MUCHOS VISITANTES ACUDEN A LA CATEDRAL PARA VER EL LUGAR HABITADO POR QUASIMODO, EL MÍTICO JOROBADO DE NOTRE DAME, ENAMORADO DE ESMERALDA

París, un alto en el Camino de Santiago

Satanás contemplando la ciudad desde Notre Dame

París, un alto en el Camino de Santiago

Los turistas hacían cola para subir al campanario de las torres de Notre Dame. Ver in situ los lugares recreados por Víctor Hugo como hábitat de su desgraciado jorobado por un amor imposible, requería algún sacrificio. Tenían que aprovechar el tiempo si querían visitar la catedral.

En el origen de toda construcción religiosa siempre aparecen los testigos del interés del ser humano por la trascendencia. Así, la catedral fue levantada entre el 1163 y el 1345 sobre los restos de la iglesia románica de Saint Etienne, construida a su vez sobre una catedral merovingia, edificada esta sobre un templo romano en honor a Júpiter, sobre los restos de un enclave celta dedicado al culto.

Notre Dame es una de las catedrales góticas más antiguas del mundo y a su imagen se construyeron las de Chartres, Reims y Amiens. La fachada principal da al oeste y tiene tres grandes portadas, la más importante la del Juicio Final, en el centro. Muestra una serie de esculturas de gran impacto que representan la resurrección de los muertos, un ángel con una balanza pesando pecados y virtudes, y el demonio llevándose las almas pecadoras al inframundo. Los dos portales de los lados representan a la Virgen María y a su madre, Santa Ana. Sobre los portales se levanta una galería con 28 estatuas de tres metros y medio de altura, que representan a los reyes de Judea. Hay que decir como detalle curioso que pone de manifiesto, una vez más, la incultura soldadesca, que durante la Revolución francesa estas efigies fueron destruidas porque creían que se trataba de reyes franceses, y han tenido que ser reconstruidas.

Hay que destacar el rosetón encima del portal central. Sobre él hay una hilera de columnas y luego las dos torres con campanario. La del lado sur contiene la denominada galería de las quimeras, añadidas en la reforma del siglo XIX, una serie de gárgolas que representan al demonio, aunque suele dárseles otra lectura. A las torres se accede por el lateral izquierdo. No hay ascensor, por lo que hay que subir a pie 387 escalones.

Muchos visitantes acuden a la catedral para ver el lugar habitado por Quasimodo, el mítico jorobado de Notre Dame, enamorado de Esmeralda, popularizado por Víctor Hugo en su obra Nuestra Señora de París.

Desde la galería de las gárgolas la panorámica sobre la ciudad es espectacular, sobre todo, en los días claros. Las quimeras son sobrecogedoras, pero los visitantes no caen en la cuenta y las ven como simples esculturas. Pocos saben de su auténtico significado. Clara está convencida de que representan al diablo y de que están colocadas estratégicamente en lo alto de la casa de Nuestra Señora, por una poderosa razón. La Virgen es la representación del Bien, la Gran Madre protectora del género humano, sus hijos, en un concepto sincretista, más allá de cualquier religión particular. La fuerza positiva de este arquetipo se neutraliza colocando un símbolo generador de una energía contraria. Utilizando un lenguaje de guerra, es como si el demonio hubiera tomado la torre de Notre Dame, y desde allí controlara a los parisinos.

Clara grababa y sacaba fotografías sin parar, y Virginia permanecía estática mirando fijamente a una de las grotescas figuras.

—Es verdad que producen una sensación extraña… No es miedo… No sé… Es…

—… A mí la que más me espanta es aquella —interrumpió Clara señalando a la de la esquina—. Fíjate, parece que está viva… y mira hacia abajo como queriendo controlarlo todo, como si supiera que todo es suyo.

—Sí, es verdad, aquella y esta —señaló Virginia—. ¡Qué pena que Teresa no esté aquí! Le va a gustar ver las fotos; ya sabes que a ella este tema le interesa mucho. ¿Sergio también cree que representan al demonio? —inquirió.

—Sí, más que yo aún. Pregúntale luego. Cuando vivíamos aquí, veníamos muchas veces. Todo esto le interesa en su vida… y también para sus novelas.

Ya no tenían tiempo de bajar a las catacumbas, otro de los lugares que fascinaban a Clara, donde eran visibles las diferentes culturas superpuestas. Pero sí podían pasear por la explanada de la catedral, kilómetro cero de París, y echar una ojeada a las tiendas de los alrededores. Después, como fin de jornada, nada mejor que el premio de un buen café humeante y crepes en una de las terrazas. Como casi siempre, los atardeceres parisinos de agosto estaban resultando algo más frescos de lo deseable. (De la novela El Códice de Clara Rosenberg, Magdalena del amo, La Regla de Oro Ediciones, Madrid, 2016).

 

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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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