LOS ÁRABES ARRASABAN A SU PASO IGLESIAS Y PUEBLOS ENTEROS, PERO SE ENSAÑARON ESPECIALMENTE CON LA ZONA DE JACA, DONDE HABÍA GRANDES FOCOS DE RELIGIOSIDAD

Camino de Santiago. En busca del grial en San Juan de la Peña

Un enclave espiritual de exuberante belleza

Camino de Santiago. En busca del grial en San Juan de la Peña

Sobre el sotobosque de brecinas y arándanos sobresalen los robles añosos, los enebros y los bojes que dan cobijo a tejones, conejos y perdices. Aguileñas y jaras dan una nota bordada de color. En lo alto, entre los riscos escarpados, anidan el buitre leonado, el alimoche y el quebrantahuesos. En este paraíso natural del Pirineo aragonés, enclave sagrado desde la noche de los tiempos, el Monasterio de San Juan de la Peña sigue guardando el misterio que atrajo a monjes, peregrinos y buscadores del arcano a lo largo de los siglos.

—¡Qué belleza! —exclamó Catalina ante la iglesia románica. Este lugar es espectacular y además aquí se respira un aire especial.

—Os leo lo que escribió Miguel de Unamuno de este lugar —dijo Teresa mientras abría un libro del monasterio que acababa de comprar—: “La boca de un mundo de peñascos espirituales revestidos de un bosque de leyenda, en el que los monjes benedictinos, medio ermitaños, medio guerreros, verían pasar el invierno, mientras pisoteaban la nieve jabalíes de carne y hueso, salidos de los bosques, osos, lobos y otros animales salvajes”.

—Preciosa descripción, propia de un alma sensible —opinó Virginia.

—Es uno de los enclaves verdaderamente sagrados —dijo Clara—, en toda la amplitud de la palabra. Yo lo conocía por foto y siempre quise venir. Los monasterios cristianos más antiguos de España se encuentran en esta región, esparcidos por esta sierra. Y están situados sobre puntos energéticos que propiciaban la espiritualidad desde mucho antes del cristianismo.

—Creo que el monasterio es anterior al siglo X —reflexionó María.

—Hay dos monasterios —dijo Sergio—, o mejor dicho, tres. Los primeros eremitas excavaron en la roca dos capillas, una de ellas en honor a San Juan Bautista, que son los actuales ábsides de la iglesia baja del monasterio viejo. Entre los siglos VI y X parece que vivieron varias generaciones de ermitaños… Como los ataques de los musulmanes eran continuos, los habitantes del llano tuvieron que refugiarse en las montañas, y las dos capillas primitivas dieron lugar al primer monasterio, dedicado a los santos Julián y Basilisa. Cuando pasó el peligro, los paisanos regresaron a recuperar sus campos.

—Almanzor, ¿no? —dedujo Virginia.

—Sí. Desde Santiago de Compostela —explicó Clara—, donde robó las campanas de la catedral, hasta Cataluña,… Muchos monjes de estos contornos tuvieron que refugiarse en tierras francesas. Del viejo monasterio no volvió a hablarse… Se supone que debió correr la misma suerte que otros.

—Entonces… ¿del primer monasterio no queda nada? —quiso saber María.

—Quedan solo restos —contestó Clara—, algunos románicos y, sobre todo, mozárabes. El segundo monasterio se construyó una vez pasado el peligro musulmán, justo después de la toma de Granada, a finales del siglo XV.

—Sobre los restos del anterior, supongo… —incidió María.

—En la zona hubo varios monasterios —explicó Clara—. No se sabe exactamente cuál de ellos eligió Sancho III el Mayor para iniciar la reforma monacal, sometiendo el reino a la regla benedictina… San Juan de la Peña aparece nombrado por primera vez el año 1048. En esta fecha se amplía la iglesia románica primitiva, y el cenobio empieza a tener relevancia al ser elegido como panteón de los reyes de Aragón.

—¿Y el tercer monasterio? —volvió a preguntar María que estaba muy interesada.

—Se construyó después del incendio del siglo XVII —contestó Clara—, ahí arriba, en el Llano de San Indalecio, sobre una gran roca.

—Se ve que te encanta este lugar —señaló María, dirigiéndose a Clara—. ¿Habías estado antes aquí? —preguntó.

—No, siempre había querido venir, y he leído mucho sobre esto. Hace años vi unas imágenes y me quedé impresionada. Me pareció un enclave increíble. Y ahora… me parece estar soñando.

