LA MAYORÍA DE LOS PAÍSES DEL PRIMER MUNDO INCLUYEN ENTRE SUS PROGRESOS EL DERECHO A DECIDIR EL MOMENTO DE LA MUERTE, Y EL SUICIDIO ASISTIDO

Las aberraciones de los modernos estados del bienestar

Las aberraciones de los modernos estados del bienestar

Las cotas de bienestar social alcanzadas en las últimas décadas, lejos de hacernos mejores personas, más solidarias y caritativas, nos llevan a ser cada vez más egoístas y egocéntricos. La publicidad nos vende ideas y artilugios para ser cada vez más felices. La ciencia y las nuevas tecnologías nos permiten casi dominar el tiempo y la materia. Pero lo cierto es que vivimos en una suerte de bucle sin fin del que no es fácil salir.

Aparte de los no nacidos, los grandes maltratados son nuestros mayores. En el mundo de hoy, ser viejo se ha convertido casi en una desgracia. Se está conformando una sociedad ramplona y frívola donde los ancianos son considerados como algo gravoso. En una sociedad en la que todo es de usar y tirar, los viejos ya no son rentables. Son, simplemente, clases pasivas. Es una traición que después de haber entregado sus vidas a la sociedad, esta los abandone en residencias y asilos a esperar la muerte. Un amigo mío llama a estos centros, “morideros”, y no le falta razón, aunque nos sonroje reconocerlo. Y si el anciano se resiste a morir, esta sociedad nuestra se encarga de hacerlos desaparecer, dicen que “dignamente”, con una inyección letal.

Algunos países del primer mundo incluyen entre sus progresos el derecho a decidir el momento de la muerte y el suicidio asistido. A este respecto, el Catecismo de la Iglesia Católica que, dicho sea de paso, es el documento más progresista que conocemos, es muy claro. El suicidio y la eutanasia son arbitrariedades moralmente inaceptables por atentar contra la dignidad de la persona humana.

La Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la eutanasia, de 20 de mayo de 1980, establece: “Debe reiterarse con firmeza y ser declarado que nada ni nadie puede permitir que un ser humano vivo inocente sea muerto, bien se trate de un feto, un embrión, un niño, un adulto o un anciano, o bien se trate de un enfermo incurable o de un moribundo. Tampoco le está permitido a nadie solicitar la aplicación de esa acción letal para sí o para otro que esté bajo su responsabilidad, no pudiéndose autorizar tal actuación en ningún caso, ni explícita ni implícitamente. Además, esto no puede ordenarlo ni permitirlo ninguna autoridad legítimamente, pues con ello se produciría la transgresión de una ley divina, una violación contra la dignidad de la persona humana, así como un crimen contra la vida y un atentado contra el género humano”.

Juan Pablo II, en su encíclica El Evangelio de la Vida define la eutanasia con estas palabras: “Adueñarse de la muerte, procurándola de modo anticipado y poniendo así fin ‘dulcemente’ a la propia vida o a la de otro”.

El posicionamiento del papa Benedicto XVI –entonces cardenal Ratzinger—queda explícitamente expresado en una carta dirigida al cardenal estadounidense Theodore McCarrick: “No todos los asuntos morales tienen el mismo peso moral que el aborto y la eutanasia. Por ejemplo, si un católico discrepara con el Santo Padre sobre la aplicación de la pena de muerte o en la decisión de hacer la guerra, no sería considerado, por esta razón, indigno de presentarse a recibir la Sagrada Comunión. Aunque la Iglesia exhorta a las autoridades civiles a buscar la paz, y no la guerra, y a ejercer discreción y misericordia al castigar a criminales, aún sería lícito tomar las armas para repeler a un agresor o recurrir a la pena capital. Puede haber una legítima diversidad de opinión entre católicos respecto de ir a la guerra y aplicar la pena de muerte, pero no, sin embargo, respecto del aborto y la eutanasia”.

Un ser humano no puede admitir el hecho de quitarse la vida a voluntad. Porque somos hijos de Dios y seres únicos con valor intrínseco y absoluto. Porque somos inmortales y el cuerpo es el templo del alma. Porque la vida humana es “el fundamento de todos los bienes, la fuente y condición de toda actividad humana y de toda convivencia social”. Sin el don de la vida corporal no se pueden dar los demás bienes.

No faltan voces que arguyen que se trata de un sentimiento o de una idea religiosa; y no es del todo incierto, lo cual justifica el bien común de las religiones. Sin embargo, hay que decir que muchas personas que no pertenecen a ninguna confesión religiosa rechazan la eutanasia por considerarla un atentado contra la vida humana. Brendan  O´Neil, editor del blog Spiked, dice desde su postura de ateo y humanista radical que no entiende que “el derecho a morir”, tal y como lo reclaman los grupos antivida sea considerado como una causa progresista. También conviene recordar las palabras de Hipócrates, que citamos al tratar el tema del aborto: “Jamás proporcionaré a persona alguna un remedio mortal, si me lo pidiese, ni haré sugestión alguna en tal sentido; tampoco suministraré a mujer alguna un remedio abortivo. Viviré y ejerceré mi arte en santidad y pureza”. El médico griego del siglo V a. C. marcó un antes y un después en la historia de la Medicina. Antes de él, los médicos se dedicaban a curar, pero también quitaban la vida en determinadas circunstancias.

