Paul Buchet: «Exilio religioso por pandemia»

Paul Buchet: "Exilio religioso por pandemia"

Estos últimos meses, las religiones han vivido un verdadero destierro con las suspensiones de sus prácticas tradicionales. Se cerraron al público las iglesias, templos y santuarios. ¿Quién podría haber imaginado tal prohibición si no fuera recordando épocas de revoluciones o de regímenes totalitarios?

La crisis de la modernidad ya había relegado las confesiones religiosas en sus ámbitos particulares e individuales pero esta prohibición actual de las actividades religiosas por las autoridades civiles profundiza un sentimiento amargo en mucha gente. Este extrañamiento sorpresivo crea en la feligresía el sentimiento de perder algo esencial, es cómo ser desalojado de algo muy propio. Se podría soportar algunos meses de una cuarentena de este tipo si este coronavirus no fuera el síntoma psicosomático de una sociedad entera en crisis. En sus esfuerzos de globalización, la cultura dominante quiere “ahorrarse” los problemas de fe y pone las preocupaciones y las actividades religiosas “entre- paréntesis”. Se quitaron los crucifijos de los espacios públicos, las leyes se hicieron su propia ética social, se parte a la conquista del espacio dejando en desastre la creación. Y, ahora, se mandaron los cristianos practicantes a su casa. La pandemia desconcierta los mismos líderes religiosos que interrogan sus fieles para saber qué será lo que más añoran en esta privación. Se puede pensar que los evangélicos añoraran mayormente sus reuniones de culto comunitario, los católicos sus sacramentos. Cada uno, barre el piso de su casa para encontrar la moneda perdida como la mujer de la parábola del evangelio (Lucas15,8ss)

La religión (sobre todo la cristiana) jugó siempre un rol importante para la supervivencia y el progreso de la humanidad. La fe aportaba: ideas para entender la existencia, indicaba modos de actuar individualmente y socialmente y además proponía perspectivas para el futuro y poco a poco se silenció lo religioso. En la perspectiva católica, las numerosas intervenciones del Papa Francisco no alcanzan suplir la falta de liderazgo de los obispos y de los líderes religiosos. Por cierto llamaron a la solidaridad a través de sus contactos pastorales, oran pidiendo asistencia divina para la difícil situación que se vive pero sus discursos quedan cortos y dejan grandes vacíos. En esta pandemia, se remplaza los pulpitos por las redes sociales, se promueven emisiones de televisión, videos, las misas en vivo, reuniones en zoom pero muchas veces son iniciativas que buscan hacer sobrevivir sus prácticas institucionales.

Menos mal que las predicaciones de los castigos divinos por un mundo “perverso” quedaron en la historia y que los profetas de apocalipsis se cambiaron en productores de películas de terror. Pero las feligresías y también la sociedad misma esperan unas interpretaciones más adecuadas para vivir con fe ¿Qué pasa con Dios en todo esto? Los problemas que se enfrentan son “de vida y de muerte”, son problemas que necesitan esperanza y perspectivas para el futuro. Lo necesitan los cristianos y también toda la sociedad.
Sin poder hacer una teología del Exilio, se puede aportar algunas resonancias religiosas por lo que se vive. Conviene recordar en primer lugar esta experiencia bíblica del “Exilio” o “deportación” del Pueblo de Israel a Babilonia en el siglo VIº antes de Cristo. Un exiliado nos dejó una balada muy expresiva (el salmo 137 de la Biblia, dice que no puede cantar a Yahvé en tierra extranjera…, que no puede olvidar el templo de Jerusalén (a pesar que sabe que fue destruido), dice: “que mi lengua se me pegue al paladar si no me acuerdo de ti Jerusalén”…

Los cristianos de hoy se lamentan de la misma manera por los vacíos de sus iglesias, el debilitamiento de sus instituciones y el desparramo del cristianismo en numerosas sectas. La deportación, el exilio no es una experiencia de incrédulos es una experiencia de cristianos. Sentirse relegado, despojado es el punto de partida de la fe. Es una oportunidad para los cristianos. En esta crisis muchos cristianos de la tercera edad pueden añorar los tiempos mejores de su Iglesia que conocieron pero las nuevas generaciones tendrán, ellas, que descubrir que la fe no es propiedad de instituciones o comunidades sino que es un desafío personal que se puede presentar como el hallazgo de un tesoro escondido que para conseguirlo se debe estar dispuesto a vender todo lo que tiene (Mateo 23,37ss). Este tesoro es Cristo y su Reino.

En su evangelio, san Lucas (19,41ss) nos muestra Jesús, (judío de corazón), llorando al ver las imponentes murallas de Jerusalén y de su templo. Jesús presintió que, de todo esto, no iba a quedar “piedra sobre piedra”. Echó los vendedores del templo en un gesto purificador. Él mismo murió “exiliado” de su propia religión. A demás, cuando ocurrió la destrucción definitiva del Templo de Jerusalén en el año 70, los primeros judeo-cristianos hicieron la experiencia difícil de dejar las sinagogas. No les fue fácil tampoco a los reformadores separarse de Roma. Y la unión futura de todos los cristianos no se podrá lograr sin pasar por un exilio, la perdida de costumbres y tradiciones particulares. A propósito de esto, San Juan, recuerda la conversación de Jesús con la samaritana, le dijo que en el futuro no se adorará a Dios en un lugar determinado sino que se adorará a Dios “en Espíritu y Verdad.” (Juan 4,19ss)

El cristianismo como todas las religiones acarrea formalismos y tradicionalismos que son los que producen esas experiencias del destierro. Muchas cosas son por corregir en las religiones como en la conducción del mundo. Y cuesta, literalmente “religar” con Dios. El confinamiento obliga a muchos cristianos a pasar por este desierto de falta de ritos y de ceremonias. A otros que “perdieron la fe”, ojala, este tiempo, que deja “en pausa” la sociedad, les sirva como oportunidad para encausar su vida con mejores motivaciones y , si pueden, que encuentren ese tesoro escondido de la benevolencia de Dios para la humanidad, esto les dará la gracia de vivir felices (Mat 13, 44ss).
Y por terminar, para los que siguen lamentándose todavía por la falta de misas o cultos, que lean el consejo de Jesús en Mateo 6,6ss:

“Y cuando oran, no sean como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres, en verdad, les digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu pieza y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará. …

Oren así: “Padre Nuestro…

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