—Esto se parece un poco a San Pedro de Rocas —dijo Enrique—, en Ourense, un lugar muy especial situado en una especie de espolón granítico… También tiene capillas troglodíticas… y más o menos es de la misma época.

—Y además comparten el mismo patrón literario —añadió Clara—, la misma leyenda, la del cazador que persiguiendo una pieza, entra en la cueva y recibe una especie de iluminación que le incita a abandonar el mundo y a recluirse para rezar por sus pecados. El cazador noble de San Pedro de Rocas era Gemodus y el de San Juan de la Peña, Voto, ambos nobles. A los dos se les suman enseguida otros cazadores para hacer vida eremítica, y ello da origen a la vida monástica.

—A mí me recuerda al santuario de Covadonga —dijo Juan—, también en una cueva en la roca.

—Pues mira —dijo Clara riendo—, ese lugar también lo conozco bastante. No tanto como tú, pero he leído mucho sobre él… y, en general, sobre la Asturias ocultista de Roso de Luna. Aparte del paralelismo orográfico entre los dos enclaves, se da la circunstancia del nacimiento de dos reinos seguidores de la tradición visigoda que luchan contra los musulmanes. Curiosamente, aquí estuvo el Santo Grial, y la Cámara Santa de Oviedo aloja las reliquias más importantes de la cristiandad, traídas de Jerusalén. En Covadonga empezó todo… Armado con la cruz, que por eso se llama de la Victoria, don Pelayo derrotó a los moros. Dice la leyenda que rodaban las cabezas de los vencidos, por el Repelao abajo, y que algunas veces se ven los reflejos de sus caras en el río. Historia o leyenda, a los asturianos les encanta. Pero esto hoy casi no se puede contar. No es políticamente correcto. ¡No veis que incluso están queriendo hacer desaparecer las fiestas de moros y cristianos!

Hacía calor. Habían llegado varias excursiones y eso entorpecía el recorrido parsimonioso que tenían previsto. Mientras esperaban a que se descongestionase la iglesia de abajo, las chicas se sentaron en la escalinata de piedra, resguardadas del sol. Estaban todas excepto Caty. Virginia hizo un comentario sobre su manera de escabullirse. Clara hizo un gesto de desagrado que no pasó inadvertido, pero ninguna dijo nada. Era cierto que la americana se prestaba poco a las confidencias.

Querían ver expresamente la capilla gótica de San Victorián, la de San Voto, la puerta mozárabe, el claustro románico y el panteón real. Algunas tumbas tienen grabadas las cruces del Temple, de Santiago y de Calatrava, y en todas aparece el crismón. Algunas corrientes sostienen que este símbolo está inspirado en la pata de oca, uno de los signos del Camino, y marca que los canteros dejaron insculpida en las piedras de las catedrales.

En el conjunto monasterial, los viejos edificios del ayer conviven en perfecta armonía con la moderna hospedería y los centros de interpretación construidos en los últimos años.

Es fácil sucumbir a los mensajes de espiritualidad que destilan las piedras milenarias para deleite de los que esperan un regalo añadido, más allá del paisaje, ya de por sí una dádiva de la naturaleza, unido por los siglos de los siglos al Santo Grial, el cáliz sagrado tallado en una ágata oriental de color verde. Dice la leyenda que es la esmeralda que adornaba la frente de Lucifer antes de la rebelión, y que habría perdido al ser arrojado a la Tierra.

—Y el grial que estuvo aquí, ¿puede ser el original? —preguntó Virginia—. Leí hace un tiempo que habían descubierto uno en León, y que era el auténtico, que lo tenían documentado. No recuerdo muy bien, pero creo que existen unos pergaminos árabes que demuestran su autenticidad.

—Es cierto que parece que han encontrado unos documentos sobre el “Cáliz de Urraca” —dijo Clara con escepticismo—, una copa que siempre estuvo en San Isidoro de León, y que ahora dicen que fue traída de Jerusalén. ¡La cosa tiene su gracia!

—Te veo un poco escéptica —observó Virginia—. ¡O, más bien, un poco mucho! —añadió. ¿No crees que sea auténtico? Me refiero al de León.

—No —contestó Clara—. No lo creo, pero te daré mi opinión razonada en León, cuando lo tengamos delante. Para mí, de momento, de haber alguno auténtico es el de Valencia, es decir, el que estuvo aquí.

—Yo siempre lo relacioné con los templarios y con los Caballeros de la Tabla Redonda —volvió a decir Virginia—. Pero ignoro si es realidad o ficción.