En La República, Platón sugiere que se deje morir a quienes no sean sanos de cuerpo. Tácito, Marco Aurelio, Epícteto y Séneca consideraban, y así lo han expresado, que es lícito optar por la muerte para evitar el sufrimiento. Algunos pueblos primitivos tenían la costumbre de abandonar a sus viejos en lugares apartados para que fueran devorados por los buitres o, sencillamente, los despeñaban [3]. El catolicismo puso de manifiesto la dignidad del ser humano y prohibió estos actos deleznables de épocas de barbarie. Ello no impidió, no obstante, que a lo largo de la historia haya habido ideologías y prácticas más radicales aún que las de tiempos primitivos.

David Hume justifica la eutanasia  “una vez que se admite que la edad, la enfermedad o la desgracia pueden convertir la vida en una carga y hacer de ella algo peor que la aniquilación”. Y añade: “Creo que ningún hombre ha renunciado a la vida si esta mereciera conservarse”. Sin embargo, ve el suicidio como algo condenable  per se, porque viola los deberes y el respeto para consigo mismo. El filósofo inglés tiene en cuenta lo que es en sí ese ser humano que se quita la vida, sus potencialidades y el posible desarrollo de las mismas. “La vida no vale por sí misma, sino en función de un proyecto de vida ligado con una libertad y una autonomía; esta se justifica si permite la base material para una vida digna”.

El “Código Internacional de Deontología”, adoptado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), traduce a un lenguaje de nuestros días las expresiones del Juramento Hipocrático, conservando el espíritu de sus preceptos. Es paradójico que los médicos actuales hagan el Juramento y, sin embargo, se presten a prácticas tan opuestas a lo que juran.

En una de las últimas reuniones de la “Asamblea Médica Mundial” celebrada en Madrid, se aprobó una declaración sobre la eutanasia en la que se señala que “… el acto deliberado de dar fin a la vida de un paciente, ya sea por su propio requerimiento o a petición de sus familiares, es contrario a la ética”.

El “Código de Deontología Médica” vigente dice a este respecto: “El médico está obligado a poner los medios preventivos y terapéuticos necesarios para conservar la vida del enfermo y aliviar sus sufrimientos. No provocará nunca la muerte deliberadamente, ni por propia decisión, ni cuando el enfermo, la familia, o ambos, lo soliciten, ni por otras exigencias”.

Sobre el papel, la vida parece estar lo suficientemente salvaguardada. Pero la realidad es otra bien distinta. En la mayor parte de las naciones desarrolladas, entre ellas España, se ha despenalizado o legalizado esta práctica. Por duro que resulte, la eutanasia es un producto más de la amplia oferta del estado del bienestar.

(Del libro libro LA DIGNIDAD DE LA VIDA HUMANA. Eugenesia y eutanasia, un análisis político y social, Magdalena del Amo, La Regla de Oro Ediciones, Madrid, 2012).

NOTAS:

[1]  Tercer punto de la carta de Joseph Ratzinger al cardenal Theodore McCarrick, arzobispo de Washington D.C.

[2] NOTA. Casi todas las religiones rechazan el suicidio, la eutanasia y el aborto. En el hinduismo solo admiten la eutanasia en casos especiales, cuando consideran que los avataras o enviados de Dios están preparados para acompañar el alma del moribundo. En el cristianismo, varias ramas del protestantismo admiten la eutanasia en ciertos casos. Algunas iglesias luteranas y metodistas, así como la mayoría de las de raíz anglicana, aunque se oponen en principio, dan espacio para la decisión individual y analizan caso por caso. Otras iglesias, como las católicas afiliadas a la Unión de Utrech y algunas presbiterianas optan por no pronunciarse y enfatizan el criterio individual como una cuestión de conciencia. Por esta razón, preferimos los términos Iglesia católica y católicos, que cristianismo y cristianos.

[3] Una práctica de ciertos pueblos de la antigüedad, sobre todo en épocas de escasez, era la de arrojar a los ancianos desde una peña. Estrabón alude a esta costumbre ya en la Edad del Hierro. En una aldea de la provincia de Orense llamada Santa Uxía existe una elevación donde hay una peña denominada Pedra Longa desde donde, según la tradición, los antiguos despeñaban a sus viejos cuando ya no servían para la sociedad. La tradición confirma los escritos de Silio Itálico cuando sobre la manera de vivir de los pueblos que residían en los montes de Galicia dice: ´Hacíaseles insoportable la vida sin el arreo de las armas y cuando la falta de vigor los inutilizaba para la guerra, preferían la muerte a una vejez que tenían por deshonrosa, y buscábanla precipitándose desde lo alto de una roca`. (Justo Calviño, Barbadás, tradición y modernidad, pp.170. Diputación Provincial de Orense, 2003).

magdalena@laregladeoroediciones.com

 

Te puede interesar

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA
Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído