Hiela la sangre pensar que el número de suicidios supera al de fallecidos en accidentes o de enfermedades terribles como el cáncer. En efecto, estamos hablando de la mayor causa de muerte por causa externa en España, nada menos que 7,6 suicidios por cada 100.000 habitantes, lo que equivale a decir que diez personas cada día se quitan la vida, con el agravante de que por cada uno que se suicida existen entre quince y veinte intentos. Son datos del INE de 2018, pero analizando la situación político-social actual, y lo que vemos día a día, simplemente hablando con la gente, no es difícil columbrar que estas cifras se están incrementando notablemente. En esta última semana hemos visto noticias luctuosas en la prensa que aludían a la muerte de dos mujeres y un hombre que se habían precipitado desde un puente en Pontevedra y desde una ventana, amén de otros casos ocurriros durante el verano en otras partes de España. El Estado debe tomar conciencia y activar protocolos de prevención. Es inadmisible que los países llamados civilizados no dispongan de medidas para prevenir estas desgracias evitables.
Las personas que se quitan la vida no lo hacen porque no quieran vivir. Toman esa decisión extrema porque padecen algún desequilibrio psíquico que puede deberse a varios factores no fácilmente detectables. Los estudios realizados a este respecto indican que una buena parte de los suicidados había acudido al médico por problemas de insomnio, cansancio, falta de apetito o ganas de no hacer nada, síntomas todos ellos de la depresión. Con mucha frecuencia, esta enfermedad no es eficientemente detectada por el médico de atención primaria, lo que imposibilita su posterior tratamiento.
El suicidio se ceba, especialmente, con adolescentes y mujeres. Las causas son varias. La adolescencia requiere un entorno muy equilibrado. La sociedad actual, con los nuevos modelos de familia, no favorece la armonía hogareña. Muy al contrario, a los problemas propios de la adolescencia, como la depresión, sobre la cual no existen criterios claros de diagnóstico, a la que se pueden sumar una baja autoestima o un conflicto de desvalorización, hay que añadir factores de riesgo, como el divorcio de los padres, la convivencia con un padrastro/madrastra y hermanastros, el cambio de casa o ciudad y el fracaso escolar. Todo esto se agrava con la pobreza y otros estados de carencia. Estas circunstancias suelen hacer al menor más vulnerable, aunque puede haber otras causas que hay que analizar de manera personalizada.
Las mujeres intentan suicidarse tres veces más que los hombres. Sin embargo, la cifra de varones es mayor debido a que estos suelen emplear métodos más letales, como ahorcamiento o armas de fuego y logran consumar el suicidio con mayor frecuencia. Los intentos elevan la tasa de los mismos entre los amigos. Algunos estudios sostienen que los suicidas en potencia sintonizan y se buscan como amigos. Un vez más “lo que eres, atraes”.
A pesar de ser un gravísimo problema de salud pública, del suicidio no se habla; es, por tanto, un tema inexistente. Los países miembros de la OMS que cuentan con planes de prevención no llegan a 40 y España no se encuentra entre ellos. Los diferentes gobiernos saben que deberían aplicar medidas de prevención, detención y orientación, pero van eludiendo la responsabilidad, porque nadie reclama, al ser un tema desconocido.
Esto ocurre porque las noticias sobre suicidio no se publican en la prensa, debido a una anacrónica consigna del periodismo: ocultar el hecho para evitar el denominado “efecto de identificación” o “efecto imitación”. Cuando la víctima es un adolescente, el efecto se amplía, y aumentan las posibilidades de que otros sujetos de las mismas características lo imiten. Esto se agrava aún más cuando quien se suicida o muere en circunstancias extrañas es un icono juvenil. Entonces, la prensa que calla los suicidios cotidianos de gente corriente, se olvida del código deontológico y no solo ofrece la noticia, sino que la ceba con todo lujo de pormenores amarillistas relacionados con la muerte, amparándose en el derecho a la libertad de expresión. Más que libertad de expresión es morbo, y el morbo vende. Pero el daño que causan es irreparable, como nos demuestran las investigaciones.
Después del suicidio de un líder musical, los índices de suicidio entre los jóvenes aumentan debido a este efecto contagio. Este comportamiento se conoce desde hace siglos, por eso lo he calificado de anacrónico. Cuando William Shakespeare publicó Romeo y Julieta, hubo muchos suicidios entre los adolescentes, deseosos de emular a los protagonistas de la tragedia, a los que el lector compadece o admira porque el suicidio se presenta sublimado y no como algo negativo.
El sociólogo norteamericano D. P. Phillips, para describir la acción de la sugestión en la mente del suicida, denominó al factor imitación “efecto Werther” basándose en el argumento de la obra de Goethe, Las cuitas del joven Werther, publicada en 1774, que desarrolla la historia de un joven inteligente que se suicida de un tiro en la cabeza por cuestiones amorosas. Muchos jóvenes se suicidaron vestidos con la ropa que el joven Werther llevaba en el momento de la muerte y algunos tenían el libro abierto por esa página. La venta de la obra estuvo prohibida en varios países de Europa, como Italia y Dinamarca por el efecto desencadenante.
Un término similar, el “efecto Yukico” se acuñó en Japón a propósito del suicidio de la estrella de rock, Yukico, al que siguió un buen número de suicidios de adolescentes y jóvenes, debido a du difusión en los medios. Esta circunstancia propició una investigación sobre la influencia que los medios de comunicación masivos y la saturación de imágenes sobre un hecho de esta categoría, pueden tener en el psiquismo de los jóvenes más vulnerables e indefensos.
Otro ejemplo que corrobora este efecto contagio es el de la oleada de suicidios en el tren subterráneo de Viena, ocurridos entre 1983 y 1986, como consecuencia de la cobertura mediática de los mismos. Estos hechos motivaron que la “Asociación Austriaca de Prevención del Suicidio” llevara a cabo una campaña contra el sensacionalismo de la prensa en el tratamiento de estas noticias, pidiendo que se suspendieran este tipo de informaciones. Así se hizo y los suicidios se redujeron notablemente.
Algunas personas llevan su deseo de suicidio en secreto. Otras, por el contrario, suelen compartirlo con familiares o con alguien de su entorno. Es un mecanismo inconsciente de supervivencia, de conservación de la vida. Cuando se comparte el deseo de quitarse la vida, se está pidiendo ayuda. En muchos casos, al desconocer estos patrones de comportamiento, no se les suele tomar en serio y, por tanto, no reciben el apoyo psicológico y/o psiquiátrico necesario. La reacción del entorno es vital para llegar a un final positivo.
El suicidio, además de ser una desgracia evitable que atenta contra la dignidad humana, lejos de estar contemplado en nuestras leyes como un derecho, está penado en el artículo 409 del Código Penal. También es ilegal autolesionarse, por mucho que se proclame a los cuatro vientos que cada uno con su cuerpo puede hacer lo que quiera.
Cuando se redactó la Declaración Universal de los Derechos Humanos en las Naciones Unidas, no se incluyó el derecho al suicidio aunque hubo varias propuestas para que se incorporase.
En el caso del suicidio, los periodistas debemos ser discretos, pero también huir de los extremos. Entre el morbo sensacionalista y la noticia enunciada con respeto hay un abismo. Sin ánimo de ser agoreros, tenemos que prepararnos para un incremento de suicidios en los próximos meses, sobre todo, de hombres de mediana edad que lo han perdido todo. Y el ciudadano tiene derecho a ser informado, máxime cuando se trata de un problema grave de salud pública.
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