—Las novelas y las películas inspiradas en la mitología artúrica —explicó Clara— popularizaron el tema del grial y su búsqueda. Pero yendo a su origen, según la tradición, el Santo Grial es el cáliz utilizado por Jesús en la Última Cena. En él, José de Arimatea habría recogido la sangre de la herida del costado de Cristo, tras ser atravesado por la lanza de Longinos.

—Algo difícil de creer —dudó Virginia—, porque… ¿cómo llega a San Juan de la Peña?

—Parece que pasó por diferentes lugares. Una tradición galesa apunta a que José de Arimatea lo trasladó a Glastonbury, una zona telúrica muy importante, donde hay un pozo denominado “Pozo del Grial”. Otra es la de los occitanos. Estos lo hacen aparecer en las Santas Marías de la Mar, en la Provenza, a donde habría llegado de manos de María, la propia madre de Jesús. Con ella iban otras mujeres, entre ellas nada menos que María Salomé, la madre de Santiago el Mayor. Después pasaría a los cátaros, que lo habrían custodiado durante un tiempo. Pero la tradición más verosímil apunta a que José de Arimatea se lo entregó a San Pedro, y este lo llevó a Roma. Después durante la persecución del emperador Valeriano, hacia el año 258, el papa Sixto II, antes de morir, se lo entregó a su diácono Lorenzo, natural de Huesca, junto a otras reliquias.

—Y después apareció aquí…

—No, no. Como Lorenzo era de esta zona, lo trajo y lo tuvo un tiempo en su casa. Después estuvo en la cueva de Yebra de Basa, en el Monasterio de San Pedro de Sirera, en la iglesia de San Adrián de Sásabe, en San Pedro de la Sede Real de Bailo, en la Catedral de Jaca, y acabó en San Juan de la Peña. Hay un documento que lo sitúa aquí en el año 1071. En 1399, el rey Martín I el Humano trasladó la copa sagrada al palacio de la Aljafería de Zaragoza, tras pasar un breve tiempo en el Real de Barcelona. Después Alfonso V el Magnánimo lo llevó a Valencia. Cuando en 1437 se fue a Nápoles lo entregó con otras reliquias a la catedral valenciana, donde permanece en la actualidad formando parte de los tesoros de la catedral. El de aquí es una réplica.

—¿Y hay alguna investigación fiable que concluya que el de Valencia es el cáliz de la Última Cena? —quiso saber Virginia.

—Está muy investigado. Hay un estudio de los años setenta del profesor Antonio Beltrán, que nadie refutó. En él se dice que está tallado en Palestina, entre los siglos IV a. C. y I de nuestra era. Estas copas dejaron de tallarse hacia el año 100 d. C.

—Muchos no se explican que siendo Jesús pobre y predicando la pobreza, celebrara la Última Cena con una copa lujosa —señaló Pilar.

—En primer lugar, refiriéndome al de Valencia, no es un objeto lujoso, es una talla de ágata pulida, una copa alejandrina. En todas las casas judías había uno de esos recipientes que solo utilizaban el día de la celebración de la fiesta de la Pascua. Bebían todos de él o, más que beber, se lo iban pasando y acercándolo a los labios. Jesús no celebró la Última Cena en un cobertizo, sino en una casa de gente pudiente, como dice el Evangelio.

—Es que mucha gente solo conoce la historia sagrada a través de las novelas y el cine —apuntó María.

—Tienes toda la razón. Indiana Jones en una de sus películas presenta un grial de madera. ¡Como su padre era carpintero! Hay que tener pocas luces, poca cultura… o muchas ganas de intoxicar.

—¿Y qué dice la Iglesia? —preguntó Virginia.

—Lo dan por auténtico o, por lo menos, consideran que la creencia en la reliquia es positiva. De hecho, los dos últimos papas, Juan Pablo II y Benedicto XVI, lo utilizaron en sendas eucaristías en sus viajes a España. Me refiero al de Valencia. Pero la Iglesia prefiere no remover el tema de las reliquias y, mucho menos, contradecir a la ciencia… En ciertas cuestiones suele optar por el silencio y la prudencia. Pero la tradición ahí está.

—¿Y ahora cómo se posiciona? Al haber dos cálices…

—Hay más de dos. El Metropolitan de Nueva York tiene el Cáliz de Antioquia; en Génova está el Sacro Catino, en forma de plato hexagonal; en Gales custodian el vaso de Nanteos; el Museo de Dublín acoge el cáliz de Ardagh; los Habsburgo de Viena tienen la Achatschale; y puede ser que haya alguno más. Pero, como te he dicho, si hay alguno original yo creo que el de Valencia es el que más posibilidades tiene. La Iglesia lo da por auténtico

—Y hay otro en Oviedo, ¿no? —terció Pilar.

