Pedro Rizo: «Barruntos atrevidos del NOM»

Pedro Rizo: "Barruntos atrevidos del NOM"

Marco Tulio CICERÓN

Todos los que estudiamos el Bachillerato en los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo saben de las dificultades de pasar el latín de las catilinarias, esas cuatro magistrales intervenciones de Cicerón en defensa de la República amenazada de asalto por el populista Lucio Sergio Catilina. Nunca agradeceremos bastante a Roma su cuidado en dejar por escrito todo lo referente a su gobierno, sus líderes y las cotidianas vicisitudes de su historia política y militar.

Sobre las biografías vuelan a veces datos aparentemente menores que pueden abrir inesperadas fuentes de estudio. Una, no trivial en la vida de Cicerón sería la copiosa correspondencia con su editor Ático, de la que nos habla Taylor Caldwell en su biografía novelada “La Columna de Hierro”. Esta autora, por amistad con el Papa Pío XII, durante meses gozó de acceso privilegiado a los archivos vaticanos, en especial al inmenso acopio de las profecías judías y romanas relacionadas con la venida de un Mesías que gobernaría el mundo con mano de hierro.

Nos cuenta dicha autora, así documentada, que Cicerón, en la correspondencia con su citado editor, Ático, supo de la bajada del cielo de un ser divino. Ser Sumo “que se haría carne mortal”. Incluso se cita el deseo de Cicerón de vivir cuando tal cosa ocurriera. Lo cual, según los judíos por él conocidos, no tardaría mucho en producirse. Esto, además, se sumaba a los mensajes de las sibilas respecto a un rey universal que presidiría el mundo para salvarnos de la muerte.

Y la escritora británica recoge de Ático su respuesta a Cicerón acerca del sueño que éste había tenido sobre un gran edificio en las colinas de Roma, donde hombres vestidos de blanco se paseaban por sus estancias. Dicho palacio, “extrañamente mostraba en sus cúpulas la cruz infame de los ajusticiados”.

No es pequeña coincidencia, como apuntaba mi artículo “Luces de Navidad” (diciembre 2019), el hecho hasta hoy inusitado de que el mundo en toda su redondez adopte un solo calendario, el gregoriano, que se entronca con la admitida fecha del nacimiento de Jesús de Nazaret, el Cristo.

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