizá más que el propio virus Covid-19.
No es la primera pandemia vírica que vive España y el Mundo. En otras muchas ocasiones la humanidad sufrió estos estragos, pero ni aún fuimos a la luna, tampoco se vivió la era de la electrónica, ni la informática o la ingeniería de la robótica consiguió que una máquina sea capaz de enseñar a otro robot. Nada de estos avances despuntaban en la imaginación de alguien. Si esta sofisticada tecnología ya es realidad, cabe la duda si prever o preveer adelantarse a los nefastos acontecimientos de Whuhan es tarea imposible para los vigías de la salud pública. Es deprimente el desastre, desoladora la ineptitud y triste el resultado.

El parásito microorganismo nos ha empañado la vida, aún no nos devuelve la normalidad social y lo que es peor nos retrotrae a los años del pasado siglo, desde el 18 al 20, cuando la población ya recurrió a taparse la nariz y boca para evitar contagios por las vías de respiración. Un siglo después nos vemos de milagro, de reojo y con desconfianza, sin otra alternativa sanitaria que nos proteja ni fiabilidad en las actitudes políticas que salveguarden la integridad de la ciudadanía. Dejados a la suerte y de la mano de Dios, a la espera de un tratamiento o vacuna que dé alas a la vida. Así más de un año y medio, en el mejor de los casos.

‘La nueva normalidad’ resulta no ser tan novedosa ni normal. Más bien se trata de una anormalidad social-sanitaria que señala claramente a sus responsables. No puede consentirse cómo algo fortuito y producto del azar.
Pero si de suerte se trata, mejor será soñar en positivo. Es gratis y eleva el optimismo. Hay que dejar de pensar,  ‘¿y si me toca a mi? ‘. ¿Qué cómo se logra?, fácil, sólo se trata de cambiar algún verbo: ¿Y si cae aquí?. No estaría nada mal recibir alguna alegría, que ya está bien, y el ‘gordo’ de diciembre a la buchaca. Lo mismo, incluso sin vacuna, algunos intensifican y fortalecen el sistema inmunitario y del bichito ni hablar. La grasa del jabugo, el bigote del langostino y el paladar del vinillo de la tierra lo cura todo. Es que Spain is different. Lo demás queda en manos de la justicia.
Anián Berto
Periodista – escritor

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