—No —corrigió Virginia—. Lo que hay en Oviedo es otra Sábana Santa, ¿no, Clara?

—En Oviedo hay unas reliquias muy importantes —dijo Clara— llevadas por Santo Toribio, que estuvieron durante un tiempo en el Monsacro y hoy están alojadas en la Cámara Santa. Y también hay un sudario de Cristo.

—¿Y no hay otro grial en Galicia?—preguntó María.

—No —volvió a decir Clara—. Suelen confundirlo con el grial, incluso he leído textos de algunos autores que lo relacionan con Wagner, pero creo que es un error. Lo que hay en O Cebreiro es un cáliz donde el vino se transformó en sangre…, que no tiene nada que ver con el de la Última Cena que sí es el grial del Parsifal de Wagner. También existe la teoría de que el grial no es un objeto físico. Se cree que es un símbolo con las mismas propiedades que el mítico caldero de Lug de la cultura céltica, un recipiente que contenía un líquido que confería la inmortalidad. En este caso estaríamos hablando de “algo” anterior al cristianismo, del mismo modo que se alude a un camino iniciático anterior a Santiago apóstol. Y también hay que decir que este mito no es exclusivo de Occidente. Los orientales hablan en sus tradiciones del grial de Buda. Es la eterna búsqueda del ser humano.

—Antes hablaste de pasada del sudario de Oviedo. ¿Crees que de verdad envolvió el rostro de Jesús?

—Parece que es auténtico. Del Pañolón de Oviedo tengo menos información; es un tema que no he estudiado a fondo, pero sobre la Sábana Santa de Turín no tengo ninguna duda. Hay pruebas de todo tipo. Me refiero a pruebas científicas.

—¿Como cuáles?

—La de la palinología, por ejemplo. El polen corrobora los lugares por donde fue pasando la Síndone a lo largo de la historia. La ciencia forense da la razón al Evangelio… Cada herida y cada resto de sangre o de suero están impresos en el sudario.

—¿Y por qué la Iglesia no insiste más en ello? —observó Virginia—. Yo hablé con algún sacerdote de esto y no le daba ninguna importancia.

—Muy pocos sacerdotes conocen los estudios en profundidad, y en los altos niveles jerárquicos prefieren ser prudentes. Por otro lado, no es una verdad de fe, es un icono, una pieza arqueológica, pero nada más. Lo importante es la fe en Cristo y no la prueba física de su existencia. La Iglesia es consciente del revuelo que se montó con el tema de las reliquias…, nada menos que la Reforma. Fue uno de los temas que escandalizaron a Lutero… Bueno… y las indulgencias. Eso de que se pudieran redimir las penas del purgatorio, pagando… Ahora son otros tiempos… La gente no es analfabeta ni está atemorizada con el infierno… Ahora los obispos están muertos de miedo. Su inquisición es la prensa… Los titulares son su tortura. Por eso se les oye tan poco. Los laicistas tienen un poder… casi absoluto.

—Pues a mí me parece muy importante que si la Síndone es auténtica se diga —añadió Virginia— y se promocione más, no solo entre los círculos católicos, sino en la sociedad en general.

—Estoy de acuerdo contigo. Pero después de la trampa de los análisis del Carbono 14, la Iglesia quedó muy tocada. No quiere aparecer como manipuladora. La Iglesia actúa totalmente diferente a como lo hizo en el pasado. Hoy, para aceptar un milagro, es mucho más exigente que la propia ciencia; los protocolos son mucho más estrictos. No quieren pillarse los dedos, y eso yo lo veo muy bien.

—¿Por qué dices lo de la trampa del Carbono 14? ¿A qué te refieres?

—Porque incluso el inventor del método la refutó.

—Mirad, ahí vienen —dijo Pilar señalando a algunos del grupo que se acercaban—. Pero me encantaría continuar con la conversación esta noche. Yo no soy muy creyente, pero todo lo relacionado con Jesucristo me atrae mucho.

Clara, Pilar, María y Virginia estaban sentadas al sol tomando un tentempié de pan y chocolate, lo mejor para reponer energías. Pero a Clara casi se le derretía la onza en la mano presa del entusiasmo por satisfacer la curiosidad de sus compañeras de viaje. Podrían estar horas hablando, enlazando un tema con otro.
(De mi novela, El Códice de Clara Rosenberg)

NOTA. Si algún youtuber desea reproducir este texto o parte de él para la locución de su vídeo, debe pedir autorización y citar la fuente al principio de la narración.

gcomunicacion@laregladeoroediciones.com

 

 

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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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