OPINIÓN

Pedro Manuel Hernández López: «¿Quo Vadis, España … Quo Vadis…?

Pedro Manuel Hernández López: "¿Quo Vadis, España … Quo Vadis…?

Numerosas colectividades humanas han observado a través de la Historia, cómo esos mismos líderes, elevados por ellas a la cúspide del poder, luego, en el transcurso de su ejercicio, han sorprendido por comportamientos y actitudes que se apartan de lo común, en ocasiones para bien y, en demasiadas otras, para todo lo contrario, con la consiguiente decepción y perjuicio de quienes propiciaron su ascenso
En los países que disfrutan de libertad política, como es el caso de ESPAÑA, para alcanzar la presidencia del gobierno, en teoría, el aspirante a líder ha debido superar, previamente, toda una serie de sucesivas cribas dentro del propio partido y, que finalizan al recibir el apoyo mayoritario de los ciudadanos a través de las urnas.

Cuando a los rasgos del carácter, imprescindibles para superar los filtros democráticos establecidos, se unen otros rasgos que confieren un plus de excepcionalidad a la personalidad del líder, es preciso analizar, con mayor profundidad, qué se esconde realmente en esa peculiar personalidad. La idoneidad de las decisiones que un líder político adopte en la gobernanza de los asuntos colectivos, puede variar mucho en función del tipo de personalidad que tenga, lo que afectará a miles de personas, en muchas ocasiones de un modo transcendente e irreversible en asuntos de vital importancia.

Una sólida formación, con amplios conocimientos en los muy distintos ámbitos del saber ser y saber hacer que posibilite tomar decisiones razonadas en base a esos conocimientos, contrastables y fiables, es esencial para llevar a buen puerto a todo un país; sin duda, lo que más influencia va a tener en la elección de la ruta a seguir, de la travesía elegida para conducir a la sociedad de un modo razonable, es la personalidad del responsable último en la toma de las decisiones. Su importancia, infinitamente mayor cuando se preside un país, viene dada por la estructura operativa y de funcionamiento del individuo, que basada en su genética y en los procesos de aprendizaje en los primeros años del desarrollo, se vuelve rígida al alcanzar la madurez. Pero cuando la personalidad está alterada, no tiene subsanación posible. De ahí que para la toma de decisiones mesuradas sea imprescindible tener una personalidad equilibrada, o lo que es igual, poseer un sistema operativo sin desequilibrios que inexorablemente conducirán a múltiples posicionamientos desajustados.

La Historia ofrece numerosos ejemplos de líderes políticos, religiosos o militares que, a consecuencia de su personalidad, el amplio bagaje intelectual y cultural que pudieran tener, no solo no les han resultado útiles ni a ellos mismos ni a la sociedad que han alcanzado a liderar, sino que han llevado a la sociedad que presidían al más profundo de los abismos.

Si a todo esto añadimos que la personalidad está modulada por la emotividad, es decir, por el conjunto de las emociones que nos mueven a la acción, se comprende la trascendencia de poseer el necesario equilibrio emocional y de personalidad cuando se preside un país. Cuando una o varias de las emociones predominan sobre las demás, estaremos ante alguien que presenta exagerados unos determinados rasgos de su personalidad y, si esa exageración es tan elevada que ocasiona disfunciones y problemas para él mismo y para la sociedad en la que vive, estaremos ante un determinado trastorno de la personalidad y ante un psicópata de tal o cual clase.

Por la trascendencia que tiene para ESPAÑA, es necesario dar a conocer a la ciudadanía los patrones de conducta que sigue quien presenta un trastorno histriónico-narcisista de la personalidad, para que, sin necesidad de ser especialistas en Ciencias de la Conducta, valore si sus destinos están dirigidos por alguien con los necesarios equilibrio emocional y de la personalidad referidos anteriormente, o bien, se encuentran en manos de un psicópata capaz de emplear la mayor parte de su energía vital en satisfacer una insaciable búsqueda de notoriedad, por encima de cualquier consideración social, ética, política y moral.

Quien más daño puede provocar en la sociedad y a un país, es ese líder y presidente interino candidato a presidente del Gobierno quien, con apariencia de normalidad ante la mirada bondadosa y confiada de la ciudadanía, emplea unas inusitadas energías y tenacidad, movido por espurios intereses y desequilibrios personales, para conseguir lo que de otro modo y por los cauces democráticos y constitucionales no podría. La falta de conocimientos puede subsanarse mediante asesores o por otros medios, siempre que se tenga conciencia de carecer de ellos, lo que no siempre ocurre. Pero cuando la personalidad está alterada y se confunden el culo con las témporas, no hay subsanación posible y el resultado es obvio: pactos políticos contra-natura, gobierno-Frankenstein y, una ESPAÑA, casi en situación de guerra-civilismo y que ya no la conoce ni la madre que la parió.

Pedro Manuel Hernández López
Médico, Periodista y Ex –Senador del PP por Murcia

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